2×1

A esta casa, como a casi todas, la crisis llegó. No es que tengamos grandes penurias, no nos falta nada, pero el cinturoncillo nos aprieta un poco más de lo normal. Total, que el resumen de esta situación es que somos carne de oferta.
Algunos de los libros de M.
No en el tema culinario, que al final la compra con productos de temporada, pocos precocinados y procesados y mucha repostería casera se hace llevadera a fin de mes, pero sí en los hobbies de cada cual. Aquí, gustamos de gastar dinero en lo que hemos dado en llamar, así en general, cultura. Y mucho más nos gustaría gastarnos el poco presupuesto que tenemos para estos menesteres en tiendinas, en pequeños comercios, en librerías de verdad, en tiendas de discos de las que destilan soul por los cuatro costados. Pero eso, por desgracia, rara vez puede ser. Por eso digo que somos la familia oferta.
Sí, el padre es socio de esa gran superficie cultural cuya tienda principal está en la Calle Preciados. Y sí, es un socio de los que encantan a los responsables de marketing de esa empresa: entra al trapo de todas las ofertas, promociones y descuentos. Yo se lo digo: mira que eso lo hacen para que gastes más, que sí, te regalarán un cheque de cinco euros y todo lo que tú quieras,  pero para llegar a la cifra con la que te lo dan, te has gastado diez euros de más que no tenías pensado…y esas cosas. Pero el melómano que lleva dentro puede con todo rastro de raciocinio, y de vez en cuando, cuando llega el mail avisador de la promoción caza pardillos, allí que nos vamos.
Y es que, desde que dejé de ser una joven no preocupada por llegar a fin de mes – hasta que me quedé embarazada, vamos-, se me va acumulando en la mente la lista de libros que quiero leer y que en la biblioteca de Galapagar no existen. Siempre tengo cuatro o cinco títulos danzando por ahí, esperando el momento, soltando el dato ante familiares susceptibles de hacerme algún regalo de cumple o de Navidad. Y lo mismo le pasa al padre con los discos, que es que ni descargarse un mísero single se permite. Así que cuando se presentan oportunidades como la del otro día, un grandioso 2 x 1, no las podemos desaprovechar.
Ja.
Allí nos plantamos los tres, lista en mente. Nos dimos un besito de amor en la entrada y cada uno tiró para su zona: yo y el chiquillo a los libros y el padre a los discos. M. vino conmigo porque el padre en esa tesitura se olvida hasta de sí mismo: le he visto mirarme fijamente con un montón de discos en sus manos, y estar tan absorto en analizar qué se lleva, cómo se lo lleva, si esa edición le convence, si ese volumen es tal volumen…que eso, me miraba a los ojos y era como viera a un desconocido, de estas veces que no te enteras de nada y estás como un pasmarote con cara de lelo mirando a los ojos a la que tienes en frente pero sin ver ná de ná. Pues así. Así que el nene conmigo que tengo la extraordinaria capacidad materna de mirar libros, precios, ediciones y a la vez canturrear al enano, darle la manita o darle besitos mágicos en el pelo si va colgado en la mochila.
Bueno, pues en esas estábamos el niño y yo, buceando entre libros, cuando empecé a sentir una fuerza irresistible que me arrastraba fuera de ahí, lejos de la literatura española e hispanoamericana por orden de autor hacia…la zona infantil. Oh, ese paraíso de colores y texturas que enloquece al más pintao. Yo llevaba mis cinco libros en la mano y mientras miraba libros de enanos, pensaba en lo bonitos que eran, en las manitas tibias de M. pasando esas hojas y mirando con atención los colores, aprendiendo los animales, las comidas, aprendiendo la vida, e iba decidiendo cuál de los míos cambiaba por uno de los suyos. Tres, fueron tres de mis libros las víctimas de la madre que llevo dentro, víctimas que se quedaron en la tienda a cambio de otro
Y he aquí el remate de la historia, el remate que casi me hace llorar como boba allí en medio del tinglao: levanté la vista del pollo Pepe y la nariz del remolino de M., que jugaba colgado en la mochila, y vi al padre en la zona infantil. Y le vi soltando dos de sus posesiones para coger dos películas para M., en ese momento tenía en la mano Buscando a Nemo y dejaba en su lugar dos discos de esos que tanto ama.
Y nos vimos desde lejos y nos entró la risa entre floja y tierna, nos sentimos felices, tontos y un poco pobres.
Y nos montamos en el coche y miré la bolsa y me encantó ver nuestras cosas juntas, mezcladas, y me encantó saber que a veces, aunque otras muchas sea complicado ponernos de acuerdo y haya más que debates en cuanto a cómo educar a M., no hace falta que hablemos para saber que vamos en la misma dirección.
Y por cierto, el Pollo Pepe ha resultado un auténtico descubrimiento: cada vez que abre la boda para imitar el GRAN PICO de Pepe, le atornillo una cucharada de yogur.
Mano de santo :)

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