La pequeña república

Ayer hubo mucha gente en casa, celebramos el cumple del enano con los amigos y la familia más cercana. Hizo muy buen tiempo, así que estuvimos en el jardín hasta las doce o así que se fueron los últimos amigos, con sus dos niños dormidos, agotados, apoyados en los hombros y con los morretes todavía manchados de tarta.
El caso es que el jardín está al lado de la cocina, como todo lo fresquito estaba en la nevera, estábamos todo el tiempo pasando a ella. La gente entraba, se apoyaba en la encimera, se sentaba en un taburete, cogía una lata, se asomaba por la ventana, volvía a salir. Es una cocina grande, a mi modo de ver acogedora. Pasamos en ellas muchas horas del día, a veces viene gente y nos sentamos allí mientras hierve el agua de la infusiones o mientras sube el café, y luego nadie se acuerda de volver al salón.
En nuestra cocina hay siempre una mesa con mantel de tela, con una flores en el jarrón que cambio cuando me acuerdo, cuando se secan, cuando aparecen otras nuevas en el campo de al lado y nos acercamos en un momento a recogerlas. A veces huele a café, otras muchas a pan tostado. Ayer la compararon con un pueblo del Pirineo que siempre huele a chocolate. El horno es un horno activo, al que conozco bien y sé que calienta más de lo que dice, he horneado mucho ya en él. Escribo en mi ordenador mientras en su interior crecen los bollos, o las tartas de manzana, o se forma la base para hacer la tarta de limón que tanto le gusta al padre. Me gusta levantarme de vez en cuando, dejando a medias lo que escribo, acariciar la cabeza de M. que juega en el suelo con unas tapas de potito, y acercarme al horno. Oler el aire que se escapa de él. Intentar adivinar con mi ojo clínico cuántos minutos le quedan. Si M. empieza a quejarse por estar muy solo, le cojo, abrimos la ventana, miramos al gato.
Muchas veces suena la vieja minicadena, otras muchas escribo en silencio, o escuchando el parloteo de M., o los planes de la vecina con su novio calvo, que es que se oye todo. M. llega a la minicadena desde su trona, y a veces cambia y de pronto se oye a un locutor desconocido que parece que está sentado frente a mí en la silla de madera.
Mi cocina se transforma, y parece otra cocina cuando viene mi hermana y se agacha para sintonizar su dial, ese dial de música de fiesta, regetton, de música de bailar y saltar. Y veo cómo se llena el vaso de agua, o cómo abre la cocacola y se acuerda de las fiestas del pueblo, y canturrea esas letras pornográficas y se ríe porque se debe de acordar de algo que le pasó en el pub con esa canción de fondo.
Las paredes son amarillas, yo pego fotos, pego posters, pego calendarios, pego lo que sea. Escribo en ellas la altura de M. el día de su cumple, me imagino todas las líneas que acabarán apareciendo a lo largo de los años señalando alturas de más niños, de mis niños.
confeti
Restos de confeti

Es una cocina en la que se puede hablar durante horas. En la mesa se puede poner la máquina de coser, se puede conectar el ordenador, se puede pintar con acuarelas. Se podrán hacer deberes, repasar lecciones, tomar colacaos a última hora hablando de las cosas pendientes para mañana. Se pueden oír las noticias, leer a gusto, abrir las ventanas y respirar.

Ayer a última hora, rodeados de platos sucios, de montones de vasos con restos de fanta, de trozos de empanada abandonados, el padre y yo recogíamos los restos de la fiesta. M. dormía en el sofá, al fin, agotado y desconcertado, que hasta lloró cuando todos emocionados le cantamos el cumpleaños feliz y yo creo que él  pensaba qué les pasa a todos estos locos que parecen idiotas. Como digo, estábamos ya recogiendo los dos, descalzos, partiéndonos de risa con algunas cosas que nos habían hecho reír durante la fiesta.
Mientras yo zampaba brownie con helado de vainilla sentada en el suelo como si no hubiera mañana, le miraba a él poner el lavaplatos. Desde que llegó M. estos momentos de relax adulto son cada vez más fugaces (han sido sustituidos por otros momentos que nada tienen que ver pero que son mágicos también), y como ya se sabe que en una familia también se discute y se grita, cuando llega esta calma tras un día tan agotador es una verdadera maravilla ser consciente de esa paz doméstica y valorarla tanto como esos momentos de tormenta que forman parte también de la vida.
Sentada en el suelo, agotada y medio dormida, me acordaba de toda la gente querida que había venido, de la que faltó, de la tarta que hice a mi hijo con tanta ilusión, del jardín lleno de risas, de mi gente recordando momentos, del suelo del pasillo lleno de confeti con forma de Mickey que cayó del último regalito que le trajeron a M.
A veces, y sólo a veces, se llega una a dar cuenta de lo que realmente significa la palabra hogar.

Listillos

Hace un rato, he comenzado de nuevo a respirar.

