Un gesto universal

Yo sé que la maternidad está llena, pero llenita, de lugares comunes. ¿Y? Algunos, doy fe, son un verdadero espectáculo para los sentidos. Existe uno, un gesto, un lugar, tan universal y a la vez tan inocente que puede incluso pasar desapercibido para aquellas personas que no tienen hijos pero que los que sí los tienen no tardarán en reconocer.
M. en pleno gesto  universal…del bonito 🙂

Es un gesto, por lo que he podido comprobar, bastante automático que surge de forma natural entre los niños de menos de cinco o seis años en múltiples circunstancias, siendo las más habituales el aburrimiento o la vergüenza. Si ya habéis visto la foto, lo sabréis: meterse entre las piernas maternas o paternas y agarrarse a las rodillas como si no hubiera un lugar más seguro en todo el planeta Tierra mientras se balancean hacia un lado y hacia otro sin sacar la cabeza de entre ambas columnas salvavidas. 

El gesto universal en versión coñazo, al menos según mi experiencia, es el provocado por el aburrimiento. Este hijo mío, por ejemplo, parece un ángel de luz en el mercado siempre y cuando se cumpla una premisa: que no haya cola. Si tenemos que esperar nuestro turno, es ahí cuando vendrá el problema y aparecerá el gesto precedido de una serie de avisos: primero se bajará del carrito o pataleará para que le baje de la mochila; luego jugará con sus cochecitos hasta un máximo de cuatro minutos; después, empezará a querer coger todo lo que pille a su alcance y, a poder ser, cuanto más peligroso o delicado sea, mejor (véase huevos, conservas de cristal, un cangrejo vivo); y, por último, pondrá en práctica ese gesto desesperado: se abalanzará sobre mis piernas en equilibrio inestable y tirará hacia abajo con tanto ímpetu que mis pantalones peligrarán. Desde ese momento, ya no habrá marcha atrás y tendremos que recorrer el resto de pasillos o puestos yo arrastrando como puedo al pequeño ser que me roba extremidades, y el pequeño ser partido de la risa y amuermao del aburrimiento siendo arrastrado como buenamente puedo mientras busco el monedero, intento que no se caiga, le agarro de un sobaco, y, al fin, pago la cuenta. Agotador. 
Pero, como yo soy una persona que intenta compulsivamente ver el siempre el reverso positivo de las cosas hasta en las que son más verdaderamente imposibles (y además en este caso no hay mucho trabajo que hacer porque el enano lo pone muy fácil), pronto divisé en este gesto universal su vertiente más bonita. Es, como ya he señalado antes, la vertiente que provoca la vergüenza. Tan solo se necesita una situación en la que aparezca un desconocido que interpele directamente al enano y ahí, en solo unos segundos, en el tiempo que el niño tarde en recorrer la distancia que nos separe en ese momento, surgirá la magia: para M. el mundo se reducirá, precisamente, al que pueda ver por el hueco que quede entre mis piernas y por el que asoma la cabeza mientras el desconocido le habla de niños vergonzosos. A lo sumo, si el desconocido tiene la paciencia necesaria – o las ganas de hablar conmigo suficientes- como para que se le pase la timidez inicial, M. dará el paso de girar de una manera muy complicada y muy difícil a mi alrededor, arrastrando la cara por el pantalón sin que se le vea ni un centímetro de piel para situarse en la misma postura pero al revés, de modo que pueda ver al desconocido de frente pero resguardado por mis piernas, para poder esconderse cuanto él considere necesario dependiendo de cómo vaya el grado de timidez. Yo le acaricio el pelo, muevo una pierna para sacarlo del escondite -que él vuelve a recolocar en segundos-, le hablo de las bondades del desconocido para él, le digo su nombre, me agacho a su altura, juntamos la nariz y nos miramos muy de cerca a ver si le convenzo. A veces sí, y a veces no. 
Y las veces que es que no, entonces me levanto sin dejar de tocarle el pelo para que sepa que no pasa nada, y me despido del desconocido sintiendo el peso del niño tímido que sigue mirando el mundo por el pequeño agujero que queda entre las dos perneras de mi vaquero. 

