El chorro

Antes de que naciera M. – y con antes me refiero a tres días después de parir, cuando tuve la subida de la leche-, yo creía que el tema de la lactancia era algo mucho menos tangible de lo que realmente resulta ser.
Gran momento de paz

Lo cierto es que tiene momentos muy bonitos e intensos, momentos de conexión tremenda con la mujer (en su sentido más espiritual) que todas llevamos dentro, momentos en los que una no deja de sorprenderse de estar siendo la fuente de alimento de una criatura que va cogiendo peso y vida simplemente a través de los nutrientes que le llegan a través de ti.

Como digo, estos momentos existen. Lo que ocurre es que también existen mucho otros momentos no tan esperables, digamoslo así. Creo que para ir mostrando un poco por dónde van los tiros, podría decir que de las primeras imágenes que vinieron a mi mente cuando ya mis pechos entraron en materia fue la de la virgen pintada por Cano que desde su pedestal, amamanta con un tremendo y poderoso chorro de leche que mana de su seno derecho a San Bernardo. Pura ciencia ficción para mí hasta que asistí atónita a la salida descontrolada de mi propio chorro de leche.
Sale un chorro. Esto es así.
Bueno, salen dos chorros, uno de cada pecho. Muy probablemente, cuando se esté amamantando del pecho derecho, comience a manar un chorro del pecho izquierdo. Y si la criatura se suelta de pronto de ese pecho derecho del que mamaba, la madre verá dos chorros saliendo con una presión más que aceptable de esos sus pechos, esos pechos que hasta entonces sólo habían servido para menesteres entre sexuales y sensuales, dependía del momento.
Tengo grabado en la memoria un momento. Este momento tuvo lugar cuando yo todavía no era muy consciente de que el poderío lácteo que me gastaba y prestaba más bien poca atención a lo que sucedía por esos lares. Así que un día hace unos meses en los que mientras amamantaba hablaba por teléfono, de pronto vi como el padre pegaba un salto del sofá y se personaba a mi lado y al del niño, señalando hacia la zona cero del conflicto: el chorro manaba con potencia desmedida -es mucho más caudaloso al principio, cuando los pechos están a tope- y apuntaba directo al ojo del niño, que lo guiñaba a toda leche mientras el chorro no paraba de fluir, como si le hubiera dado un tic tratando de defenderse del ataque sorpresa que estaba sufriendo.
Este tipo de accidentes se han repetido de vez en cuando, aunque ahora que ha crecido un poco y se entera más de cómo funciona el tema, M. lo gestiona de un modo mucho más eficaz: abre la boca y se coloca de tal modo que se pierda lo menos posible.
Como no podía ser de otro modo, también ha sido el padre el protagonista en la sombra de la anécdota más sonada con respecto al chorro. Pobrecillo, como se entere de que lo voy contando por ahí la venganza será memorable. Bah, me arriesgo ;) :
Estábamos una noche en la más cálida de las penumbras durmiendo los tres a pierna suelta: padre, niño y madre, esa era el orden. Dormimos los tres juntos porque M. es un tragón y se tira toda la noche ahora la cojo ahora la suelto, y es más cómodo para todos. O eso creíamos.
Como digo, era de madrugada y una voz gutural rompió el silencio:
-Pssss, Paula. Oye.
-Mmmmmmmmmm sssssh que se despierta el niño.
-No, oye, que tenemos una gotera.
-Qué gotera ni que leches, duerme coño.
-Me cae agua. Aquí hay una gotera y me cae agua. Voy a dar la luz.
Dio la luz.
Asistimos en medio de la noche al espectáculo de ver mi a chorro izquierdo dibujando una curva perfecta que pasaba de largo de M., que dormía bajo el curioso arco sin enterarse de, y terminaba contra el brazo del padre.
Nos tuvimos que salir de la habitación para reirnos a gusto y para limpiar al padre, que oyes, es leche materna y todo lo que vosotras queráis, pero pringar, pringa. Desde esa noche procuro – aunque no siempre lo consigo porque me quedo dormida antes- subirme la camiseta del pijama cuando M. termina una de sus tomas nocturnas, que aunque cada vez son menos haberlas haylas, y el padre, que ya está escarmentado, no sé cómo llevaría un nuevo ataque silencioso, nocturno y alevoso del chorro indiscreto.

Qué no se me olvide

Qué no se me olvide que ayer estábamos tú y yo solos en la cocina, esperando al papá. Qué tú estabas en la trona con el pelo todavía mojado del baño, y yo de pie esperando a que hirviera el agua para calentar los cereales. Como tenía hambre, saqué el melón y partí un trocito para ti y un trocito para mí.
Qué no se me olvide que entonces, empezó a sonar Ben E King en la vieja minicadena de la cocina y que yo te empecé a cantar when the night has come and the land is dark y te pedí stand by me, stand by me. Qué no se me olvide que no me hacías caso, que sólo mordías el melón y te resbalaban las gotas por las manos, por las muñecas, por los mofletes. Lo mordías muy fuerte porque estaba frío y creo que te aliviaba el dolor de los dientes. Qué no se me olvide que aunque estábamos tan cerca, también parecíamos dos amigos con muchos años de diferencia entre sí, conviviendo en armonía cada uno pensando en sus cosas.
Qué no se me olvide que yo quería que no se me olvidara y que la canción me hacía un poco de nudo en la garganta, que no se me olvide que me acerqué a sacarte la foto antes de que se rompiera la magia porque te estaba viendo empezar a perder pie porque te impacientabas al no poder morder el melón todo lo que tú querías.
Qué no se me olvide que entonces te lo empecé a cantar de cerca, olías a melón y el agua se evaporaba, y yo sólo te decía I won´t be afraid just as long as you stand, stand by me;qué no se me olvide que entonces parecía que me entendías, porque me mirabas y te reías sin soltar el melón, aunque yo te veía la risa en los ojos y en la nariz.
Qué no se me olvide que empezó a llover y te cogí y abrimos la ventana y el olor a la tierra mojada del lío que tenemos montado en el jardín cambiando las jardineras entraba a la cocina y nos llenaba a los dos de alegría, lo sé porque te reías mientras los últimos acordes de la canción y la voz azul de Ben te pedían que contaras con él.
Qué no se me olvide que al final, como cada noche, me hiciste un quiebro profesional y acabé estampándote la papilla en el flequillo, justo cuando el papá abría la puerta y se quejaba de la lluvia y entraba directo a por ti y os ibais al salón mientras yo cerraba la ventana e intentaba que no se me olvidara ese momento de magia que nos acababa de regalar el viernes por la tarde mientras comíamos melón en la cocina.