Te lo dije

Corren por ahí voces maliciosas que dicen que estoy malcriando al niño, y algunas de ellas se basan en un hecho muy concreto: yo soy de esas que dejan el móvil al niño. A mí esas paparruchas de que si la pantalla es de cristal, de que si la trasera también es de cristal, de que si el sensor de nosequé… no me interesan. A mi niño le gusta hacer como que habla por el móvil con la gente, y ponerse el mío entre hombro y oreja y soltar una parrafada le hace muy, pero que muy feliz.
Practicando con la funda desde bien pequeñín
De modo que desde que quedó claro que esa era una de sus más preferidas actividades para jugar a eso que algunas personas ilustradas llaman “juego simbólico” (y yo llamo entretenerse solito), mi móvil ha viajado muchas veces al suelo. Muchas, incontables. Una vez, incluso se hizo una rajita. Nada, pequeña cosa sin importancia, hemos convivido con la rajita un montón de tiempo y además, que fue sin querer.  Las fundas que le pongo a prueba de golpes casi siempre han dado resultado, que a veces llevaba el móvil –sobre todo al principio, luego a todo se acostumbra una- que parecía una momia en invierno.
El tema es que claro, que M. juegue a hablar por el teléfono móvil, ha supuesto varias cosas:
       Que yo lleve escuchando eso de “ el día que se te rompa ya verás tú qué gracia” desde hace muchos, pero que muchos meses.
       Que en algunas de esas caídas se me haya salido el corazón del pecho al pensar que, esta vez sí que sí, había sido la definitiva y adiós fotos y adiós contactos.
     Que muchos días haya perdido el teléfono durante horas porque claro, a saber dónde “colgó” el enano al terminar su última conversación con a saber quién.
De todas estas variables, la que más me ha fastidiado me ha dado siempre ha sido, adivina adivinanza, la de “ya verás tú”; lo que más rabia me daba de pensar que un día el niño lo fuera a romper de verdad era la cantidad de “ya te lo dijes” que iba a tener que escuchar. Pero, oh fortuna, ese día no ha llegado. Ni llegará.
No llegará porque ¡el móvil me lo he cargado yo solita! Sobre el disgusto tremendo que sentí al verlo rodar escaleras abajo tras pegar un incomprensible salto de mi mano, escuchando cada pequeño decibelio que indicaba que en efecto esta vez sí se iba a rajar el cristal entero y verdadero, pude sentir –no sin cierta sorpresa, la verdad, no pensé yo que fuera a tener el humor para esos trotes- una vocecita interna de triunfo, de alegría que decía algo así como… “jodeos, agoreros, que el móvil lo he roto yoJ

Nime

Un buen día de este pasado mes de junio (una buena tarde, mejor dicho), sin previo aviso, M. comenzó a hablar. Estábamos en casa de los abuelos y soltó tres palabras como sin darse importancia: tía, pisti, gasias. Tarde memorable dónde las haya, porque hasta ese momento no había un dios que entendiera al enano salvo, claro está, sus atentos padres. Los padres tienen esa mágica virtud de entender que el crío tiene sed donde otros sólo escuchan un gruñido. Pero ese no es el tema.
Típico momento Nime

El tema que nos ocupa hoy es que desde ese memorable día, el niño ha ido añadiendo una palabra casi cada día a su vocabulario, a ese vocabulario infantil que sale de su boca con una voz tan bonita que es que no tiene descripción. Pues nada, todo seguía su curso maravilloso hasta que de un tiempo a esta parte, he detectado que el niño ha equivocado el significado de una palabra, de una palabra tan inocente como lo es la que se utiliza para contestar cuando alguien que está a tu lado te llama: “dime”.

En mi caso, lo aclaro, ese “dime” me sale solo, automático, y no me había dado cuenta hasta ahora de la cantidad de veces que a un hijo hay que escucharle, de la cantidad de veces que un hijo pequeño, un bebé, te llama y te necesita a lo largo día. Supongo que una vive sin darse cuenta todos esos días, los va sobrellevando con más o menos paciencia según pasan las horas, pero es algo tan habitual la charla continua en los enanos que a una ya le hace callo. Que me encanta hablar con el niño, eh, ojito. Nos traemos unas charlas filosóficas a las que ya quisieran muchos monologuistas o escritores  y escritoras acceder, son unas charlas fructíferas y desternillantes de las que gozamos la madre y el hijo a lo largo de las –infinitas- horas que pasamos juntos.
Total, que parece ser que tengo por costumbre escuchar a M. cuando tiene algo que decir. Parece ser que él, en muchos momentos dados de nuestro saturado día a día, dice “mami” y yo contesto “dime”. Y digo parece ser porque he debido de decir “dime” inconscientemente muchas veces, miles de veces, infinitas veces, porque el niño lo ha asimilado de una forma, vamos a llamarla así, exagerada. Vamos, que el crío para decirte “te quiero” o “dame un beso” o “mira qué guay la montaña que he hecho con los botes de las especias” te coge la cara con las manitas, te mira muy serio y te dice “nime”. Y lo que busca desesperadamente a modo de respuesta es la misma palabra de vuelta: “dime”.
De modo que lo que era un verbo conjugado para darle un pie receptivo a que me dijera lo que fuera lo que me quiera decir (vamos a dejar aquí a un lado los “diiiiiiiiiiiiiime” que de vez en cuando se escapan cuando te han llamado diez veces en un minuto), él lo ha traducido en su cabecita como  “aquello que dicen las personas mayores cuando me hacen caso”. Para él es la palabra mágica que se pronuncia siempre delante de todo, siempre que hace falta avisar de algo, siempre que acude a un mayor en busca de ayuda o comprensión.
Veamos unos ejemplos ilustrativos:
M. se cae y yo voy a recogerlo, y en lugar de decir yo que sé, duele, pupa, aupa…me mira, me planta el moflete en los labios y me dice “nime”. Y yo, como no, digo como puedo entre beso y beso: dime, hijo, dime. Y ya sí, ya se siente él con la atención suficiente como para llorar desconsoladamente o contarme cómo ha sido la caída: “bajo trisi caío e frente”, o lo que es lo mismo “me he bajado del triciclo y me he caído de frente con todo el cebollón”.
Otro ejemplo: M. se despierta de noche. Y en lugar de decir, “mami” o “papá”, ¿qué dice? La palabra mágica: “Nime”, se escucha en el cuarto in the middle of the night. Y entonces yo, guturalmente, le digo: “Dime, hijo” y él contesta: “Teta”. Y aquí paz y después gloria.
Sé que un buen día, igual que dejó de decir “bam bam” para decir “coche”, o igual que a veces ya no dice “disha” para decir “toallita”, el “nime” perderá el significado mágico que tiene hoy tanto para él como para mí, dejará de ser esa palabra mágica que todo lo puede. Pero mientras ese día llega, el “nime” es sin duda, una de esas palabras que atesoraremos con mimo, con mucho mimo.  Y, por qué no, puede que incluso pase a los anales familiares como una de esas palabras de jerga casera que dura y perdura a lo largo de los años 🙂