¿Siesta sí, o siesta no?

La siesta de los niños, ya se sabe, es sagrada. Si una madre pudiera parar el mundo y sus coches, sus motos, sus thermomixes, sus aspiradores, sus taladradoras…lo haría sin dudar. Yo, personaamente, lo haría con los ojos cerrados. Ah, esa horita y pico de paz en medio del día…
M. durmiendo la siesta un día de esos en los que
los astros deciden no alinearse.

El caso es que este niño mío sigue siendo un niño de los que se duerme acompañado, abrazado, teteando… toda la parafernalia, en fin. La mayoría de los días, después del cuartillo de hora que tarda más o menos en caer, le suelto, le tapo, le doy un besito y me voy a lo mío… peeeero, hay algunos días en los que los astros se alinean sobre mí y a la hora de la siesta está hecho todo lo urgente. Ojo, que digo todo lo urgente. De los textos a medio escribir, los armarios a rebosar, los manuales a medio subrayar, o las compras sin hacer, de todo eso, no hablo. 

El tema está en que esos días, cuando el niño ya ha caído entre mis brazos, una disyuntiva se abre paso a codazos en mi saturada mente: ¿me duermo con él o no me duermo? Conste que la decisión hay que tomarla muy rápidamente porque hay un momento en el que, si te has pasado del tiempo límite, al ir a soltarle se despertará y entonces ya ni siesta yo, ni siesta él. Sí, esto es así. Entonces, casi siempre y aunque yo sepa a ciencia cierta que lo mejor sería levantarme y ponerme a currar, voy notando el calorcillo en los pies, las cosquillas en los párpados… y de pronto, solo veo ventajas al hecho de quedarme dormida enrollada al niño: que si dormirá más porque por alguna extraña razón, las siestas en compañía siempre son más largas; el piel con piel, el apego…de pronto, todo eso es maravilloso y es más, lo que sería de mala madre sería levantarse y dejarle dormido a su suerte. Entonces, ya con la conciencia bien limpia, cojo y me duermo. Caigo redonda con el niño encajado bajo el sobaco izquierdo, el cuello doblado en una posición malísima para la vida pero, eso sí, bien tapaditos los dos. Ya puede pasar la Patrulla Águila a un metro de nuestro tejado que no nos despertaremos. 
La siesta es maravillosa mientras dura, pero de pronto abro los ojos muy desorientada con esa sensación de resaca y bienestar que deja el sueño profundo. Miro a mi izquierda, y el niño sigue totalmente dormido, abandonado por completo a la siesta en compañía con la boca abierta y el pelillo sudao. Qué bonito, pienso. Y pasan unos minutos, tras los cuales necesito obligatoriamente moverme porque tengo dolores por todo el cuerpo. Pero claro, tienen que ser movimientos casi imperceptibles, porque el niño no se puede despertar. Lo consigo, no sé cómo lo hago pero consigo estirar las piernas y girar unos grados la cadera y parece que he encontrado la postura correcta, todo vuelve a ser maravilloso…hasta que, cinco minutos después, necesito urgentemente sacar el brazo de debajo del niño porque sé, a ciencia cierta lo sé, que un minuto más así y me lo amputan. Pero claro: si lo muevo, sé que se va a despertar…y es ese momento en el que pienso en todo lo que tengo por hacer, todo eso que vendí a cambio de una siesta, y pienso en que si muevo el brazo ya sí que sí, no habrá oportunidad de hacer nada de todo lo no urgente pero en realidad (solo ahora, tras la siesta, es cuando lo veo) indispensable y vital para la vida. 
Total, que lo muevo, el brazo digo, porque llega un momento en el que el dolor es superior al sacramento de la siesta y durante unos segundos parece que sí, ¡que se queda sobao otra vez! Pero es todo pura fantasía. Y en menos de cinco minutos, ya estamos otra vez en danza los dos: él listo para otras seis o siete horas de destrucción, digo aprendizaje, ininterrumpido y yo…pues yo descansada, adormilada, con un colocón de olorcito a bebé grande que pa´qué…pero con todo por hacer 🙂

Lo normal

Llamadme pasota, llamadme desordenada, llamadme malamadre. Yo prefiero aplicarme a mí misma un sabio refrán: «donde fueres, haz lo que vieres». Aunque bien pensado, en este caso yo no he ido a ninguna parte, sino que ha sido M., el prota, quien ha venido a éste lugar. El caso es que sí, que el tío me ha llevado a su terreno y ha conseguido que, desde hace varios meses, yo esté empezando a considerar como perfectamente normales cosas que, se mire por dónde se miren, no lo son. 
Se aprecia regulín, pero esta foto muestra: una cacerola
en un sofá y una sartén llena de piedras en una mesa.
No digo ná, y lo digo tó. 
No voy a entretenerme con medias tintas, ni introducciones que nos alejen de la cruda realidad, por lo que sin más, pondré un ejemplo: en nuestra mesa del salón descansa desde hace varias semanas uno de los adornos hogareños más inquietantes que nadie en su sano juicio pueda imaginar: una vieja sartén llena de piedras cociéndose al vapor. Tal y como se lee. Nosotros, los primeros días, cuando el niño se dormía tras sus labores culinaras, lo recogíamos todo bien recogidito: piedras al jardín, por un lado, sartén a la cocina, por otro. Muchas noches realicé este tipo de juego inverso que devolvía durante unas horas el orden al hogar. Lo que pasa es que debió de llegar un punto (y digo debió porque yo, conscientemente, no me he dado cuenta) en el que ver esa sartén ahí en medio de la mesa, llenita de piedras graníticas que lo mismo funcionan como patatas, que como pescaíto que como fideos, era para mí lo más normal del mundo, vamos, es que ni registro la anormalidad de la ubicación. Y claro, esto siempre pasa al abrir la veda: pasada por alto la sartén, pasado por alto todo lo demás: botes de perejil en los cajones del cuarto, lápices clavados en las macetas del jardín, ovillos de lana dentro de cacerolas, deuvedés entres los cartones de leche… Yo, a estas alturas, estas cosas es que las veo y, de verdad, me resbalan; muchas veces ni reparo en estas ubicaciones sorprendentes. 
Debe ser un mecanismo de adaptación ancestral que hace que a una le parezca que la casa está decente cuando, a ojos vista para cualquiera que no la habite a diario, no lo está. No lo está ni por asomo. Las casas de bien no tienen baterías de cocina en el sofá, botes de colonia en los cajones del costurero, saquitos de poleo en la lavadora vacía, sartenes en la alfombra. De verdad que no. Pero claro, coge tú y explícale a un niño de dos años que está preparando el menú del día que no, que la lana no se come, que los poleos no se lavan, que las piedras no hierven y que la pasta, por mucho que tú la metas en un cajón vacío, no se ablanda. Yo esas ilusiones, aviso, no estoy dispuesta a quitárselas. 
De modo que, como dije, he optado por hacer lo que veo hacer a M.: tomar todo esto como normal e incluso deseable: tenemos catering a todas horas, catering mágico si me apuráis, porque tú puedes pedir lo que quieras que esa piedra, esa piedra que al principio cantaba la traviata en medio del comedor y hacía daño a los ojos normales, te lo concederá en cuestión de segundos. Un toque mágico con la cacerola de M., y listo. Piedra a la carta. 
Que luego buscas algo importante por toda la casa y no aparece, sí; pero, bien pensado, una nunca sabe cuándo va a necesitar una piedra. Y M., por lo visto, prefiere estar bien preparado y tenerlas cuanto más a mano, mejor.