Memoria selectiva

Lo que para mí es un recuerdo precioso de su primera vez junto al mar, para M. es una oportunidad de oro para hacer lo que mejor sabe hacer: dar hostias.
Como buena madre entregada a esas experiencias vitales que se consideran fundamentales – el primer diente, el primer paso, el primer día de colegio, etc.-, estaba yo embelesada mirando los rechonchos pies de M. empapándose de Cantábrico por primera vez. Con los riñones bastante doloridos, no vamos a negarlo, pero feliz de la vida, con mi pequeño dando patadas a las olas, con el dodotis mojado haciéndole un paquete gigante y gritando de alegría a todo el que quisiera escucharle en la pequeña cala.
El padre nos miraba desde la sombrilla haciendo visera con la mano y bastante puteado: es de secano total. La sonrisa babeante, eso sí, la tenía de lo más radiante, el enano se nos hace grande y es una sensación tan bonita que hay pocas cosas que la ensombrezcan.
Pocas, pero haberlas, haylas.
Una piedra, por ejemplo.
Yo seguía en la orilla desempeñando con bastante dignidad mi papel de sujeta niño en proceso de aprender a andar, con todo lo que eso implica: culo en pompa tapado únicamente por el bikini, lorcilla asomando al estar semiagachada, tetillas a lo loco por la velocidad del enano; en fin, este tipo de cosas. Como digo lo llevaba con bastante dignidad, oyes, me sentía pletórica, ha sido un rato muy bonito, algo totalmente nuevo mirar hacia abajo y ver el mar y los pies del niño y su sonrisa agradecida y su boquita salada y sus mofletes llenos de arena.
De pronto, he divisado una piedra. A la saca, he pensado. A este pedrusco le pinto yo un boceto de la cala, le pongo fecha y nombre del lugar y de recuerdo para M., su primera vez en la playa. Y eso he hecho. La he cogido, la he lavado y se la he dado a M., que ya no la ha soltado más. Cuando ya se ha puesto pesao -que es todo muy bonico hasta que el diablo de Tasmania que tengo por hijo se pone burro y ya ni mar, ni olas, ni arena ni la madre que lo parió-, se lo he llevado al padre para ir yo a relajarme un rato caminando por la orilla, que es algo que me encanta desde siempre, como a todo quisqui vamos, un rato de relax costero al año no hace daño.
Y me he ido, como digo, a pensar en mí, en mis cosas, en lo bonito del Cantábrico, en la chicharrera que haría a esas horas en la casa de Madrid, en que había estado con mi niño aprendiendo a conocer y respetar el mar, en que se me había olvidado (malamadre) en Transilvania el potito de fruta, en qué nuevo pueblo podríamos visitar mañana. He dado la vuelta, nada, yo creo que habré tardado como mucho quince minutos en volver a la sombrilla.
Me esperaba el padre con restos de crema por la cara y una mano en la frente, pero no en modo visera si no en modo parche; el niño, a lo croqueta en el suelo.
¿Y esa piedra que tiene el niño? – el padre
Un recuerdo–  yo.
Si, lo cierto es que no creo que se me olvide – el padre
¿El qué, su primera vez aquí? – Esta era yo de nuevo abarcando con mis brazos y mi sonrisa de madre moñas la inmensidad del lugar.
La hostia que me ha metido con la puta piedra nada más irte tú.
De modo que el resumen de recuerdos que nos ha dejado la jornada playa ha quedado del siguiente modo:
El niño: cómo mola el mar, cómo mola chapotear, cómo mola esta piedra que cuando intento acariciar con ella a los mayores se cagan en la puta y me vuelven a dejar en el suelo para comer arena, que es donde yo quiero estar.
El padre: un chichón bastante más escandaloso de lo que debería – le ha dado un niño de 11 meses, joder- y (supongo) el recuerdo del niño salado por primera vez.
Yo: evidentemente, el bicho rebozado y empapado y una relahíla que no me va a abandonar en una buena temporada: sólo a ti se te ocurre darle una piedra al niño, me duele mogollón, ¿le doy yo armas mortales cuando está contigo? Deja de reírte, como se nota que no te ha dado a ti, porque claro, a mí nunca se me habría ocurrido darle una piedra, me ha metido una leche histórica, que no te rías, ¡jodé!
Y esas cosas que se dicen los enamorados :)
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