El silencio relativo

Cualquier estudiante al uso entregaría parte de su tiempo libre (igual estoy exagerado un poco) a cambio de un poco de silencio en los momentos en los que tiene que estudiar: los momentos de codos, de estudio del bueno, de estudio profundo de ese de memorizar y asimilar. Ése tipo de estudio. 
M. poniendo la lavadora en silencio total

Bueno, pues yo no. En este momento de mi vida, el silencio doméstico sólo puede significar una cosa: M. está liando alguna. Y es una sensación de agobio absoluto salir de pronto de mi ensoñación histórica y notar cómo el corazón se me para porque en ese momento, en ese jodido preciso momento, no tengo ni puta idea ni de dónde está el niño ni de por qué no se le oye. Y el siguiente instante vital es el de “me voy a poner en lo peor y haya pasado lo que haya pasado, yo me mato detrás“. Y me pongo a ello.
De pronto, y todo esto mientras suelto el subrayador sobre la página 110, asumo que M. va a estar en la escalera, en el escalón número nueve en equilibrio inestable, ese equilibrio del que no se puede salir sin meterse la galleta porque: uno, si le grito se acojona y se mete la hostia; dos, si no le grito y me acerco sigilosa, el equilibrio inestable se romperá de todos modos porque ya ha pasado todo el tiempo mágico que le ha mantenido a salvo, y la cabeza pesará de pronto más que el resto del cuerpo y se caerá. Todo esto lo pienso en medio segundo, entre que el subrayador cae encima del libro y yo echo la silla hacia atrás. 

En este momento cambio de parecer y M. ya no está en la escalera sino sentado frente al mueble de la cocina donde se guardan los productos de limpieza, preparado para degustar el limpiador jabonoso para madera tratada con olor a jabón de Marsella con el que fregamos el suelo. Pero tampoco parece lo suficientemente creíble, qué demonios. Mientras doy otro paso para salir del cuarto de estudio, decido que ha pasado es que M. ha conseguido trepar hasta el cajón de los cubiertos y está cuchillo en mano preparado para pinchar lo primero que encuentre por la encimera, para seguidamente llevárselo a la boca. 
Aprieto un poco el paso y ya casi he puesto una mano en el marco de la puerta, cuando se me ocurre que no, que lo que en realidad ha pasado es que olvidé cerrar después de ventilar la casa en la mañana y M. se ha escapado al jardín y está a punto de pillarse los dedos con la verja al intentar fugarse y yo no sé dónde están las llaves del coche para salir corriendo al hospital a que le curen la mano, y además tampoco tengo nada claro dónde está el papel que funciona como su tarjeta sanitaria hasta que llegue su tarjeta de verdad y corre la leyenda de que hoy en día si vas sin tarjeta, no te cogen. Para cuando consigo alcanzar el pasillo ya tengo un par de lágrimas fuera y el ritmo cardiaco me va a compás de ska. 
Y llego al pasillo y le llamo intentando que el agobio no se me note -que es que los niños lo pillan al vuelo, de verdad, ni llorar con una peli puedo porque se me acerca, todo solidario él, y empieza a hacer pucheros para acompañar mi llanto-, y no responde nadie y no le veo a simple vista y entonces me echo la culpa por no haberme puesto de verdad en lo peor y no haber aceptado desde el principio que lo que realmente ha pasado es que el jardinero ha entrado en un descuido y se lo ha llevado para venderlo (y entonces me doy cuenta de que por eso me da tan mal rollo el tipo, porque es un ladrón de niños).
Pero no, señores. No, no. Lo que me encuentro cuando me asomo sin aliento a la puerta de la cocina antes de llamar al 112 es a M. con medio cuerpo dentro de la lavadora, colocando con cuidado ropa sucia que yo, descuidada como soy, había dejado en el suelo con la intención de poner una lavadora que nunca llegó a comenzar.
El alivio va poco a poco conquistando el cuerpo y deja una flojera que no se puede describir, así como tampoco la cara de idiota que se me debe de quedar al encontrarle por fin, además de sano y salvo, feliz como una perdiz instalado en esa nueva independencia que ha ido poco a poco conquistando y que me da tanto buenos momentos – es maravilloso poder estar leyendo un libro mientras él se recorre medio salón a su bola- como momentos angustiosos parecidos a este.

El caso es que tengo una charla pendiente con el enano, algo así: Mira, M., vamos a tener que llegar a un acuerdo porque a mí estos sustos fijo que me matan neuronas y eso bueno para conseguir mi plaza, como que no es. Así pues, necesitamos un equilibrio acústico en el ambiente: ni hiperactividad sonora de esa que no deja ni pensar, ni silencio absoluto del que impones cuando la vas a liar que hace que me ponga siempre en lo peor. ¿Y sabes, sabes cómo lo llamaremos? Sí, silencio relativo. Esa especie de parloteo sotto voce que te traes con casi cualquier objeto, ese vale. Y ya si puede ser dentro de mi campo visual (no salirte de la alfombra de juegos que yo pongo frente al cuarto de estudiar, vaya) para que no se me salte el corazón y caiga en el centro del temario, te hago un monumento. O bueno, un colacao, que seguro que te gusta mucho más.
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