Quién coge la sartén

El día menos pensado se me para el corazón. Aviso por si acaso. Claro que me lo he buscado yo por lista, por creerme la leche, por pensar que tenía a M. en el bote y que yo tenía la sartén por el mango. Por decirlo de manera suave y para introducir los hechos, diré que tengo un hijo salvaje. Un niño de la calle, una criatura que no quiere entrar en casa. Y, según todos los indicios, no lo he sabido gestionar. Y esa mala gestión ha hecho que hayamos adoptado a un gato sin querer.
El gato endemoniado
Juro que no quería, que yo siempre he dicho que los bichos en mi casa no entran, que jamás tendría animales y que meto la mano en una máquina expendedora de coca cola sin mirar primero si hay chicle antes que tocar a uno de esos seres peludos. Bueno, pues como en muchas otras cosas cuando llega un hijo, me he tenido que tragar mis palabras.
M. es una criatura adorable, risueña, con su dosis justa de mala uva, un niño que me deja la casa como un hospital robado en cuando me despierto medio minuto, un niño, en definitiva, que ejerce muy, pero que muy bien de persona menor de cinco años. Y esto es así exactamente hasta que escucha la palabra calle y se vuelve un ser desquiciado y bastante desesperado por huir de la casa.
Salimos todos los días, paseamos calle arriba y calle abajo en busca del gatito solitario, cogemos hojas, ayudamos al jardinero a barrer, a veces incluso me saco el manual y él da vueltas a la acera mirando las hormigas mientras yo intento hacer como que estudio. Todo muy idílico hasta que se me empieza a congelar el culo y veo que la babota que de vez en cuando asoma entre esos labios preciosos manchados de arena está a punto de congelarse y convertirse en estalactita.
Entonces, llegado ese crítico momento, digo la palabra casa e invariablemente M. huye, yo me tropiezo y al final entramos en casa cabreados, mojados, y un poco enfadados. Bueno, lo he dicho en presente pero eso es pasado. Es pasado porque, de pura casualidad, descubrí como hacer que el entrar en el calorcito del hogar no fuera un drama: me metí la mano en el bolsillo de la sudadera y saqué restos de ese maravilla culinaria que son las tortitas de maíz. Lo miré con un poco de recelo y, superadas las dudas iniciales, le tiré un poco al gato. Y el gato, después de darme un susto de muerte haciendo un ruido parecido al que cualquiera haría al morirse ahogado y haciendo también que yo maquinara en tiempo record cómo tapar el crimen sin traumatizar a M., se relamió y me miró. Y le tiré otro poco. Y mientras se lo comía, cogí al niño de la mano, niño que me miraba maravillado y haciéndome sentir la reina del mambo en plan: tengo dominao al gato y viene cuando digo pss, cosa que nunca antes había pasado. Bueno, pues llevé al pobre gato hasta la puerta de casa a base de miguitas y al llegar al umbral dejé una última miga grande, cerré a toda leche y llevé a un lloroso M. a la ventana de la cocina para ver al gato comer.
Mano de santo. Se calló al instante y la estrategia me ha estado funcionando unos días, unos maravillosos días en los que me reía para mí misma, muy ufana, mirando al gato comer y a M. mirar alucinado. Incluso calculé en euros cuánto me iba a costar meter al niño en casa: si cada paquete de tortitas cuesta X y necesito tantos trozos de tortita a la semana para meter al gato hasta la puerta… Na, la ecuación salió positiva a mi favor: ¿unos tres euros al mes y el nene feliz? A por cargamento de tortitas, me dije a mí misma.
Pero el gato me ha tomado la medida. Es listo, debe ser un gato curtido en la calle y el cabrón nos acosa. Cuando esta mañana, todavía medio dormida, he subido de un golpe la persiana de la cocina casi caigo de culo: el gato me miraba fijamente, muy serio, pidiendo comer. No le he hecho caso y me he dirigido al salón… donde me esperaba tras la persiana. Lo mismo al abrir la puerta de la calle, retozaba en el felpudo moviendo lento la cola, creo que incluso ronroneaba. M. encantado, claro, intentando tirarle del rabo mientras yo  le decía que sí, que lo que nos faltaba…
Confieso que he tenido miedo, mucho miedo. Tanto miedo que mientras íbamos hacia el coche para acercarnos a comprar tortitas para el intruso, he mirado hacia atrás varias veces, acojonada perdida. He mirado en las jardineras, en el hueco de la vasija donde enrollamos la manguera, sobre las ruedas del coche, entre las ramas podadas que esperan que las lleven al centro de compost, esperando encontrarle serio en cualquier parte pidiendo su ración. Al no verle, he pensado que no estaba, por un momento incluso he dado coba a la idea de que la pesadilla había terminado. Pero no, claro que no.
Al final, y para regocijo del enano que como puede verse todavía no controla el concepto de extorsión, el gato marrón nos ha dicho adiós desde la puerta de la urbanización, y juraría que lo último que he visto por el retrovisor antes de coger la carretera principal ha sido al maldito guiñándome un ojo como retándome a volver a afirmar que era yo la que tenía la sartén por el mango.
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