La mamá que recogía muebles

Todas esas flores y plantas esperan pacientes a que llegue mañana, temprano, y las plante en el jardín. Ha sido un gasto totalmente imprevisto: la vecina pegó un corte por lo sano a la hiedra que nos separaba, y con ella se fueron los madroños también al garete. No sé por qué, ya que ellos no compartían ni tierra ni jardinera ni nada con ella… pero murieron todos a la vez. Esta vecina, la que puso el muro de Berlín entre su jardín y el nuestro, me ha hecho comprar un montón de nuevas flores para no tener que ver su jodido color gris cárcel cada vez que miro por la ventana. Estoy contenta, ¿eh? Sin acritud.
Su sutil manera de decir que quiere privacidad y que molestamos me ha regalado un momento de matrícula de honor: he ido al vivero con mi madre. Mi hermana se ha quedado con el enano en casa y mi madre y yo nos hemos ido, como hace años, al vivero. Al de toda la vida. A ver al hombre que sabe tanto de plantas, al hombre que las coge con firmeza pero con cariño mientras te las enseña, al hombre que se sabe de memoria qué tipo de tierra necesitan, si sobreviven a las heladas, si las puedo regar todos los días. Al hombre que pregunta si sé podar los pendientes de la reina o si me enseña; si tengo a la sombra las azaleas; si riego a las aromáticas por abajo para que ellas absorban el agua que necesitan.  

Mientras le daba a mi madre las gracias otra vez -de verdad que llevo una temporada de un moñas que no hay quien me aguante- por darme en herencia, entre otras muchas cosas, este amor por las flores, por cultivarlas, por cuidarlas, por plantarlas, por regalarlas, ha tenido lugar el momento madre guardamuebles anual.
Este momento madre guardamuebles existe desde hace unos diez años, cuando un buen día la ruta me dejó como cada mañana en el colegio, sobada y con mi hermano dándome la castaña con que no le gustaba estudiar, y vi salir de detrás de un coche a la bruja de la clase. Esta bruja disfrazada de estudiante pija esperó hasta que tuvo una audiencia más o menos aceptable y dijo: Paula, ayer os vi a tus hermanos, a tu madre y a ti recogiendo cosas de la basura. 
Tierra, trágame. Eso pensé, y tenía un gran motivo para pensarlo: éramos nuevos en el colegio y nos habían visto en la basura.
La explicación es sencilla, aunque no sé si me creyeron: mi madre adora restaurar muebles, es su pasión y lo hace verdaderamente bien. Así que ese día, volviendo de hacer la compra, pasamos por delante de un contenedor junto al que alguien había dejado una mesa de madera, la recuerdo como si la estuviera viendo ahora mismo. Mi madre ni lo dudó: echó el freno de mano con tanta premura que hasta chirrió y dejamos huella en el asfalto, (estoy segura), dijo –¡corre hijo, baja y ayúdame a cargarla; Paula, tú si vienen coches les dices que un momento y tú, María, ahí quieta hija mía!– y se puso manos a la obra.
Subieron la mesa al maletero, y al ver que no cerraba, mi madre tuvo una de las más brillantes y memorables ideas que ha tenido jamás: – hijos míos, quitaos los cordones de los zapatos, atarlos unos a otros y dádmelos para cerrar el maletero que con la mesa no cierra y abierto hasta casa no lo podemos llevar-.
Lo hicimos. Nos quitamos las deportivas, sacamos los cordones y los atamos entre sí. Para cuando terminamos, la fila de coches ya daba la vuelta a la manzana y el primero de ellos empezó a pitar. Mi madre le pedía perdón con la mirada mientras sostenía la cuerda-cordón entre los dientes y se disponía a intentar el nudo. Cuando se cayó del burro de que con esa cuerda no iba a poder cerrar el maletero, ya había empezado a llover. Para cuando consiguieron sacar la mesa y dejarla de nuevo en el contenedor, diluviaba.
En fin. Tuvimos que aguantar el bochorno de unas cuantas decenas de zaragozanos pitando a más no poder bajo la lluvia de la tarde de un día de invierno gris donde los haya
Pues hoy, justo cuando el hombre del vivero iba cargado con un saco de tierra de 70 litros, mi madre ha recordado que ayer cogió de no sé dónde dos sillas, y que las llevaba todavía en el maletero. Ha salido corriendo tras el hombre, explicándole como excusa cómo las iba a pintar y dónde las iba a poner una vez decapadas, encoladas, barnizadas y no sé cuantas cosas más.
Lo mejor de todo es que el hombre la ha reconocido como a una igual y mientras cargaba el saco y echaba hacia atrás el botín, le ha dicho: yo les pondría, fíjese, un tinte de nogal. Cogí yo hará un par de días una consola del contenedor de la calle para mi bodega que….
Ahí se han quedado intercambiando opiniones mientras yo iba a pagar y a darme el último paseo entre los invernaderos.
Y una que creía que su madre es rara. :)
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