El club secreto

Existe un club al que una no sabe que pertenece hasta que un buen día hace la contraseña secreta que abre la puerta de la pertenencia a él y así, sin más, entra. Se hace socia.

Postura secreta, la clave con la que los demás socios
 reconocen a un nuevo integrante del club
Yo, sin ir más lejos, me he hecho socia. Es un club bastante abierto, no hace falta ninguna condición, no hace falta pagar cuotas y no hace falta reunirse para tratar de ningún tema. Es, por decirlo de alguna manera, un club para tontos. ¿Por qué? Porque el único beneficio que se saca al pertenecer a él es el consuelo de saber que 1: no se está sola, y que 2: afortunadamente llega un momento en el que una se despide de una vez para siempre del club y recupera su vida. 
El club tiene una filosofía sencilla: pertenecerán a él todas aquellas madres y todos aquellos padres que cargan con un bicho de entre cinco y más diez kilos con el brazo izquierdo -en su mayoría- mientras con la derecha hacen cualquier (¡cualquier!) otra cosa: lavarse los dientes, sacar el lavaplatos, escribir en el ordenador, sacar la compra del carro para pagar o mover el contenido del puchero. 
Los miembros del club aparecen cuando menos se les espera, y no necesariamente tiene que llevar el niño en brazos en el momento de su reconocimiento. Esto es así porque la pertenencia a este club deja secuelas, yo he visto con mis propios ojos a grandes madres y padres afrontando un nuevo día con el mejor de sus disfraces que, en un momento de flaqueza por su parte y agudeza visual por la mía, se han delatado: un ligero temblor involuntario en el brazo izquierdo, un tic nervioso que consiste en poner el brazo en posición cogeniños sin que esté el niño presente, un tocarse con la mano derecha la parte interior del codo izquierdo como con tiento, porque es que hay veces que se tiene la sensación de haber perdido el miembro. 
Una ve alguna de estas señas y automáticamente se imagina la vida de esa madre desde el minuto uno del día. Es, muy probablemente, una madre que se ha despertado al son de un despertador o en su defecto al son de un hijo y ya, desde ese primer pestañeo, se ha cargado al niño a la cadera izquierda para levantar la persiana de la habitación. Seguidamente, ya digo, habrá hecho el desayuno con el brazo izquierdo todavía sin quejarse demasiado por la carga, carga que a los veinte minutos empieza a ser una losa, para pasar a ser un calambre para pasar, directamente, a dejar el brazo inútil. La madre habrá tratado en más de una ocasión cambiarse al niño al brazo derecho para vivir con el izquierdo, para  darse cuenta al minuto de que no atina ni a cerrar el grifo. O peor aún: al hacer un movimiento con el brazo izquierdo, el derecho hace lo mismo por reflejo y la vida del niño corre peligro por unos segundos, al estar a punto de caerse de cabeza mientras el brazo derecho que lo sostiene se mueve por iniciativa propia. A esto habrá que sumarle la lengua fuera de la madre, asomando cauta por un lateral de la boca intentando equilibrar el desequilibrio interno que supone, para todo hijo de vecino, hacer algo con la mano contraria a la que se utiliza por inercia. 
Nótese la mano del polluelo en ambas fotos: posición de amor
 total que hace que el cabreo materno por inutilidad
de la extremidad disminuya hasta quedarse bajo cero
En fin, lo bueno de este asunto es que es pasajero. A veces, en cualquier lugar de la ciudad, mientras intento atinar a coger alguna moneda del bolsillo del vaquero para el parquímetro, con M. subido a mi brazo izquierdo dale que te pego al botoncito verde – obstinación infructuosa por otro lado, todo el mundo sabe que un parquímetro sin monedas es sordo-, me siento observada: son madres y padres que me miran con una sonrisa entre de reconocimiento y de alivio. Y yo, cuando consigo soltar al niño en el parque, o colgármelo de la mochila o regalarlo a algún familiar por unos minutos, empiezo a notar cómo mi brazo izquierdo vuelve a la vida y me imagino esa realidad futura en la que lo recuperaré para volver a hacer las cosas de la vida de una manera más fácil. Porque, aceptémoslo: hacer empanadillas o merengue con una sola mano es una gran putada. 
Que no me oiga nadie, pero a veces, y sólo a veces, mientras el hormigueo que indica que el riego sanguíneo vuelve a correr por mi brazo, echo de menos a M. encajado en su lugar. No sé cómo, pero creo que nacen, los hijos digo, con el culete adaptado al antebrazo maternopaternal de una manera un poco mágica, una manera que hace que aunque estés sufriendo porque no atinas ni a coger la aguja del punto por culpa del tembleque que se gasta ese brazo pluriempleado, al girar la cabeza entre calcetín y calcetín tendido con la pobre y solitaria mano derecha y oler su cabeza, todo sea bastante maravilloso aunque también agotador; todo sea bastante perfecto aunque a veces, en uno de esos múltiples momentos en los que la pertenencia al club comienza a hacerse cuesta arriba, parezca que la única solución para poder seguir manteniendo el brazo izquierdo por muchos años sea que los polluelos echen a volar.

