Descontroladas

Así es como nos ponemos mi hermana y yo cada septiembre, justo el día antes de que ella empiece el curso, cuando vamos a La Rocha.

La Rocha es una papelería industrial que está en un pueblo al lado del nuestro. La Rocha, por describirla así con un adjetivo más o menos comedido, es el puto paraíso. Metros y metros de nave industrial en la que se encuentra de todo y de todo a lo grande y por toneladas: bolígrafos, rotuladores, subrayadores, cuadernos, témperas, reglas, grapadoras, pegamento, todo tipo de papel, todo tipo de carpetas, todo tipo de gomas, todo tipo de todo os lo que os podáis imaginar del mundo de las papelerías.
Vamos, poner un pie ahí y que te entren ganas de estudiar, por ejemplo, Ingeniería Técnica Industrial -una carrera así cortita-, todo uno. Es tan, tan guay que todos los chiquillos que corretean por los pasillos experimentan unas intensísimas ganas de empezar el curso, todos sin excepción. Van las madres detrás de ellos con la cesta – ¡te dan una cesta al entrar, los cabrones, ya saben que vas a caer en las garras de la papelería!- en una mano y la lista de materiales en la otra, y los niños venga a echar Alpinos y Plastidecores y gomas Milan y Stabilos y Pilots como si fueran a coger material hasta que llegaran al bachillerato. Ellas, cuando los hijos se alejan como poseídos por el dios del papel corriendo a otro pasillo donde han divisado el papel cebolla, se agachan y sacan de la cesta todo lo que no pone en la lista, pero está todo tan nuevo, huele todo tan bien, que lo dejan como con pena, como diciendo mecachis con lo bien que pintarían mis niños con estos lápices tan bien afilados. 
Bueno, quien dice chiquillos de primaria que enloquecen en La Rocha, dice una chica de diecisiete años a punto de empezar segundo de Bachillerato (mi hermana, por ejemplo), o dice una madre de veintisiete a punto de comenzar a ponerse las pilas con la oposición (yo, también por ejemplo). Cuando nos hemos dado cuenta de todo lo que llevábamos, nos hemos hecho a un lado y hemos reseleccionado con todo el dolor de nuestro corazón. Al final unos cuadernos, unos bolis y unos rotus para mí; y unos bolis, una carpeta, unos subrayadores, un perforador, unos post its, unos fosforitos, unos marcadores, unos separadores…para mi hermanica pequeña de mi corasón. Es una mimada. :)
Me ha encantado acudir de nuevo, como cada septiembre, a compartir con ella ese gusanillo de principio de curso, de cuadernos a estrenar, de bolis sin morder, de reencuentro con los amigos tras el verano, de olor a nuevo al abrir el libro… pero mentiría si dijera que no se me iban los ojos a las cartulinas, a los babies que también había, a la pintura de dedos, a los gomets y a la plastilina, pensando en mi niño, en mi pequeño M., que casi casi cumple un año y que estoy viendo que como el tiempo pase tan rápido como pasó este año, cuando menos lo espere estoy allí con mi rubio caminando entre los pasillos hipnotizado ante tanto material escolar tan tentador, sacando de nuestra cesta todo lo que no nos haga falta cuando él no mire… o autoconvenciéndome de que sí, de que realmente, nos hace falta ;)
A que no soy la única a la que le vuelven loca las papelerías…¿eh, eh, eh?

La mamá que recogía muebles

Todas esas flores y plantas esperan pacientes a que llegue mañana, temprano, y las plante en el jardín. Ha sido un gasto totalmente imprevisto: la vecina pegó un corte por lo sano a la hiedra que nos separaba, y con ella se fueron los madroños también al garete. No sé por qué, ya que ellos no compartían ni tierra ni jardinera ni nada con ella… pero murieron todos a la vez. Esta vecina, la que puso el muro de Berlín entre su jardín y el nuestro, me ha hecho comprar un montón de nuevas flores para no tener que ver su jodido color gris cárcel cada vez que miro por la ventana. Estoy contenta, ¿eh? Sin acritud.
Su sutil manera de decir que quiere privacidad y que molestamos me ha regalado un momento de matrícula de honor: he ido al vivero con mi madre. Mi hermana se ha quedado con el enano en casa y mi madre y yo nos hemos ido, como hace años, al vivero. Al de toda la vida. A ver al hombre que sabe tanto de plantas, al hombre que las coge con firmeza pero con cariño mientras te las enseña, al hombre que se sabe de memoria qué tipo de tierra necesitan, si sobreviven a las heladas, si las puedo regar todos los días. Al hombre que pregunta si sé podar los pendientes de la reina o si me enseña; si tengo a la sombra las azaleas; si riego a las aromáticas por abajo para que ellas absorban el agua que necesitan.  

