La chispa adecuada

A veces, eso es lo que pasa. Salta la chispa adecuada: el lugar preciso, el momento justo, la persona perfecta. Y cuando menos lo esperas, todos esos elementos se alían, se aúnan, se ponen de acuerdo para que esa tarde de fútbol, en el campo del pueblo animando a los del equipo de la familia, salte la chispa y alguien, así por que sí, te mire a los ojos y te pregunte ¿cómo estás?, mientras con la cabeza señala a M. y yo entiendo que no es un cómo estás general, superficial, si no un cómo estás de verdad, cómo te sientes, qué pasa con tu vida.
Y esa chispa es la adecuada para que el ruido de fondo de las gradas llenas de niños y mayores que comen pipas y gritan el nombre de los jugadores e insultan al árbitro y sacan la cara por cualquiera que lleve la camiseta naranja, ese ruido, digo, sea un murmullo que se atenúa mientras pienso antes de responder.
Preguntar a una madre reciente y novata cómo estás es un poco temerario, siempre te va a responder según como esté el churumbel en ese momento: esto es así y viene con el gen de madre. Muy probablmente, pasen muuuuchos años antes de que esa madre pueda responder sin pensar en cómo está su descencendia. Eso pasa mucho:
-¿Cómo estás, Fulanita?
-Pues aquí estamos hija, que ahora han echado a mi Menganita del trabajo
ó
-Pues bien, ahora todo el día con el niño que le han caído siete a ver si recupera.
Esas cosas.
Así que estar, estoy bien, respondo mirando a los ojos a quien me pregunta. Nada es como imaginas que sería, nada sigue siendo igual, nada significa lo mismo ni se mide de la misma forma desde que aquí el de los ojos lindos ocupa su lugar fuera de mí.
Una intenta seguir siendo la misma, claro (lo que no te voy a contar a tí, interlocutor, es que me paso los días intentando que mi misma manera de ver la vida tras parir quede reflejada en un folio en blanco virtual y llegue a alguna persona), y aunque cuesta, en ello estamos. Pero nunca más vuelves a pensar en ti primero. Cualquier plan, sea el que sea, está supeditado a M. y sus necesidades, hasta la más mínima. Si estamos aquí y de pronto marcan un gol y el Nogalillo se viene abajo y M. se asusta por el estruendo de doscientos lugareños encervezados y acolaros, pues le cojo y me escabullo por una esquina y me alejo con él por el camino de nogales hasta que se calma, aunque me joda perderme los otros goles, aunque no veamos al primo recogiendo el trofeo. Aprendes a valorar esa otra realidad, esa otra vida que te pierdes cuando lo que importa es lo que quieres tú y no lo que necesita tu hijo.
Luego está el tema de la ubicuidad. Puedes dejar el niño a la abuela, al padre, a los tíos… le sentirás cerca aunque estés en el lugar más bonito del mundo y te encuentres más a gusto que un arbusto en la pelu, en un spa o dándolo todo en un concierto. No dejas de pensar en él, y si algún momento lo logras…te metes la mano en el bolsillo y te encuentras una toallita reseca o una galleta chuperreteada y vuelves a pensar en sus manitas llenas de arena o sus pies clavados en tus riñones a la hora de la siesta. Y lo echas furiosamente de menos, y hay que aprender a controlar esos nervios de y sí y sí y sí…y sí nada, monada, que no le va a pasar nada.
Cuando tengo algún ratito para mí lo aprovecho a tope, me recargo las pilas, me renuevo por dentro si el agobio me acecha, me cuido por fuera porque me apetece y me gusta, preparo exámenes, organizo proyectos, cotilleo con amigas, hago comida o bailo una canción.
Te cambian el cuerpo y las costumbres. Te vuelves más fuerte, duermes menos pero te cunde más. Planchas menos, lavas muchísimo más, ríes el doble por muy risueña que fueras, lloras por lo menos el triple, sobretodo de felicidad y preocupación. El tiempo vuela, aunque hay ratos que se te hacen eternos. La responsabilidad por su felicidad y su integridad a veces te agobia hasta el punto de ahogarte, pero habrá algo cada pocos días que te diga que lo estás haciendo bien: una sonrisa ante algo bonito, un beso cuando no te lo esperas pero lo necesitas, una mirada que todo lo pone de nuevo en su lugar.
Yo te miro y te digo, amigo de la infancia veraniega a punto de ser papá, que estoy -estamos- y estaréis bien. Te agradezco infinito este rato conmigo para hacerme sacar y contar lo que siento al ser la mamá de este terremoto que ya se aburre y me gira la cara para que le mire a los ojos y le lleve a ver el final del partido que se termina y la gente que se va satisfecha a cenar.

¿Y tú, de quién eres?

