La importancia del recuerdo

Esto os tiene que sonar.
Resulta que yo en este pueblo en el que estamos, ya había estado. Muy pequeña, tendría cinco o seis años, pero había estado con mis padres y mi hermano, cuando mi hermana todavía no estaba ni en la mente de mi padre – sí en la de mi madre, que la colega no tiró la toalla de tener otro hijo durante tres años, incansable hasta que le convenció :) –
Cuando les dije a mis padres dónde íbamos a pasar esta semana de vacaciones, lo primerito que me dijeron: uy, te tienes que acordar porque ahí estuvimos la semana santa del año nosecuantos, ¿no te acuerdas, qué jugábamos al parchís en una mesita del hotel que daba a un calita y que no dejaba de llover?
Este…..no, lo siento mami.
Pero cómo no te vas a acordar, sí hombre, que corríais por los pasillos porque casi no había clientes.
Ya, no, no, la verdad es que no papá, igual estando allí pues algo me suena.
Estos niños es que son increíbles, con todos los sitios en los que hemos estado y no se acuerdan de nada, qué falta de interés. 
En fin, que casi mosqueaos, oyes. Chinaillos.
Bueno, pues hoy he presenciado otro momento casi casi calcado. Estábamos cargando en el coche todos los bártulos que son como apéndices vitales en estos días de playa con churumbel, cuando ha llegado una familia al coche de al lado. Yo, llamadme cotilla, es que no me puedo resistir a poner la oreja cuando una realidad paralela en forma de familia se me acerca por cualquiera de mis flancos. Así que me he puesto a cotillear con la cabeza sumergida en el maletero, yo haciendo como que estaba a lo mío (que en cierto modo lo estaba, no encontraba mi braguis y tenía el culo lleno de arena).
La madre decía: vamos a ver, ¿cómo no te vas a acordar si fue la primera vez que te vino el Ratoncito Perez?
Y el hijo, de unos quince años (amos, como para hablarle al maromo del Ratoncito Perez):mamá, te juro que no me acuerdo, te lo juro. Ya sé que no me mientes, mujer,  y que hemos estado aquí antes, pero no me acuerdo de nada. Deja de insistir porque no me acuerdo, te lo digo de verdad. 
Y a mí, medio supultada en mi maletero-arenero me ha dado un ataque de risa y un ataque de ternura, todo a la vez.
Risa porque me he visto reflejada y porque me ha quedado claro que esa insistencia en quenostenemosqueacordar, es patrimonio de todos los padres.
Ternura porque ahora soy mamá y puedo entender esa rabia porque los hijos no se vayan a acordar de esos buenos momentos junto a nosotros, los padres, de esos momentos en los que la vida del enano era la que pasaba siempre a tu lado, porque su vida y su entorno eran donde estuvieras tú, porque ponías tanto de ti para que esos días de playa fueran especiales… te da rabia que no se vaya a acordar y no te das cuenta de que es suficiente con que el recuerdo lo guardes tú, lo atesores con fuerza para sacarlo, mirarlo y volverlo a disfrutar según vayan creciendo y veas con orgullo y alegría cómo echan a volar.
Porque estos buenos momentos, esta felicidad radiante de las vacaciones, esta piel llena de arena y crema, este volver a la casa con conchas y piedras… no lo va a recordar como tal, pero estoy convencida de que poco a poco estas sensaciones maravillosas que se repiten en los primeros años de vida de los niños se van destilando y son raíces, sólidas y fuertes, para construir su futuro.
Ah, y una última cosa: al tomar la curva, ha aparecido un puente entre la vegetación frondosa y húmeda de la zona. La recordaba, esa imagen del puente entre los arbustos, la recordaba. En cuanto he podido, he mandado un whatsapp a mi madre: mamá, recuerdo el puente de piedra que había que atravesar para llegar a la playa.
Me ha respondido: ¿y las partidas de parchís?
:)