Mientras le daba a mi madre las gracias otra vez -de verdad que llevo una temporada de un moñas que no hay quien me aguante- por darme en herencia, entre otras muchas cosas, este amor por las flores, por cultivarlas, por cuidarlas, por plantarlas, por regalarlas, ha tenido lugar el momento madre guardamuebles anual.
Este momento madre guardamuebles existe desde hace unos diez años, cuando un buen día la ruta me dejó como cada mañana en el colegio, sobada y con mi hermano dándome la castaña con que no le gustaba estudiar, y vi salir de detrás de un coche a la bruja de la clase. Esta bruja disfrazada de estudiante pija esperó hasta que tuvo una audiencia más o menos aceptable y dijo: Paula, ayer os vi a tus hermanos, a tu madre y a ti recogiendo cosas de la basura. 
Tierra, trágame. Eso pensé, y tenía un gran motivo para pensarlo: éramos nuevos en el colegio y nos habían visto en la basura.
La explicación es sencilla, aunque no sé si me creyeron: mi madre adora restaurar muebles, es su pasión y lo hace verdaderamente bien. Así que ese día, volviendo de hacer la compra, pasamos por delante de un contenedor junto al que alguien había dejado una mesa de madera, la recuerdo como si la estuviera viendo ahora mismo. Mi madre ni lo dudó: echó el freno de mano con tanta premura que hasta chirrió y dejamos huella en el asfalto, (estoy segura), dijo –¡corre hijo, baja y ayúdame a cargarla; Paula, tú si vienen coches les dices que un momento y tú, María, ahí quieta hija mía!– y se puso manos a la obra.
Subieron la mesa al maletero, y al ver que no cerraba, mi madre tuvo una de las más brillantes y memorables ideas que ha tenido jamás: – hijos míos, quitaos los cordones de los zapatos, atarlos unos a otros y dádmelos para cerrar el maletero que con la mesa no cierra y abierto hasta casa no lo podemos llevar-.
Lo hicimos. Nos quitamos las deportivas, sacamos los cordones y los atamos entre sí. Para cuando terminamos, la fila de coches ya daba la vuelta a la manzana y el primero de ellos empezó a pitar. Mi madre le pedía perdón con la mirada mientras sostenía la cuerda-cordón entre los dientes y se disponía a intentar el nudo. Cuando se cayó del burro de que con esa cuerda no iba a poder cerrar el maletero, ya había empezado a llover. Para cuando consiguieron sacar la mesa y dejarla de nuevo en el contenedor, diluviaba.
En fin. Tuvimos que aguantar el bochorno de unas cuantas decenas de zaragozanos pitando a más no poder bajo la lluvia de la tarde de un día de invierno gris donde los haya
Pues hoy, justo cuando el hombre del vivero iba cargado con un saco de tierra de 70 litros, mi madre ha recordado que ayer cogió de no sé dónde dos sillas, y que las llevaba todavía en el maletero. Ha salido corriendo tras el hombre, explicándole como excusa cómo las iba a pintar y dónde las iba a poner una vez decapadas, encoladas, barnizadas y no sé cuantas cosas más.
Lo mejor de todo es que el hombre la ha reconocido como a una igual y mientras cargaba el saco y echaba hacia atrás el botín, le ha dicho: yo les pondría, fíjese, un tinte de nogal. Cogí yo hará un par de días una consola del contenedor de la calle para mi bodega que….
Ahí se han quedado intercambiando opiniones mientras yo iba a pagar y a darme el último paseo entre los invernaderos.
Y una que creía que su madre es rara. :)