Ignorado Rayo McQueen

Lo bueno de tener una hermana a la que saco diez años es que me sé de memoria, pero de memoria, todas las pelis de Disney. Qué sacrificio, eh. Lo que hace una por una hermana… Mentira. Mentira podridísima. Me encantan. Y la memoria, ay, se ha mantenido firme, al pie del cañón durante todos esos años que han pasado entre que finalizó la época de ver pelis con la niña que era mi hermana, y el momento en el que yo decidí tener un hijo, de modo que todavía recuerdo perfectamente cada compás. Fue fácil y habitual verme con mi bombo de ocho meses recorriendo las grandes superficies de entretenimento en busca de mi botín cinéfilo, deseandito que naciera el polluelo para rememorar aquellas grandes tardes de manta y sofá al ritmo de La Marcha de los Elefantes, del Supercalifragilístico, del Ciclo de la Vida. 
Mi muñeco Fillmore, amigo de Rayo y mi preferido,
acompañándome una noche cualquiera al teclado.
Sí, es mío 🙂 El niño tiene otro.
Bueno, pues no. Éste, mi hijo, ha sido un niño que ha pasaode la tele olímpicamente durante mucho más tiempo del que yo, adicta a las películas infantiles, consideré razonable.


Pero empecé a currar, como ya he dicho, en casa. Y claro, es que aquello ya era de fuerza mayor: había llegado el momento de, mientras yo trabajaba, poner alguna de las pelis a las que yo llevaba año y medio quitando el polvo. Empecé, por aquello de hacerlo lo más natural posible, por la peli de Cars (es que a M. le encantan los cochecitos). Era una de las más nuevas, de estas que ya nos pillaron de últimas a mi hermana y a mi. Pero…me cautivó. A mí, sí. El niño, pues bueno…al principio, esto es, más o menos durante el primer mes, no hizo ni el más mínimo caso a la televisión. Pero ni el más mínimo, eh. Pero bueno, como soy una madre de estas preocupadísimas por el futuro de mi polluelo, y se la plantaba en inglés, yo me decía para mí “ bueno, ¿qué no hace caso a la historia? Pues por lo menos se va quedando con el tonillo, con el runrún del inglés”.

A las dos semanas me sabía los diálogos de memoria. Empecé a alternarla con el castellano para ver si así, en el idioma patrio, el crío se animaba. Nada. A las tres semanas, a punto de desistir de mis intentos televisivos, decidí no ponerla. Pero de pronto, entre los juguetes que invadían el salón y la pantalla del ordenador en el que yo trabajaba, llegó hasta mí un nuevo gruñido (todavía no hablaba) que se dirigía a la televisión. ¡El niño preguntaba por la peli! Oh, maravilla. Le puse el dvd…y se quedó enganchado. Yo le miraba flipando, apoyado él en la mesa con un cochecito en la mano. Pero la magia duro minutos; unos tres minutos, calculo yo. Después, empezó a sus cosas: rodar el coche por cualquier superficie y destruir, digo estimular su intelecto mediante el juego mientras la peli estaba de fondo. 
Yo, sinceramente, estoy ya de la peli hasta las mismas narices. Son muchos pases, ya. Ha habido incluso noches gloriosas en las que he soñado ser un bólido de carreras con una única preocupación: encontrar gasolinera. Que no es esto ni medio normal.
Bueno, pues como digo, así han pasado mucho meses, con la peli de Cars convertida en la banda sonora de nuestras mañanas a la que nadie hace caso: el niño porque pasa y la madre porque se la sabe de memoria. Pero el tío, aunque jamás se ha sentado ni cinco minutos a mirar los dibujos, se conoce a toda la banda: McQueen, Mate, Sally, Fillmore…y luego le regalaron la peli número dos, con Francesco, Holly….todos forman parte de nuestro día a día. ¿Cómo se ha quedado el colega con los nombres, colores y escenas en las que sale cada coche, si nunca jamás se sienta a verla, si siempre está más entretenido “cocinando” o haciendo filas de coches, o haciendo montañas de ropa? Nadie lo sabe. Pero es que el muchacho es como un perro con su hueso: tú prueba una mañana a no ponerle la peli. Se ofusca que da gusto, y ofuscado supervisa bien de cerca todo el proceso de apertura de dvd, selección de menú…en fin, todo el rollo mientras sigo los pasos para poner a Rayo una vez más. Y luego, una vez puesta la peli y en marcha todos los coches protagonistas de la bonita historia de amistad y esfuerzo, entonces ya sí, ya se siente él libre para ponerse a sus cosas y pasar totalmente de la pantalla.

Parece que ahora poco a poco, va entrando con Nemo…veremos qué nos depara ésta nueva aventura acuática. Por lo menos, seguro que un poco de variedad. ¡Algo es algo!