Básicos vitales

Hace un tiempo escribí una entrada con los básicos vitales que quería para M.; hoy me tocan los míos, que son casi todos mucho más terrenales :)

Un básico vital para mí desde que soy mamá es el tiempo. Tener tiempo, intentar no hacerlo todo a la carrera, intentar disfrutar de lo que hago: un bizcocho, un guiso, un post, planchar con esmero una camisa importante, estudiar un tema, beberme una cocacola mirando al sol, darle crema a M. después del baño, conducir hasta el lugar al que voy, sin prisas, disfrutando del camino. Intento por ello no enfadarme cuando M. me pide mucha atención y yo quiero hacer otra cosa, intento ponerme en su lugar y entonces me lo cuelgo y hacemos los que sea juntos. A veces es necesario, fundamental, hacer algo sin él -bien porque no puede ser, como freír un huevo de esos asesinos que saltan hasta la otra pared, o bien porque quiero estar sola un rato- y entonces tengo que adaptarme y esperar a la tarde, cuando llega el padre, para hacer lo que necesite.
Otro básico, el descanso. Por eso en esta casa no hay lloros a la hora de dormir, no hay paseos nocturnos, no hay tomas de reloj. Creo que es necesario que todos estemos lo más descansados posible por las mañanas, despertar y al menos saber que tenemos la pila más o menos cargada para comenzar un nuevo día y llegar con el mejor humor posible a la hora horrible del baño y la cena. Además, estoy observando un acontecimiento que es el contrario de lo que me vaticinaba mucha gente: M. cada vez pide más su espacio, cada vez necesita sentirme menos a su lado al dormir, cada vez mama menos de noche. Poco a poco irá saliendo de mi cama, cuando él quiera, cuando él pueda.
Humor. En esto es que encima hemos ido a más. Yo ya de por sí, era bastante payasa. Ahora ya, con este niño que es de un agradecido que llama la atención en cuanto a regalar risas como recompensa a mis tontunas se refiere, la cosa va creciendo de una manera exponencial. De cualquier situación sacamos una escena de sainete. Hay días que cuando llevo dos horas y media agachada dando pasos con el niño, y llegan las doce y la cama sigue sin hacer y el niño parece que pasa de echarse la siesta de la mañana, y aparece el suegro y yo estoy en pijama y con los pelos tipo hidra… estos días la verdad es que tengo momentos en los que se me cruza la nube negra y a punto estoy de cabrearme con el niño, ya veis…como si él entendiera lo que es hacer una cama. Pero consigo casi siempre contenerme, darle la vuelta a la situación y encontrar lo gracioso del tema, a saber: aparece el suegro y tengo la teta fuera y no me he pispao; al agacharme por quincuagésima vez para ayudar a andar a M. me quedo encasquillada a lo Quasimodo; aparece el cartero y le tomo el pelo desde la ventana de la cocina; revivo capítulos de Friends, que lo reponen por las mañanas, y me parto de risa al acordarme de los diálogos.
Internet. Esto es fundamental: que el niño hace el año, “habilidades del bebe de un año”; que se acaban los ocho cereales, “cuándo introducir ocho cereales con miel”; que me sale una perla de leche, “perla de leche lactancia nueve meses”; que Iker no sale de titular, “Iker titular Real Madrid Carbonero embarazo” (qué pasa, a mi es que esta pareja me llama la atención); que te acuerdas de pronto de un autor, de un cuadro, de un personaje histórico, del tutorial para hacer la guirnalda, de la receta de aquella tarta… ya digo, fundamental.
Las amigas: esas risas tontas, esas conversaciones por whatsapp en las que lo mismo se mezclan los inocentes qué tal estás con detalles bastante explícitos de encuentros amorosos, esa manera de emplear el tiempo que consiste en recordar momentos pasados, en reírse de ellos, en sentirte parte de un grupo especial. Ser de apoyo para una amiga en problemas, que te apoyen a ti cuando has discutido con el padre y todo parece venirse abajo, o cuando te han despedido y sólo escuchas en tu cabeza a los Pistol diciéndote no future for you. Que esas amigas se sientan prácticamente tías de tu hijo, que entren en tu casa sin vergüenza, que se descalcen…las amigas.
Y un básico de los fundamentales: la abuela y por extensión, la familia. Túpers, llamadas, recados, ratos con el niño, remedios caseros, consuelo, consejos, recuerdos, recetas, fotos. Qué más puedo decir de ellos :)
Hay muchos más: algún rato de lectura, algún rato de escritura, el bienestar de hacer lo que me había propuesto en ese día, que M. coma muy bien, verle dormir – tanto porque le veo tan tranquilito y relajado, como porque me quedo tan tranquilita y relajada-, terminar el capítulo que me tiene ocupada para sentir que sigo avanzando en el estudio, hacer punto, pintarme las uñas, beberme un colacao hiperfrío, que lleguen las nueve y saber que tengo dos horitas y pico hasta la hora de dormir en las que me tiraré en el sofá a relajarme.
Definitivamente, cuando llegan los hijos la vida cambia y ellos son prioridad, pero es tranquilizador saber que una sigue teniendo sus mundos, sus espacios, esas cosas necesarias para seguir alimentando el cuerpo y el espíritu y sin las que es imposible seguir siendo la misma que una era antes de dar a luz.
Por cierto, mi rato de relax de las nueve se ha ido al garete: el Madrid ha metido gol y el padre y su grito triunfal se han olvidado de que tienen un hijo.
Gajes del oficio. ;)

Horror en el hipermercado

El supermercado es ese lugar en el que se entra y nunca se sabe ni cuándo se sale o con cuánto dinero de menos lo dejas atrás. A no ser que una sea una máquina de calcular y/o una máquina de evitar tentaciones, lo habitual es que siempre se salga con  algún capricho no necesariamente sano, es más, suele ser muy poco sano. Por lo menos en mi casa, esto es así.  Si a este tema le unes la aventura que supone ir al súper con el heredero en plena etapa descubremundo, la cosa se complica. 