Memoria selectiva

Lo que para mí es un recuerdo precioso de su primera vez junto al mar, para M. es una oportunidad de oro para hacer lo que mejor sabe hacer: dar hostias.
Como buena madre entregada a esas experiencias vitales que se consideran fundamentales – el primer diente, el primer paso, el primer día de colegio, etc.-, estaba yo embelesada mirando los rechonchos pies de M. empapándose de Cantábrico por primera vez. Con los riñones bastante doloridos, no vamos a negarlo, pero feliz de la vida, con mi pequeño dando patadas a las olas, con el dodotis mojado haciéndole un paquete gigante y gritando de alegría a todo el que quisiera escucharle en la pequeña cala.
El padre nos miraba desde la sombrilla haciendo visera con la mano y bastante puteado: es de secano total. La sonrisa babeante, eso sí, la tenía de lo más radiante, el enano se nos hace grande y es una sensación tan bonita que hay pocas cosas que la ensombrezcan.
Pocas, pero haberlas, haylas.
Una piedra, por ejemplo.
Yo seguía en la orilla desempeñando con bastante dignidad mi papel de sujeta niño en proceso de aprender a andar, con todo lo que eso implica: culo en pompa tapado únicamente por el bikini, lorcilla asomando al estar semiagachada, tetillas a lo loco por la velocidad del enano; en fin, este tipo de cosas. Como digo lo llevaba con bastante dignidad, oyes, me sentía pletórica, ha sido un rato muy bonito, algo totalmente nuevo mirar hacia abajo y ver el mar y los pies del niño y su sonrisa agradecida y su boquita salada y sus mofletes llenos de arena.
De pronto, he divisado una piedra. A la saca, he pensado. A este pedrusco le pinto yo un boceto de la cala, le pongo fecha y nombre del lugar y de recuerdo para M., su primera vez en la playa. Y eso he hecho. La he cogido, la he lavado y se la he dado a M., que ya no la ha soltado más. Cuando ya se ha puesto pesao -que es todo muy bonico hasta que el diablo de Tasmania que tengo por hijo se pone burro y ya ni mar, ni olas, ni arena ni la madre que lo parió-, se lo he llevado al padre para ir yo a relajarme un rato caminando por la orilla, que es algo que me encanta desde siempre, como a todo quisqui vamos, un rato de relax costero al año no hace daño.
Y me he ido, como digo, a pensar en mí, en mis cosas, en lo bonito del Cantábrico, en la chicharrera que haría a esas horas en la casa de Madrid, en que había estado con mi niño aprendiendo a conocer y respetar el mar, en que se me había olvidado (malamadre) en Transilvania el potito de fruta, en qué nuevo pueblo podríamos visitar mañana. He dado la vuelta, nada, yo creo que habré tardado como mucho quince minutos en volver a la sombrilla.
Me esperaba el padre con restos de crema por la cara y una mano en la frente, pero no en modo visera si no en modo parche; el niño, a lo croqueta en el suelo.
¿Y esa piedra que tiene el niño? – el padre
Un recuerdo–  yo.
Si, lo cierto es que no creo que se me olvide – el padre
¿El qué, su primera vez aquí? – Esta era yo de nuevo abarcando con mis brazos y mi sonrisa de madre moñas la inmensidad del lugar.
La hostia que me ha metido con la puta piedra nada más irte tú.
De modo que el resumen de recuerdos que nos ha dejado la jornada playa ha quedado del siguiente modo:
El niño: cómo mola el mar, cómo mola chapotear, cómo mola esta piedra que cuando intento acariciar con ella a los mayores se cagan en la puta y me vuelven a dejar en el suelo para comer arena, que es donde yo quiero estar.
El padre: un chichón bastante más escandaloso de lo que debería – le ha dado un niño de 11 meses, joder- y (supongo) el recuerdo del niño salado por primera vez.
Yo: evidentemente, el bicho rebozado y empapado y una relahíla que no me va a abandonar en una buena temporada: sólo a ti se te ocurre darle una piedra al niño, me duele mogollón, ¿le doy yo armas mortales cuando está contigo? Deja de reírte, como se nota que no te ha dado a ti, porque claro, a mí nunca se me habría ocurrido darle una piedra, me ha metido una leche histórica, que no te rías, ¡jodé!
Y esas cosas que se dicen los enamorados :)