Molly Malone

Cuando yo era joven -más joven, ¡eh!-, pasé tres veranos seguidos en Irlanda, en Dublín para más señas. Es una etapa que recuerdo con mucho cariño, ya sabéis: hacerte entender con la familia hablando lo justo de inglés, descubrir con asombro que entienden más de lo que crees, volver empapada del cole por culpa de una de las tormentas relámpago irlandesas, marcar a casa a cobro revertido, sentirte mayor, urbanita, segura e importante caminando con esas amigas que parecen eternas desde que las conoces, todas solas y acojonadas en el aeropuerto, por el centro de la ciudad buscando un banco o un parque donde comer. Pero había una cosa, un elemento, del que hacía años que no me acordaba.
Abandonados a las puertas
Como sabéis, estoy (debería decir estamos, porque esto está siendo un asunto familiar en el que está toquisqui arrimando el hombro) liada preparando la oposición. Este nuevo aspecto de nuestra vida se ha colado de lleno, sin avisar, y a mí, en concreto, me ha descolocado el seso. Voy a toda pastilla todo el día, olvidando enseres y pertenencias como su fuera Paularcita y tuviera que dejar pistas para volver a casa, tengo ensoñaciones extrañas y un tic en la mano derecha que casi no me deja ni abrochar el dodotis del niño sin que se mosquee por la tardanza. Ahí es ná.
Pues esta tarde, cuando volvía de estudiar/comprar/recoger al niño/hacer un poco de vida familiar en casa de mis padres (los adorables y desinteresados niñeros), ha pasado algo. Ha pasado que he salido del coche con un niño colgado al cuello, con una cartera que pesaba mil kilos colgada en bandolera, con una mochila llena de enseres infantiles a la espalda y con dos bolsas mercadonistas llenas de víveres marinos, una en cada mano. Completaba el panorama la zapatilla desatada y el escote en escaparate y a punto de reventar. Y ha sido entonces, justo entonces, cuando me he dado cuanta de que no teníamos llaves para entrar, cuando ha aparecido delante de mis narices y entre el pelo del enano que no me dejaba ver bien, el recuerdo irlandés, húmedo y verde, de Molly Malone. Ella no es otra que una pescadera de Dublín, sweet Molly Malone, que iba caminando por la zona portuaria de la ciudad arrastrando su carro hasta arriba de pescado para vender, y que una noche murió en plena calle presa de unas fiebres. En su honor existe una estatua, en pleno centro de la ciudad, que la representa con un generoso escote – corre una leyenda paralela que dice que era pescadera de día y prostituta de noche, pero yo no me la creo porque la versión que me contó Brenda, mi madre irlandesa, no contemplaba esta opción y la pintaba como una poor woman- y su carro de pescado y marisco. Y de esa estatua es de la que me he acordado en ese momento de flaqueza: con mi bolsa llena de merluza, con mis cántaros a punto de reventar de todo el día sin M. y dando muchísima penita sin poder entrar en casa. Igualita que Molly.
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Una de esas que parecía que inclinaba M. esperando en el jardín,
pero de hace años, de aquellos años.

He llamado por teléfono y nos hemos sentado en el jardín, a la puerta de casa, a esperar al salvador. En un momento dado y tras hacer la foto que veis, he sacado el biberón del agua del niño y se lo he dado, por aquello de dar más pena al que viniera a rescatarnos en planpobre mi niño fíjate que sólo tiene agua para beber y es la hora de merendar. 

Y no sé si es que el espíritu de Molly se ha apoderado de mí o que el niño me ha heredado la vena cervecera y sabe ya lo que es una Guinness, pero el caso es que me ha parecido, juraría, que inclinaba el biberón hacia delante para brindar conmigo mientras yo le contaba de las cervezas negras, de las tabernas con músicos en las esquinas tocando atronadores violines, de los parques más frondosos que muchos bosques de la ciudad de Dublín.
Cheers, M.- he dicho al final mi relato con mucha pena por la situación y mucha risa por que con él no puede ser de otro modo.
Patatita – me ha respondido con su cara de viejo desdentado y feliz.
Y cuando por fin ha aparecido el padre llaves en mano, y hemos levantado el campamento del jardín para empezar a merendar, le he contado a M. la historia de Molly, de la pobre Molly, y él se reía y sólo quería brindar.
Pues brindemos, pequeño M., brindemos por estos días agotadores, para que no dejen nunca de terminar en algarabía de la que convierte al cansancio en felicidad.

