Manías

Rarrro, rarrro, es el estudiante que no desarrolla manías. 
Las mías, de antes de opositar y que no han tenido problema ninguno en venirse conmigo a esta nueva aventura, no son muchas: cocacola a litros, cuadernos en blanco para rellenar mil veces con las mismas ideas, lápices alpino para ir esquematizando cada tema de un color y un pasillo por el que caminar mientras interiorizo. 
M. asociando algún conocimiento a una galleta
El problema en mi caso personal ha venido con la maternidad. La maternidad, desde aquí lo digo, da hambre. Esto es así. Si una amamanta, por pura fisiología se entiende que si con tu cuerpo se están alimentando dos, hay hambre también por dos. Y si no se amamanta, pues se te olvida comer, o a la hora de comer te duermes, o cuando te vas a sentar a comer el niño quiere mami, o ese día está tan tranquilito que por no romper el hechizo no te levantas de la alfombra y cuando te das cuenta son las cinco de las tarde y tú estás a punto de ser engullida por el agujero negro de tu estómago. 
Pero pasa que la maternidad no solo da hambre; con la maternidad aterriza en los hogares de las familias un sentimiento que podríamos llamar miedo a la desnutrición de la prole. Y eso que soy una madre muy jipi para eso y el niño come lo que quiere y cuando quiere. Pero hay ahí algo un poco ancestral que te hace intentar meterle un par de cucharadas más cuando él ya ha cerrado el chiringuito, aunque nunca se consiga y siempre, en cualquier hogar español, haya una madre -a la hora de cualquiera de las cinco comidas reglamentarias- en medio de una cocina vacía de churumbel -que ya está corriendo a punto de gritar Jerónimooooooo por el pasillo- con un yogur a medias en la mano, una cucharilla en la otra y una cara de a ver qué hago ahora con esto. 
Hay dos soluciones, dependiendo de la realidad familiar: si hay hermanos, esa madre mirará al yogur, mirará a la puerta, volverá a mirar al yogur y canturreará con tono de sirena el nombre del hermano mayor para endosarle las sobras; si no los hay, ese yogur irá pa´dentro, tenga o no tenga esa madre hambre de yogur en ese momento. 
En esta casa, de momento, no hay hermanos.
Así que, sí, me tiro todo el santo día zampando. Y muchas horas de ese día, estudiando. Ambas cosas con alegría y convencimiento, ojo. 
De modo que podría decirse que he desarrollado una nueva manía involuntaria, y es que últimamente como tanto, tanto mientras estudio que me he sugestionado, y parece que si no doy cuenta de todas esas galletas antes de terminar el tema 10, no me he centrado. Así que con la excusa de darle al niño el almuerzo (en mi puta vida había yo utilizado la palabra almuerzo hasta que decidí tener descendencia, qué cosas), voy sacando galleta a galleta: 
A ver, hijo, ¿una galletita? 
Indiferencia por respuesta
-Bueno, pues luego. Y pa´dentro. Y unas cuantas páginas después, otro paseo y otra preguntita: 
¿Una galletita, rey?¿No? Pues pa´dentro.
Y el tubo de galletas va mermando y cuando me quiero dar cuenta, además del tema previsto para hoy, me he ventilado unas doce galletas, así de jajás, como diría mi hermana. Y llega la hora de la comida de M. y ya no quiere más plátano y en la casa no hay nadie más. Y me digo:
-¿Tu quieres o no quieres esa plaza? ¿Quién te dice a ti, eh, quién, –me pregunto mirando y sacudiendo el plátano– que si te comes el plátano estudiando el tema tedioso de la Constitución, y justo cae ese tema, no recordarás por pura asociación de ideas cada artículo constitucional, con sus anexos y todo, gracias al plátano? Si es que es por tu bien. 
Y va pa´dentro.
De modo que en mi mente opositora se mezclan con bastante armonía -de momento, que no llevo ni un tercio del temario mirado- una serie de alimentos, cada uno asociado a un tema, que me ayudan a recordar y asociar contenidos. 
Luego me salta un anuncio en el ordenador de un libro con técnicas memorísticas para opositores y lo borro sin miramientos: anda estos, menuda tontería me quieren vender, no te digo. Libritos a mí.
Así soy yo, una mujer de extremos. 