Quién coge la sartén

El día menos pensado se me para el corazón. Aviso por si acaso. Claro que me lo he buscado yo por lista, por creerme la leche, por pensar que tenía a M. en el bote y que yo tenía la sartén por el mango. Por decirlo de manera suave y para introducir los hechos, diré que tengo un hijo salvaje. Un niño de la calle, una criatura que no quiere entrar en casa. Y, según todos los indicios, no lo he sabido gestionar. Y esa mala gestión ha hecho que hayamos adoptado a un gato sin querer.
El gato endemoniado
Juro que no quería, que yo siempre he dicho que los bichos en mi casa no entran, que jamás tendría animales y que meto la mano en una máquina expendedora de coca cola sin mirar primero si hay chicle antes que tocar a uno de esos seres peludos. Bueno, pues como en muchas otras cosas cuando llega un hijo, me he tenido que tragar mis palabras.
M. es una criatura adorable, risueña, con su dosis justa de mala uva, un niño que me deja la casa como un hospital robado en cuando me despierto medio minuto, un niño, en definitiva, que ejerce muy, pero que muy bien de persona menor de cinco años. Y esto es así exactamente hasta que escucha la palabra calle y se vuelve un ser desquiciado y bastante desesperado por huir de la casa.
Salimos todos los días, paseamos calle arriba y calle abajo en busca del gatito solitario, cogemos hojas, ayudamos al jardinero a barrer, a veces incluso me saco el manual y él da vueltas a la acera mirando las hormigas mientras yo intento hacer como que estudio. Todo muy idílico hasta que se me empieza a congelar el culo y veo que la babota que de vez en cuando asoma entre esos labios preciosos manchados de arena está a punto de congelarse y convertirse en estalactita.
Entonces, llegado ese crítico momento, digo la palabra casa e invariablemente M. huye, yo me tropiezo y al final entramos en casa cabreados, mojados, y un poco enfadados. Bueno, lo he dicho en presente pero eso es pasado. Es pasado porque, de pura casualidad, descubrí como hacer que el entrar en el calorcito del hogar no fuera un drama: me metí la mano en el bolsillo de la sudadera y saqué restos de ese maravilla culinaria que son las tortitas de maíz. Lo miré con un poco de recelo y, superadas las dudas iniciales, le tiré un poco al gato. Y el gato, después de darme un susto de muerte haciendo un ruido parecido al que cualquiera haría al morirse ahogado y haciendo también que yo maquinara en tiempo record cómo tapar el crimen sin traumatizar a M., se relamió y me miró. Y le tiré otro poco. Y mientras se lo comía, cogí al niño de la mano, niño que me miraba maravillado y haciéndome sentir la reina del mambo en plan: tengo dominao al gato y viene cuando digo pss, cosa que nunca antes había pasado. Bueno, pues llevé al pobre gato hasta la puerta de casa a base de miguitas y al llegar al umbral dejé una última miga grande, cerré a toda leche y llevé a un lloroso M. a la ventana de la cocina para ver al gato comer.
Mano de santo. Se calló al instante y la estrategia me ha estado funcionando unos días, unos maravillosos días en los que me reía para mí misma, muy ufana, mirando al gato comer y a M. mirar alucinado. Incluso calculé en euros cuánto me iba a costar meter al niño en casa: si cada paquete de tortitas cuesta X y necesito tantos trozos de tortita a la semana para meter al gato hasta la puerta… Na, la ecuación salió positiva a mi favor: ¿unos tres euros al mes y el nene feliz? A por cargamento de tortitas, me dije a mí misma.
Pero el gato me ha tomado la medida. Es listo, debe ser un gato curtido en la calle y el cabrón nos acosa. Cuando esta mañana, todavía medio dormida, he subido de un golpe la persiana de la cocina casi caigo de culo: el gato me miraba fijamente, muy serio, pidiendo comer. No le he hecho caso y me he dirigido al salón… donde me esperaba tras la persiana. Lo mismo al abrir la puerta de la calle, retozaba en el felpudo moviendo lento la cola, creo que incluso ronroneaba. M. encantado, claro, intentando tirarle del rabo mientras yo  le decía que sí, que lo que nos faltaba…
Confieso que he tenido miedo, mucho miedo. Tanto miedo que mientras íbamos hacia el coche para acercarnos a comprar tortitas para el intruso, he mirado hacia atrás varias veces, acojonada perdida. He mirado en las jardineras, en el hueco de la vasija donde enrollamos la manguera, sobre las ruedas del coche, entre las ramas podadas que esperan que las lleven al centro de compost, esperando encontrarle serio en cualquier parte pidiendo su ración. Al no verle, he pensado que no estaba, por un momento incluso he dado coba a la idea de que la pesadilla había terminado. Pero no, claro que no.
Al final, y para regocijo del enano que como puede verse todavía no controla el concepto de extorsión, el gato marrón nos ha dicho adiós desde la puerta de la urbanización, y juraría que lo último que he visto por el retrovisor antes de coger la carretera principal ha sido al maldito guiñándome un ojo como retándome a volver a afirmar que era yo la que tenía la sartén por el mango.