DIY: solución universal

Sin lugar a dudas, la persona con la que más horas paso a lo largo del día, es M. Esto significa varias cosas: la mayor parte del tiempo huelo a galleta, M. se traga unas exposiciones sobre la Edad Media que al pobre lo dejan medio grogui, me sé de memoria casi cuarenta canciones infantiles (con tarareo de la parte instrumental incluido), a veces me encuentro argumentando cosas muy extrañas a un niño que me mira como si me comprendiese y tenemos una sincronización para algunas cosas que a más de uno lo ha dejado asombrado alguna vez.
Las herramientas de M.
Además de todo esto, pasa otra cosa: muchas de los momentos en los que escribo o leo en esta nuestra comunidad, M. está a mi vera, siempre a la verita mía, mostrando un notable interés en aporrear las teclas, en limpiar con babas la pantalla, o en poner mucho ímpetu al cerrar el portátil -muy pacífico mi chiquillo, como podéis leer-. Pero, parece ser, que además de todas estas habilidades motoras, el enano aprende cosas. Así como lo escribo. Sé que suena escalofriante, tan pequeño y tan repelente, pero es la purita verdad.
Vosotras habéis tenido la culpa. Tal cual. Tanto diy, tanto diy… pues claro, a mi niño le ha calado -que no a la madre que sigue siendo tan poquito mañosa-. El asunto comenzó hará una semana, una noche en la que M. ya dormía en su lado del sofá  y todo parecía indicar que la paz había llegado a nuestro hogar, al fin, tras un largo día. Esa paz se respiraba, lo envolvía todo, yo escribía, el padre leía, la tele emitía un documental sobre los Romanov que nos llegaba por ráfagas. En un momento dado, en medio de un post, el niño pegó un grito que interrumpió el murmullo de la narración del locutor de La 2. Mientras el padre y yo nos interrogábamos con la mirada -¿dientes?¿pesadillas?¿gases?-, me giré para darle unos mimitos sanadores de esos mágicos, cuando mi portátil, actuando por su propia voluntad,  decidió abandonar el calor de mis rodillas y rodar piernas abajo hacia el abismo de la alfombra.
Todos en la casa oímos el crack.
Una vez solucionado el problema misterioso que perturbaba el sueño de M., me dispuse a analizar los daños: cable de batería aplastado incapaz de hacer conexión con su clavija. Contra todo pronóstico, pasó que no perdí la calma, y tras casi una hora de intentos, conseguí encontrar una posición en la que el cable hacía contacto y el simbolito de la batería comenzaba a engordar y a alimentar con un rayo potentísimo la vida de mi ordenador. Bueno, pues esa solución de emergencia me pareció un milagro, de tal modo que llegó un momento en el que incluso me plantee no arreglar el ordenador, tirar con este sistema precario y ahorrarme el arreglo. Craso error. Al más mínimo movimiento, el puñetero se desconectaba y me quedaba a dos velas.
Cuando mi paciencia y la de M., que el pobre había visto limitados sus movimientos a un metro a la redonda del ordenado, se vieron sobrepasadas por las circunstancias, decidí llamar al servicio técnico. Tras más de dos horas de mails que no llegaban a su destino, llamadas infructuosas al teléfono de atención al cliente, cuatro o cinco apagones del ordenador e improperios varios de pura desesperación, M. decidió tomar cartas en el asunto y solucionarlo poniendo en práctica el mejor diy que nunca se haya visto, el diy universal, el diy al que se recurre cuando ya no queda nada más a lo que recurrir: el consabido mamporrazo al objeto estropeado. No me preguntéis qué hizo ni cómo lo hizo, pero ha sido la galleta mejor metida de la historia: el cable vuelve a cargar el ordenador en cualquier posición.
Me quedé mirándole unos segundos, bastante sorprendida y ligeramente acojonada,  sin saber muy bien qué decir: acababa de presenciar un acto semiviolento -iba con bastante mala leche, todo sea dicho-  llevado a cabo por un enano que, sin embargo, había servido para arreglarme el ordenador por la patilla. ¡Me encontraba ante una disyuntiva educativa de manual! Al final le di un superabrazo, un miniaplauso y otro minirapapolvo: tú, M., esto de dar leches sólo cuando mami lo diga y dónde mami diga ¿eh?… a no ser, vida mía, que tengas tan claro como lo has tenido en esta ocasión que el golpetazo va a ser la solución y nos vamos a ahorrar unos cuantos eurillos…
Nos partíamos de la risa mirándonos agradecidos: supongo que él porque por fin podía volver a campar a sus anchar por todo el territorio y yo…por los cuarenta euros que me he ahorrado :D
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