El cuidador cuidado

Mi madre, la abu, la de las comidas resucitadoras, las nanas mágicas, los remedios para el dolor de barriga… está de reposo absoluto. Por una tontería como un corte mínimo en el pie, ha estado a punto de verse en una situación tan medieval como que se le gangrene la extremidad, en palabras del doctor, y haya que cortar por lo sano – nunca esta frase tuvo tanto sentido-. Pero en fin, lo pillaron a tiempo y con una buena dosis de antibiótico y el pie en alto una semana, parece que solucionaremos el asunto.
De camino a casa de la abuela
Lo bueno de esto es que se me ha presentado una oportunidad de oro para mimar a quien nos mima, que merecido lo tiene. Y es que además no hay forma humana de que se deje ayudar cuando está bien, ella puede con todo y aquí no hay más que hablar: que si tú estudia un rato más que yo me llevo al niño de paseo, que si te he cogido estos plátanos que tenían una pinta de morirse, que si te he encargado los maderos que faltan para que puedas poner la mesa nueva. Gracias mami, es todo cuanto puedo decir; bueno, eso y comprarle chocolate como agradecimiento.
Pero ahora la vida me ha enviado esta convalecencia para resarcirme de tanto agradecimiento acumulado, y el primer día me froté las manos de pensar en todas las cosas que podría hacer para  cuidarla y que ella no podría evitar, a saber: comidas que le gusten, compra compulsiva de revistas de decoración y patronaje que le encantan, rescate de muebles por los basureros recordando viejos tiempos, sesiones de whatsapp infinitas para que no se aburra en el sofá.
Bueno, pues no. La colega es dura de pelar. La tía hizo reposo absoluto dos días, en los que no me dio tiempo a casi nada, de verdad. Cuando iba a empezar lo bueno, ella empezó a torearme. Algunas de vosotras habéis hablado aquí de las series a las que estuvisteis enganchadas de pequeñas, y ya comenté que yo era fans de Colombo. Y aquel hombrecillo de voz rasgada y gabardina infinita me ha ayudado mucho en mi vida adulta, como a saber cuándo mi madre me la está pegando. Un ejemplo: cuando se coloca en posición de reposo, se pertrecha de todos los útiles necesarios para pasar las horas que ella calcula estará en el sofá con la pierna en alto: teléfono móvil, teléfono fijo, libro, mando de la tele, revista y labor de punto que esté haciendo en ese momento (bufanda pa´mi :) ). Con este arsenal, me voy tranquila a mi casa, con la certeza de que el rato que tarde mi padre en llegar del curro, ella lo pasará en su sanatorio particular.
Pero me engaña. O me intenta engañar. Y yo, buena discípula de Colombo, sé que ella tarda, de media, un minuto en contestar un whatsapp. Si pasa más tiempo…malo. Vamos, que no tiene el móvil a mano, lo que significa que no está en el sofá. Vale, la llamo al fijo. Tres tonos y….
-¿Sí? 
-¿Mamá, tú te piensas que me chupo el dedo?
-Si estoy aquí sentada…bueno, mira, hija, es que ya casi no está hinchado y ya estoy del punto y de la punta hasta el moño. 
-Muy bien, muy bien. El día que te tenga que llevar a que te corten el pie, ese día, hablamos. Parece que le entra un poquillo de miedo, pero ná. Un rato. Al rato siguiente, vuelve a estar correteando por la casa “con mucho cuidado, ¿eh?“, como dice ella.
Y así se pasa las tardes. Así que mis esfuerzos por mimarla mucho son todos en vano, ya se lo dice M., que cuando me ve regañarla saca el dedo índice y mientras dice pffff dice que no con el dedo, creo que hay veces que hasta frunce el ceño. Y aunque intenta colármela, mi entrenamiento colombino aparece raudo cuando algo no me cuadra, como cuando veo una montaña de ropa planchada que yo había dejado estratégicamente semioculta para evitar tentaciones. O cuando me contesta a un whatsapp con una caligrafía incorrecta, con xq, xo, tb y demás abreviaturas  que ella considera veneno para la escritura, y mi sexto sentido me dice que ha encargado a alguno de mis hermanos que contesten haciéndose pasar por ella; me llegan entonces mensajes contradictorios como éste: “cariño stoy ok, veo castle en la tv y el pie va de pm“. Se piensan que soy tonta. 
Total, que ahora mismo nos vamos con un par de tabletas de chocolate a su casa, a entrar a traición a ver si la encontramos encaramada a alguna silla colgando un cuadro o colocando no sé qué taza, y depende de cómo la encontremos, o le damos el chocolate o nos lo comemos nosotros. Frente a ella y con mucha lentitud.
Pa´que la próxima vez nos obedezca.