Hace mucho calor. El runrún de los preparativos de las fiestas patronales no deja de latir como soterrado en el ambiente: ahora el eco de la disco móvil en la plaza, ahora el resonar apresurado de las sandalias de los críos que participan en la guerra de agua que llena de pronto la calleja, ahora los abuelos esperando a la fresca los coches de la familia que vienen desde Madrid. Si miro hacia arriba, veo la madera del balcón del piso de arriba. Si miro hacia la izquierda, la casa de enfrente pintada de blanco y con las ventanas abiertas de par en par. Hacia la derecha, el padre y mi niño duermen en el sofá tranquilos. Yo escribo sentada en el balcón todavía caliente del día agotador de sol que hemos tenido, escucho a los niños jugar a fuga y oigo trastear a mi hermana en el baño arreglándose un poco para salir con la pandilla a dar un paseo nocturno.
Bucólico, diréis.
No lo niego. Aunque ahora mismo me sentiría igual de bien sentada con el portátil entre las piernas en las puertas del infierno, siempre y cuando pudiera estar disfrutando de este momento de paz espiritual que me he ganado a pulso desde que llegamos al pueblo.
Llevamos dos días aquí y creo que han sido suficientes para que mi eficaz y agotadora estrategia surta efecto: sí, soy la peor madre del mundo por darle el pecho siempre que me lo pide; también por llevarle en la mochila portabebés y no en el carro, hombre, dónde va estar el niño más a gusto que ahí aunque subir estas cuestas empujando un carro con un diablo de Tasmania retorciéndose en él equivalga a perder diez años de vida; también lo soy porque tengo al niño enmadrado y cuando me busca acudo rauda y veloz hasta que se calma, porque me meto con él en la piscina, porque me revuelco con él por el césped, porque merienda cuánto quiere, porque no digo que es un llorón cuando llora, porque me la suda que no sea un machote y si se me mete un coscorrón se deshaogue hasta que lo necesite.
Creo que una vez desplegado nuestro sistema vital ante la familia extensa (hermanas de mi abuela, primas de mi madre, hijas de las primas) y aceptadas tooodas las críticas veladas y no veladas, todas las extrañezas, todas las preguntas, todos los por qués, nos quedan diez días tranquilitos.
-Ya no se cría como antes, hija- me apoya mi abuela, cejas hacia arriba y mirada comprensiva incluída.
-No, yaya, ya no se cría como antes. Aunque si lo piensas bien…mira: tú les dabas el pecho mucho tiempo porque nadie os decía que lo dejárais, tú no tuviste una cuna hasta que nació el quinto de tus seis hijos, tú te los llevabas al corral todas las mañanas hasta que empezaron el cole…
-Pues también es verdad, qué narices.
Por otro lado, estoy flipando con los vecinos del pueblo. Me ven caminando por ahí, y como no les sueno porque venir lo que se dice venir no vengo a menudo, me preguntan sin pudor:
-¿Y tú, de quién eres? – ellos
-De tío Cele Churrero– yo
Ah, ¿de la Rosi o de la Tomi?– ellos
-De la Rosa, de la Rosa– yo.
Hasta aquí, podría ser normal; tienen curiosidad por la nueva vecina y la calman por el camino directo: preguntando.
Pero luego está el otro tipo de vecino, el que es mayor mayor y ha visto a mi madre crecer correteando por aquí: pues bien, para ellos el tiempo debe de ser más benevolente que con los demás y no pasa, lo cual es un halago para mi madre y una putada para mí:
-¡Rosisi, hija, no pasan los años por ti! – se alborozan ellos.
-Ya, bueno…soy su hija– gruño yo
Y el último tipo de vecino, el vecino que cortocircuita y no hace nada por ocultarlo y/o disimularlo. Resulta que mi hermana y yo guardamos un gran parecido físico, casi casi perfecto si no fuera por la nimiedad de que nos llevamos diez añitos de nada.
-Pero hija mía, ¿tú tienes un hijo?– preguntan ellos casi con las manos en la cabeza y los ojos a punto de salirse de sus respectivas órbitas oculares y echar a rodar por las cuestas mortales del pueblo.
Em, sí, sí. Mira, M., saluda al tío (no importa, sea quien sea, aquí en el pueblo se le conoce como tío y luego un mote: tío Calderas, tío Hormiga, tío Pepino) – digo yo.
Bueno hija, sí que es bonito, pero…¿y quién te lo cría?– se alarman ellos.
Ains, no soy la hija pequeña de la Rosi la Churrera, soy la mayor- aclaro yo.
-Ah bueno hija, ya decía yo, pero se ve cada cosa por ahí que...- suspiran ellos
-Ya, ya, tío, qué me va usted a contar. Ale, hasta otro ratito– zanjo yo.
Y así, entre gente que ve cómo las nuevas generaciones nos reproducimos sin miedo y vamos modernizando un poco la forma de criar, de relacionarnos y de amar, van pasando los primeros días del periodo que pondrá punto y final al primer y perezoso parón estival de nuestra pequeña familia de tres.