El tesoro

Una cree que conoce a sus hijos, así más o menos, como si los hubiera parido. Si se rasca la oreja es que tiene sueño; si agita el brazo es que te está diciendo que no; si gira la manita es que se quiere agarrar a algo y ponerse de pie.
Ya, ya.
Lo fácil. La capacidad de salirse con la suya una siempre cree que la tiene dominada, que le quitas lo que sea que tiene y no puede y tras un minutillo de disgusto se le olvida y a otra cosa mariposa. Ya, ya.
Hoy en un momento de debilidad porque todavía no tenía hecho el puré y se me echaba la hora encima y el niño ya estaba más por la labor de dormirse que de comer, le he dado una patata. Una patata frita, una patata ondulada de las de toda la vida. He pensado: bueno, que se entretenga ocho minutillos que es lo que yo tardo en pasar el puré y el pollo. 
Ains. No ha comido puré, se ha agarrado a la patata como un gremlin y no ha habido nadie capaz de hacerle abrir la boca para comer. Cuando ya la cosa estaba rozando lo inaguantable, se la he quitado y le he dormido. Lo cierto es que el olorcillo de la patata no se me ha ido de la nariz en todo el día, yo decía joe qué obsesión tengo con la puta patata, no se me va el olor de la cabeza.
Y así ha pasado la tarde entera…con el olorcillo de la patata.
Pues cual no habrá sido mi sorpresa cuando ahora, hace escasamente veinte minutos, al irle a dejar en el sofá dormidito por fin…descubro en su puño cerradito ¡un cacho de patata! Mojado, lleno de arena, con una brizna de césped. Su patata. Esa que yo le he quitado porque pensé que se ahogaba de tan dentro como se la metía.
Hay que tener en cuenta una cosa: entre que le he quitado la patata y he descubierto el pastel, han pasado siesta, merienda, casi dos horas jugando en el jardín, arreglo de jardinera, cambio de pañal, baño…vamos, que he tenido al niño cerca. Así que más allá de la perseverancia del bicho, la reflexión que me asalta es qué tipo de madre soy. Quiero decir, lo suyo hubiera sido darse cuenta de que el niño no abre el puño, ¿no? O yo que se, habérselo abierto yo para lavarle la mano en la bañera. O haberle dado un besito en la palma…¡no sé! Pues no, el niño ha tenido la patata escondida casi seis horas.
Veremos a ver qué pasa cuando se despierte y se dé cuenta de que su pequeño tesoro ya no está.

Dragón

El viaje en tren del otro día fue para acudir a la despedida de soltera de una amiga. Por cuestiones de logística, me tuve que llevar al niño colgado a la chepa y tenerlo todo el día, según palabras textuales de mi hermano “rodeao de una jauría de mujeres con penes en la cabeza”.
Bue, no fue en la cabeza donde estuvieron.
Era la primera vez que yo participaba en una reunión social de estas características, y tengo que decir que el tema de los penes, los pasteles con forma de ellos y estas cosas pensé que era más leyenda que otra cosa…pero no. Para completar el día, asistí también a mi primer tapersex. No sé si esto será raro no, pero lo cierto es que creo que de las doce chicas que estábamos, era la única o casi la única que no había participado nunca en una reunión así. Me tiré boquiabierta la mayor parte del tiempo.
Mi pobre niño se había quedado dormido en un sillón, mientras Brigi, la que nos impartía la master class sexual, comenzaba con los productos más light: que si aceites de masaje, que si aceites sensuales, que si plumitas para hacer cosquillitas, que si un antifaz para darle un poco de morbillo al asunto. Bueno, después de una hora o así en la que acabé con un olor bastante indescriptible en los brazos -nos untó unos cuantos aceites de jazmín, frutas del bosque, fresas con champán, etcétera-, la cosa empezó a animarse.
Volaban entre las manos de las asistentes corsés, braguitas mariposa, vibradores de todas formas, colores y funciones y en mi boca hubiera dado tiempo a que entrara una mosca y volviera a salir, aunque no sé si estaba más alucinada con lo que iba sacando la mujer de su maleta roja o la familiaridad con la que mis compañeras hablaban de algunos de los productos. Al mío le llevo eso y me lo tira a la cabeza, decía una al tiempo que se probaba un corsé rosa con volantes de tul negro. Y yo pensaba que nunca había echado en falta nada de todo eso para tener una vida sesuar satisfactoria...pero oyes, sigamos escuchando que igual…eso me decía yo para mis adentros mientras con un ojo controlaba a M. y con el otro miraba la maleta de la que no dejaban de salir elementos envueltos en bolsitas de tela brillante de color granate.
Según pasaba el rato, yo iba pensando en que a mí todo eso no es que me viniera muy bien ahora mismo, yo me preguntaba en qué momento me pondría las braguitas mariposa caso de tenerlas, si mientras M. cenaba con el padre o si mientras el padre le bañaba, si entre lavadora y paseo al parque o si entre pasito y pasito del enano. O cómo haría yo si al padre le diera por apretar el botoncito que dice vibra cuando estoy amamantando a M. o cuando le estoy cambiando el pañal o mismamente si estoy intentando dormirme cinco minutejos antes de que llegue la hora de merendar. Complejo.
Cuando Brigi ya nos tenía a todas feromonadas a más no poder – Brigi era una mujer lista y buena en los negocios, y no sólo encendió un incienso de feromonas námásempezar, no; nos tuvo feromonizadas media reunión, e incluso nos echó un perfume de feromonas en un momento dado porque “las chicas tenemos el deseo aquí”, decía, aplastándose la nariz con el dedo índice de la mano derecha y con la otra mano en jarras, muy a lo femme fatale-, en este momento, digo, Brigi dio un paso más: Volare, dijo, y mostró un minibote de color blanco. Su boca perfilada se sacó de la chistera una sonrisa como de pícara, y con las mismas nos mandó al baño en fila india a que nos echásemos sólo un chis en la mano, nos lo extendiéramos ahí abajo y volviéramos a nuestro sitio “a ver qué pasaba”. Lo que pasaba era un frío y un calor que en fin, todas ahí con las piernas cruzadas, venga a balancearlas pa´lante y pa´tras…y yo pensaba ay como se despierte el niño, ay como se despierte el niño. 
Pero el momento culminante llegó cuando Brigi sacó el Dragón: el Volare de los hombres. Dragón es el nombre de una cremita que hace que la cosa de los maridos -ella siempre decía marido o chico- se venga arriba en tiempo record y luego tarde en venirse abajo…vamos, decía, que os -os, os, eso dijo- alarga la erección, con su voz ronca y experimentada en mil batallas sexuales. Me miró Brigi, la miré yo a mí vez por encima de las gafas y le dije:
Yo es que ahora mismo con el niño, qué quieres que te diga…lo que me faltaba a mí es que eso no haya manera de bajarlo.
Vosotras me entendéis.
Y además en ese momento, como para subrayar a lo que yo me quería referir, M. se despertó con los gritos de otra de las asistentes, de las más jovencitas, que preguntaba….¿y esta, sí, el dragón, esta se puede chupaaaaaar? 
Fue una reunión indescriptible. :)