Mis flores irlandesas

¡He suspendido! Toda ha salido según lo esperado, era lo razonable y así es como tiene que ser para alguien que los últimos meses en lugar de repasar a tope se ha dedicado a trabajar y criar al churumbel. Así que a otra cosa, mariposa; literalmente, además: ya he colocado todos los tomos de la enciclopedia, todos los manuales, todos los apuntes, libros, fichas, resúmenes…todo está en su sitio esperando que llegue septiembre…¡u octubre! 

Desde ahora tengo otros dos años, más o menos, para seguir aprendiendo y aprendiendo, que al final es de lo que se trata: aprender para mí mientras preparo la oposición. Si no, no tendría sentido 🙂

No se puede ser más chulo; el cebollino, digo.

Total, que aquí estamos de nuevo. Y no podía dejar pasar la oportunidad de retomar el blog sin constatar un hecho memorable, por lo menos para mi espíritu veraniego retenido estas últimas semanas mientras llegaba el exámen: hoy, 3 de julio, no ha dejado de llover. El niño con pantalón largo y todo el día encerrados en casa como monos del frío que ha hecho. Total, que estando M. y yo más mustios y helaos que yo que sé qué, lamentando nuestra suerte y pasando la mañana como buenamente podíamos rescatando calcetines del fondo de los cajones para no perder los dedos de los pies, nos hemos asomado a la ventana y nos hemos dado de bruces con esta estampa: las flores más contentas, altivas y tiesas que hemos visto en lo que va de primavera. Lo que yo le intentaba explicar a M. es que son de Dublín y este tiempito húmedo, verde y con olor a tierra mojada es lo que más contentas les pone. Vamos, ¡que ése cebollino no ha estado más lozano en su vida!

En realidad estas historias extrañas me las invento solo para oír cómo M. repite la última palabra de todo lo que yo digo:

-Mira, son de Dublín.
-¡Blín!
-Qué chulas, ¿eh?
-¡Sulas!
-¡Están mojadas y contentas!
-¡Tan mojads y tenas!

Y así, entre flores amantes del fresco, niños parlanchines y tochos de historia recogidos en sus respectivas estanterías, inauguramos el verano.

Mañana más 🙂

Toma de contacto y aviso de vuelta.

Tengo unas ganas de verano que no sé dónde meterlas. 
De verdad. Piscina, ventanas abiertas, niño con los muslotes al aire, olor a salmorejo. 
Bondades del teletrabajo, ¡ay!
Qué cansancio de libros, de apuntes, de nuevos trabajos que surgieron de la nada y me cambiaron el pie a dos meses del examen. Bueno, a mí y a M. Que está muy bien esto del teletrabajo, ¿eh?, no digo yo que no. Lo que pasa que en una mente de juguetones veinte meses no cabe la descabellada idea de que una madre -que hasta ahora se tiraba más tiempo reptando por el suelo jugando a los cochecitos que vienen y van- decida que su nueva ocupación va a ser dedicar la mañana a estar sentada con el ordenador en las rodillas. Que el muchacho no lo entiende, oye. Y eso que hay veces que se le olvida el mal rollo de tener una madre aburrida que no levanta la vista de la pantalla y contempla resignado la realidad circundante para observar ante él la inmensidad de la casa sin límites ni prohibiciones por el bien de su integridad: el paraíso doméstico a su alcance. 
Son estos momentos aquellos en los que ambos somos felices en esta nuestra oficina-guardería. M. corretea feliz por el pasillo, por la cocina, por la casa, en fin. Saca las especias de su armario, las vuelve a guardar; a veces, aparece el curry entre los cojines del sofá y un calcetín en el cajón de las galletas. 
Desde mi trinchera, lo que ocurre en estos momentos de teletrabajo maternal es que a veces envío mails con letras de más porque M. vino a darme un gusanito y lo acompañó de un codazo al teclado; que las llamadas por skype las ameniza una maravillosa banda sonora en forma de niño que está empezando a no dejar de hablar ni dormido; que escribir, dar la teta y contar un cuento todo a la vez, es posible. Es más, me atrevería a aventurar que es incluso deseable cuando la otra opción es pasearme de la casa al jardín y del jardín a la casa con el ordenador abierto en la mano que el niño me deja libre mientras me arrastra en busca de algo divertido que se parezca a lo que solíamos hacer, acua mamma calle (mamá vamos a la calle y dame candela al agua de la manguera que quiero volver a encharcar las flores 🙂 ) Que también lo disfrutamos, ¿eh? He desarrollado una soltura asombrosa: yo pienso mientras jugamos y luego escribo en un periquete el encargo. ¿Hay algo mejor para amortizar el tiempo que contratar a una mamá? Tengo ganas de escribir sobre cómo nos organizamos para ir al compás el enano y yo.
El miércoles es el examen de oposición. Será también el fin de mi agonía, porque es que de verdad que ya no puedo más. Y pase lo que pase, lo que pase, lo que pase… ¡estaremos de vacaciones! 
Y con mucho que contar 🙂