No es la primera vez que sufro una situación comprometida en los supermercados, de hecho la primera fue cuando M. todavía no existía, yo tenía dieciséis años. Os la voy a contar.
Habían operado a mi madre de los juanetes y estaba inmóvil en la cama. Como mi padre es uno de esos padres que lo intentan pero que para poner un lavaplatos rompen tres vasos y saltan los plomos de la luz de la caña que le mete al electrodoméstico, vino a cuidarnos mi abuela. Pero como mi padre es uno de esos padres que hacen lo que pueden y quieren hacerse valer, se empeñó en que fuéramos a la compra mi hermano, él y yo. Nos fuimos a un hipermercado de estos gigantes y fríos, y en un momento dado, después de dar tres mil vueltas y estar hasta las narices, mi padre me dijo: anda, hija, pregunta dónde están los huevos y yo me voy poniendo a la cola, que es que no puedo más. No te preocupes, que yo me encargo de los huevos, padre -contesté. Y lo primero que hice fue ir a buscar a un empleado. Los encontré, a dos de ellos, colocando patatas fritas. Y con toda la educación que tengo, les pregunté: ¿disculpen, podrían decirme dónde tienen los huevos? Os podéis imaginar dónde señalaron, muy sincronizados ellos que hasta utilizaron la misma mano: sus respectivas manos derechas. Nunca lo olvidaré.
Pues desde que me estrené con esa situación bochornosa en el mundillo de los súper, he ido sumando alguna que otra anécdota más. Hoy ha tenido lugar la última. Os la voy a contar, también.
Iba M. sentado en el carrito tan campante, tan lindo, tan risueño, yo le hacía fotos, se las enviaba a la abuela, me reía, pasaba de largo de cosas que me hacían falta porque iba embobada con el nene. Hasta que el nene se ha rallado. Como todavía nos quedaba un buen rato y a M. le encantan los botes y los tapones (se tira muchos ratos embobado colocando las tapas en los botes correctos), he cogido del carro el capricho ese del que os hablaba en el principio, el capricho innecesario pero irresistible: un bote de nocilla. No sé por qué, estaba convencida de que ese bote tenía un plástico de esos de seguridad como los que trae el colacao, que hasta que no le clavas un cuchillo a lo salvaje no se despega.
Bueno pues no. Pero de que ese bote no tenía plastiquillo, me he dado cuenta tarde. Muy tarde. Tan tarde que M. ya tenía las dos manos dentro y se las había chuperreteado unas cuantas veces, a juzgar por los bigotes que tenía en su carita de yonki, esa carita que se les pone a los niños cuando comen azúcar.
La juerga ha comenzado cuando he constatado que no tenía toallitas. Ha seguido cuando le he quitado el bote para guardar las pruebas del delito en el estante de la leche, ahí bien tapadito tras unas cuantas cajas (yo confieso), y ha llegado a su momento culminante cuando le he cogido in extremis porque es que se tiraba en plancha hacia el bote oculto.From lost to the river, he pensado mientras me quitaba la camiseta como podía -llevaba otra debajo, !listas!- y le limpiaba con ella la carita, las manos y la barra del carrito. Bueno, una vez adecentado, me he atado al mico al pañuelo y he continuado con mi quehacer ya ligeramente estresada. Sí que es verdad que me ha sorprendido lo tranquilito que se ha quedado mi niño, haciéndome mimitos y todo.
Lo que pasa es que la gente me miraba. Yo pensaba que es que en Galapagar el porteo es algo así como raro. La gente me seguía mirando y sonriendo. Yo pensaba joe, sí que tengo un niño guapetón que nadie me quita ojo. No cesaban las miradas indiscretas. Yo ya las devolvía con un poco de mala leche. La cajera entre código de barras y código de barras, también me miraba y se sonreía. Yo guardaba galletas, y la miraba. Ella pasaba puerros, y me miraba. Yo guardaba el melón y la miraba. Ella me decía el total, y me miraba. Yo pagaba, y la miraba.
Al fin en el coche, he entendido el por qué de las miradas y he maldecido con furia a los convecinos que me han tocado en suerte: la mano de M., pero en nocilla, estaba tatuada en mi mejilla derecha, pringando parte del pelo y parte de la nariz.
Ninguna de todas las personas con la que me he cruzado que me han visto de esa guisa, ninguna, me ha dicho algo, yo que sé, pss, niña, señora -!incluso señora hubiera aceptado!-, límpiate un poquito. ¡Algo, no sé! Habrán pensado pobrecilla, si el niño por lo menos así no le da la tabarra y le deja hacer la compra…pues sea. 
Y ha sido. A ver con qué cara me presento yo la semana que viene. He estado pensando que igual me tatúo la otra mano de M. en la otra mejilla, y que vaya igual de entretenido dale que te pego a coger con los deditos nocilla y zampársela mientras yo investigo a cuánto están las sardinas esta semana. Y cuando vea miradas indiscretas pensaré: ríete, ríete, madre que aguanta rabietas al borde del colapso, pero mi niño no dice ni mú:)
Y encima, me he ahorrado esta semana toooodas las calorías malísimas y riquísimas del bote de nocilla. Oé.