2×1

A esta casa, como a casi todas, la crisis llegó. No es que tengamos grandes penurias, no nos falta nada, pero el cinturoncillo nos aprieta un poco más de lo normal. Total, que el resumen de esta situación es que somos carne de oferta.
Algunos de los libros de M.
No en el tema culinario, que al final la compra con productos de temporada, pocos precocinados y procesados y mucha repostería casera se hace llevadera a fin de mes, pero sí en los hobbies de cada cual. Aquí, gustamos de gastar dinero en lo que hemos dado en llamar, así en general, cultura. Y mucho más nos gustaría gastarnos el poco presupuesto que tenemos para estos menesteres en tiendinas, en pequeños comercios, en librerías de verdad, en tiendas de discos de las que destilan soul por los cuatro costados. Pero eso, por desgracia, rara vez puede ser. Por eso digo que somos la familia oferta.
Sí, el padre es socio de esa gran superficie cultural cuya tienda principal está en la Calle Preciados. Y sí, es un socio de los que encantan a los responsables de marketing de esa empresa: entra al trapo de todas las ofertas, promociones y descuentos. Yo se lo digo: mira que eso lo hacen para que gastes más, que sí, te regalarán un cheque de cinco euros y todo lo que tú quieras,  pero para llegar a la cifra con la que te lo dan, te has gastado diez euros de más que no tenías pensado…y esas cosas. Pero el melómano que lleva dentro puede con todo rastro de raciocinio, y de vez en cuando, cuando llega el mail avisador de la promoción caza pardillos, allí que nos vamos.
Y es que, desde que dejé de ser una joven no preocupada por llegar a fin de mes – hasta que me quedé embarazada, vamos-, se me va acumulando en la mente la lista de libros que quiero leer y que en la biblioteca de Galapagar no existen. Siempre tengo cuatro o cinco títulos danzando por ahí, esperando el momento, soltando el dato ante familiares susceptibles de hacerme algún regalo de cumple o de Navidad. Y lo mismo le pasa al padre con los discos, que es que ni descargarse un mísero single se permite. Así que cuando se presentan oportunidades como la del otro día, un grandioso 2 x 1, no las podemos desaprovechar.
Ja.
Allí nos plantamos los tres, lista en mente. Nos dimos un besito de amor en la entrada y cada uno tiró para su zona: yo y el chiquillo a los libros y el padre a los discos. M. vino conmigo porque el padre en esa tesitura se olvida hasta de sí mismo: le he visto mirarme fijamente con un montón de discos en sus manos, y estar tan absorto en analizar qué se lleva, cómo se lo lleva, si esa edición le convence, si ese volumen es tal volumen…que eso, me miraba a los ojos y era como viera a un desconocido, de estas veces que no te enteras de nada y estás como un pasmarote con cara de lelo mirando a los ojos a la que tienes en frente pero sin ver ná de ná. Pues así. Así que el nene conmigo que tengo la extraordinaria capacidad materna de mirar libros, precios, ediciones y a la vez canturrear al enano, darle la manita o darle besitos mágicos en el pelo si va colgado en la mochila.
Bueno, pues en esas estábamos el niño y yo, buceando entre libros, cuando empecé a sentir una fuerza irresistible que me arrastraba fuera de ahí, lejos de la literatura española e hispanoamericana por orden de autor hacia…la zona infantil. Oh, ese paraíso de colores y texturas que enloquece al más pintao. Yo llevaba mis cinco libros en la mano y mientras miraba libros de enanos, pensaba en lo bonitos que eran, en las manitas tibias de M. pasando esas hojas y mirando con atención los colores, aprendiendo los animales, las comidas, aprendiendo la vida, e iba decidiendo cuál de los míos cambiaba por uno de los suyos. Tres, fueron tres de mis libros las víctimas de la madre que llevo dentro, víctimas que se quedaron en la tienda a cambio de otro
Y he aquí el remate de la historia, el remate que casi me hace llorar como boba allí en medio del tinglao: levanté la vista del pollo Pepe y la nariz del remolino de M., que jugaba colgado en la mochila, y vi al padre en la zona infantil. Y le vi soltando dos de sus posesiones para coger dos películas para M., en ese momento tenía en la mano Buscando a Nemo y dejaba en su lugar dos discos de esos que tanto ama.
Y nos vimos desde lejos y nos entró la risa entre floja y tierna, nos sentimos felices, tontos y un poco pobres.
Y nos montamos en el coche y miré la bolsa y me encantó ver nuestras cosas juntas, mezcladas, y me encantó saber que a veces, aunque otras muchas sea complicado ponernos de acuerdo y haya más que debates en cuanto a cómo educar a M., no hace falta que hablemos para saber que vamos en la misma dirección.
Y por cierto, el Pollo Pepe ha resultado un auténtico descubrimiento: cada vez que abre la boda para imitar el GRAN PICO de Pepe, le atornillo una cucharada de yogur.
Mano de santo :)