Horror en el hipermercado

El supermercado es ese lugar en el que se entra y nunca se sabe ni cuándo se sale o con cuánto dinero de menos lo dejas atrás. A no ser que una sea una máquina de calcular y/o una máquina de evitar tentaciones, lo habitual es que siempre se salga con  algún capricho no necesariamente sano, es más, suele ser muy poco sano. Por lo menos en mi casa, esto es así.  Si a este tema le unes la aventura que supone ir al súper con el heredero en plena etapa descubremundo, la cosa se complica. 

No es la primera vez que sufro una situación comprometida en los supermercados, de hecho la primera fue cuando M. todavía no existía, yo tenía dieciséis años. Os la voy a contar.
Habían operado a mi madre de los juanetes y estaba inmóvil en la cama. Como mi padre es uno de esos padres que lo intentan pero que para poner un lavaplatos rompen tres vasos y saltan los plomos de la luz de la caña que le mete al electrodoméstico, vino a cuidarnos mi abuela. Pero como mi padre es uno de esos padres que hacen lo que pueden y quieren hacerse valer, se empeñó en que fuéramos a la compra mi hermano, él y yo. Nos fuimos a un hipermercado de estos gigantes y fríos, y en un momento dado, después de dar tres mil vueltas y estar hasta las narices, mi padre me dijo: anda, hija, pregunta dónde están los huevos y yo me voy poniendo a la cola, que es que no puedo más. No te preocupes, que yo me encargo de los huevos, padre -contesté. Y lo primero que hice fue ir a buscar a un empleado. Los encontré, a dos de ellos, colocando patatas fritas. Y con toda la educación que tengo, les pregunté: ¿disculpen, podrían decirme dónde tienen los huevos? Os podéis imaginar dónde señalaron, muy sincronizados ellos que hasta utilizaron la misma mano: sus respectivas manos derechas. Nunca lo olvidaré.
Pues desde que me estrené con esa situación bochornosa en el mundillo de los súper, he ido sumando alguna que otra anécdota más. Hoy ha tenido lugar la última. Os la voy a contar, también.
Iba M. sentado en el carrito tan campante, tan lindo, tan risueño, yo le hacía fotos, se las enviaba a la abuela, me reía, pasaba de largo de cosas que me hacían falta porque iba embobada con el nene. Hasta que el nene se ha rallado. Como todavía nos quedaba un buen rato y a M. le encantan los botes y los tapones (se tira muchos ratos embobado colocando las tapas en los botes correctos), he cogido del carro el capricho ese del que os hablaba en el principio, el capricho innecesario pero irresistible: un bote de nocilla. No sé por qué, estaba convencida de que ese bote tenía un plástico de esos de seguridad como los que trae el colacao, que hasta que no le clavas un cuchillo a lo salvaje no se despega.
Bueno pues no. Pero de que ese bote no tenía plastiquillo, me he dado cuenta tarde. Muy tarde. Tan tarde que M. ya tenía las dos manos dentro y se las había chuperreteado unas cuantas veces, a juzgar por los bigotes que tenía en su carita de yonki, esa carita que se les pone a los niños cuando comen azúcar.
La juerga ha comenzado cuando he constatado que no tenía toallitas. Ha seguido cuando le he quitado el bote para guardar las pruebas del delito en el estante de la leche, ahí bien tapadito tras unas cuantas cajas (yo confieso), y ha llegado a su momento culminante cuando le he cogido in extremis porque es que se tiraba en plancha hacia el bote oculto.From lost to the river, he pensado mientras me quitaba la camiseta como podía -llevaba otra debajo, !listas!- y le limpiaba con ella la carita, las manos y la barra del carrito. Bueno, una vez adecentado, me he atado al mico al pañuelo y he continuado con mi quehacer ya ligeramente estresada. Sí que es verdad que me ha sorprendido lo tranquilito que se ha quedado mi niño, haciéndome mimitos y todo.
Lo que pasa es que la gente me miraba. Yo pensaba que es que en Galapagar el porteo es algo así como raro. La gente me seguía mirando y sonriendo. Yo pensaba joe, sí que tengo un niño guapetón que nadie me quita ojo. No cesaban las miradas indiscretas. Yo ya las devolvía con un poco de mala leche. La cajera entre código de barras y código de barras, también me miraba y se sonreía. Yo guardaba galletas, y la miraba. Ella pasaba puerros, y me miraba. Yo guardaba el melón y la miraba. Ella me decía el total, y me miraba. Yo pagaba, y la miraba.
Al fin en el coche, he entendido el por qué de las miradas y he maldecido con furia a los convecinos que me han tocado en suerte: la mano de M., pero en nocilla, estaba tatuada en mi mejilla derecha, pringando parte del pelo y parte de la nariz.
Ninguna de todas las personas con la que me he cruzado que me han visto de esa guisa, ninguna, me ha dicho algo, yo que sé, pss, niña, señora -!incluso señora hubiera aceptado!-, límpiate un poquito. ¡Algo, no sé! Habrán pensado pobrecilla, si el niño por lo menos así no le da la tabarra y le deja hacer la compra…pues sea. 
Y ha sido. A ver con qué cara me presento yo la semana que viene. He estado pensando que igual me tatúo la otra mano de M. en la otra mejilla, y que vaya igual de entretenido dale que te pego a coger con los deditos nocilla y zampársela mientras yo investigo a cuánto están las sardinas esta semana. Y cuando vea miradas indiscretas pensaré: ríete, ríete, madre que aguanta rabietas al borde del colapso, pero mi niño no dice ni mú:)
Y encima, me he ahorrado esta semana toooodas las calorías malísimas y riquísimas del bote de nocilla. Oé.
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