El cuidador cuidado

Mi madre, la abu, la de las comidas resucitadoras, las nanas mágicas, los remedios para el dolor de barriga… está de reposo absoluto. Por una tontería como un corte mínimo en el pie, ha estado a punto de verse en una situación tan medieval como que se le gangrene la extremidad, en palabras del doctor, y haya que cortar por lo sano – nunca esta frase tuvo tanto sentido-. Pero en fin, lo pillaron a tiempo y con una buena dosis de antibiótico y el pie en alto una semana, parece que solucionaremos el asunto.
De camino a casa de la abuela
Lo bueno de esto es que se me ha presentado una oportunidad de oro para mimar a quien nos mima, que merecido lo tiene. Y es que además no hay forma humana de que se deje ayudar cuando está bien, ella puede con todo y aquí no hay más que hablar: que si tú estudia un rato más que yo me llevo al niño de paseo, que si te he cogido estos plátanos que tenían una pinta de morirse, que si te he encargado los maderos que faltan para que puedas poner la mesa nueva. Gracias mami, es todo cuanto puedo decir; bueno, eso y comprarle chocolate como agradecimiento.
Pero ahora la vida me ha enviado esta convalecencia para resarcirme de tanto agradecimiento acumulado, y el primer día me froté las manos de pensar en todas las cosas que podría hacer para  cuidarla y que ella no podría evitar, a saber: comidas que le gusten, compra compulsiva de revistas de decoración y patronaje que le encantan, rescate de muebles por los basureros recordando viejos tiempos, sesiones de whatsapp infinitas para que no se aburra en el sofá.
Bueno, pues no. La colega es dura de pelar. La tía hizo reposo absoluto dos días, en los que no me dio tiempo a casi nada, de verdad. Cuando iba a empezar lo bueno, ella empezó a torearme. Algunas de vosotras habéis hablado aquí de las series a las que estuvisteis enganchadas de pequeñas, y ya comenté que yo era fans de Colombo. Y aquel hombrecillo de voz rasgada y gabardina infinita me ha ayudado mucho en mi vida adulta, como a saber cuándo mi madre me la está pegando. Un ejemplo: cuando se coloca en posición de reposo, se pertrecha de todos los útiles necesarios para pasar las horas que ella calcula estará en el sofá con la pierna en alto: teléfono móvil, teléfono fijo, libro, mando de la tele, revista y labor de punto que esté haciendo en ese momento (bufanda pa´mi :) ). Con este arsenal, me voy tranquila a mi casa, con la certeza de que el rato que tarde mi padre en llegar del curro, ella lo pasará en su sanatorio particular.
Pero me engaña. O me intenta engañar. Y yo, buena discípula de Colombo, sé que ella tarda, de media, un minuto en contestar un whatsapp. Si pasa más tiempo…malo. Vamos, que no tiene el móvil a mano, lo que significa que no está en el sofá. Vale, la llamo al fijo. Tres tonos y….
-¿Sí? 
-¿Mamá, tú te piensas que me chupo el dedo?
-Si estoy aquí sentada…bueno, mira, hija, es que ya casi no está hinchado y ya estoy del punto y de la punta hasta el moño. 
-Muy bien, muy bien. El día que te tenga que llevar a que te corten el pie, ese día, hablamos. Parece que le entra un poquillo de miedo, pero ná. Un rato. Al rato siguiente, vuelve a estar correteando por la casa “con mucho cuidado, ¿eh?“, como dice ella.
Y así se pasa las tardes. Así que mis esfuerzos por mimarla mucho son todos en vano, ya se lo dice M., que cuando me ve regañarla saca el dedo índice y mientras dice pffff dice que no con el dedo, creo que hay veces que hasta frunce el ceño. Y aunque intenta colármela, mi entrenamiento colombino aparece raudo cuando algo no me cuadra, como cuando veo una montaña de ropa planchada que yo había dejado estratégicamente semioculta para evitar tentaciones. O cuando me contesta a un whatsapp con una caligrafía incorrecta, con xq, xo, tb y demás abreviaturas  que ella considera veneno para la escritura, y mi sexto sentido me dice que ha encargado a alguno de mis hermanos que contesten haciéndose pasar por ella; me llegan entonces mensajes contradictorios como éste: “cariño stoy ok, veo castle en la tv y el pie va de pm“. Se piensan que soy tonta. 
Total, que ahora mismo nos vamos con un par de tabletas de chocolate a su casa, a entrar a traición a ver si la encontramos encaramada a alguna silla colgando un cuadro o colocando no sé qué taza, y depende de cómo la encontremos, o le damos el chocolate o nos lo comemos nosotros. Frente a ella y con mucha lentitud.
Pa´que la próxima vez nos obedezca. 
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