La cosa empezó esta mañana, cuando de pronto he divisado una mancha oscura y bastante sospechosa debajo de mi coche. Nos hemos acercado M. y yo, cautelosos, a intentar averiguar si era mancha propia o ajena.
Era propia.
Llegados a este punto, el común de los mortales hace lo que tiene que hacer: saca los papeles del seguro y llama a una grúa. Yo, o la gente como yo, nos dedicamos a dar vueltas alrededor del coche a intentar averiguar cuál es la avería y si hay alguna manera, de este mundo o del otro, de arreglar el asunto sin pasar por el taller. Bueno, en estas estábamos mi chiquitín y yo, cuando ha aparecido el jardinero.
El jardinero es ese señor que lleva toda la vida arreglando el jardín de esta, nuestra comunidad, sin que nadie sepa cuándo lo hace. Por esas cosas que tiene la vida, hoy ha aparecido en el momento en el que la opción llamar de a la grúa empezaba a vislumbrarse como la única posibilidad real de salvar al cochecito, porque lo que había en el suelo no era nada más y nada menos que aceite. Mucho aceite.  Peeeeero, -siempre hay un pero-, resulta que rrraro, rrraro es el hombre que no se ve poseído por el espíritu de un mecánico cuando ve un automóvil en apuros. Luis, el jardinero fantasma, no podía ser menos:
-Niña, eso es aceite.
-No me digas, Luis. 
-Sí, tiene toda la pinta-. Se ha tirado al suelo. Se ha tirado al suelo y con su dedo índice, ha tocado la mancha metiendo la cabeza bajo el coche mucho más de lo necesario, más que nada porque la mancha salía provocadora hacia el centro de la calle, yo misma si hubiera querido, desde mi posición me hubiera podido agachar a tocar con mi dedo la mancha y corroborar que no era agua. Pero debe de ser que meterse todo lo posible bajo un coche para hacer un diagnóstico casero es lo más. Lo que decía, aceite– me ha dicho acercándome peligrosamente el dedo a la cara.
Pues ale, a llamar a la grúa. Gracias Luis, buen día.
Prepara perras, ¿eh? Prepara la tarjeta, niña, que eso es un pico.
¿Cómo que un pico? No, hombre, no, eso es una mancha de aceite de alguna pieza y listo. Fijo. –tiene que serlo, tiene que serlo, tiene que serlo me repetía en mi interior-.
Tu es que seguro que te has dejado el cárter en algún badén que has cogido a lo loco.
Sí bueno… -a la cabeza me han venido todos los badenes que he pasado en estos años sin frenar…lo que debería-.
Si es que claro, vais todas iguales y pasa lo que pasa…
Ehhhh…gracias Luis-.  Lo que me faltaba.. .mujeres, volante, peligro constante y todos esos tópicos repetidos por mis primos mil veces en la infancia. Crecer rodeada de machotes ha hecho que a mí estos chistes ya como que no, oye, que no me salpican, pero no estaba yo por la labor de argumentar con el señor, que tenía toda la pinta de empezar con la retahíla de lindezas masculinas del motor.
En estas estábamos cuando se ha sumado al cotarro otro vecino, el de los tres mil perros:
-Uy, aceite, malo. 
He hecho como que ya hablaba con el de la grúa, total pa´ qué. Pero ha salido otro más, el hippie. Este no tiene ni pajolera de coches, pero como es el líder de la comunidad tenía que meter baza. Es un buenazo. Y como repito, de coches debe saber lo básico, así como yo más o menos, y aunque también se ha mojado el dedo y me ha corroborado que es aceite, ha tirado por otros derroteros. Sus derroteros, vaya:
Que el calabacín que ha saltado a mi patio, que nos lo quedemos, que a la plancha es un manjar. Y yo que no hace falta, por dios, que estaba esperando a que terminara de crecer para pasárselo. Y él que no. Y los del seguro a lo suyo, pulse uno para asistencia el carretera, pulse dos para asistencia en domicilio, pulse catorce si ninguna de las opciones anteriores es su opción y necesita hablar con un agente. ¡GRACIAS! Y el hippie que no. Y yo que sí. Y él, que además, me va a acercar un par de tomates, que no me mueva. Y yo miraba a M. y le preguntaba bajito: ¿ y dónde nos vamos a ir?
Total, que mientras el hippie repartía panes y peces, el jardinero y el otro vecino han calculado: así a grosso modo, unos quinientos. Más I.V.A.
He dejado al niño en el suelo para hiperventilar a gusto.
Al de la grúa casi me lo como con patatas. Y el hombre era bien majete, ¿eh?, pero allá donde yo miraba, veía un 500 así en grande y un I.V.A misterioso que se sobreponían a todo. Menudo agujero a la cuenta, yo no hacía más que intentar calcular cuántas cajas de pañales eran esos quinientos más i.v.a.
El fin de la historia es que el del taller me ha tenido todo el día en ascuas -es que se ha sumado a la teoría del badén antes incluso de subir el coche al elevador ese y verle las tripas-, porque me ha dicho que si era el cárter, era una cifra maja. Y yo le decía, pero a mí háblame claro, Carlos, a mí háblame claro porque no es lo mismo quinientos que mil que veinte. Y él: veinte ya te digo yo que no. Y yo abrazaba a M. en su mochila y nos veía debajo de un puente, así a lo dramático.
Al fin ha llegado la llamada: sesenta euros, maja. A las ocho lo tienes.
He recuperado los años de vida que mis adorables vecinos me habían quitado de buena mañana. Ganas me han dado de llamar a sus puertas y de buscar al jardinero por todo el pueblo y decirles a los tres:
– No ha sido un badén cogido sin cuidado, listillos. Licenciaos, que sois unos licenciaos.