Como en casa

Que es, precisamente, como quisiera sentirme y no me siento.

Por que al final el padre dijo que nos merecíamos unos días de cambio de aires, así que escribo desde un pueblito de Asturias, vamos a estar aquí hasta el domingo. La idea era buenísima, unos días aquí al fresquito, en una casita que casualmente era la única que estaba libre en toda la zona…claro. Es el lugar más húmedo, oscuro y tétrico en el que haya estado jamás.  Nada que ver con lo que me dijeron por teléfono, nada que ver.
Mira que lo intenté, pero es que era imposible: en medio de la nada, el súper más cercano a 20 kilómetros, hay que meter y sacar al niño del coche lo menos ocho veces al día para cualquier cosa: comprar el pan, bajar a la playa, ir a un pueblo bonito. Y encima, lo que digo, la casa parece la del Conde Drácula. 
Total, que llegamos ayer por la mañana y por la tarde decidí que esto no podía ser, el niño está a disgusto, tenemos que estar fuera de la casa casi todo el día porque aquí huele a húmedo que echa pa´tras, y lo más importante, es que no es ni parecido a lo que me dijeron. Fui a ver a la casera para decirle que nos marchábamos, que esto no está en condiciones para un bebé y que los de la agencia me han engañado y que nos vamos. Que se cobre el día y las molestias, pero que esto es una estafa.
Bueno, pues nos han secuestrado el dni y pretende que le paguemos toda la semana porque sí. No le vale que le diga que me han engañado, que no hay quien respire en este puto lugar, que no tiene nada que ver con lo que vendían…nada. No me devuelven el dni hasta que no les dé todo el dinero.
Primero lloré porque me sentí encerrada. Ahora me río porque no me queda otra. Nos quedamos, claro, es un dineral. Le he dicho de todo, hasta buitre carroñero. Hemos conseguido que nos traiga ambientadores y un deshumidificador que no sé cómo, lo cierto es que se lleva el olor apestoso este de mierda.
En fin, la imagen que me tiene descolocada es la de M. Resulta que ayer mientras yo montaba el pollo y reclamaba justicia para con mi dignidad y mi dinero, y como fueron varias las visitas que tuve que hacer a la casera y a la señora de la agencia, le atendíamos a él: baño, cena, masaje y dormir. Lo que me chocaba era que aunque él nos veía alterados, a mí llorando o gritando o muerta de risa -todo valía en esos momentos según lo que me dijera la vieja urraca- se  iba comportando como en nuestra casa de Madrid, se dejó bañar, jugó…. En fin, al final se quedó dormido y le eché sobre un pañuelo grande que siempre llevo en el coche, encima del sofá de mierda de esta casa de mierda.
Se quedó tan pancho, no dudó ni un solo momento de que no fuera a estar bien.
Él sí se sentía como en casa.
Pensé en la confianza que tienen estos enanos, en lo seguros que se sienten con los padres, con quien les cuida…para que hasta en terreno hostil, si están contigo, sean capaces de dormirse profundamente, con el pijama de siempre, la crema de siempre, el olor del pañuelo de siempre.
Da igual dónde esté, cómo de feo sea el lugar dónde esté: M. se siente en casa donde estemos nosotros.
Por la noche y a punto de irnos a dormir, nos mirábamos el padre y yo entre armarios de tres puertas con espejo, lámparas de mármol verde, cabeceros de metal casi hasta el techo…y mirábamos a M., en medio de la cama con la babilla colgando de lo profundo que dormía. Ah, quién fuera niño para delegar con tanta calma en el buen hacer de los mayores.
Y ahora nos vamos de nuevo a la puta calle hasta la hora de dormir. Eso sí, ya que tenemos que estar en Transilvania, me he hecho un itinerario diferente para cada día que quita el hipo, hay cada pueblito por aquí… :)

El agujero negro

El de mi sofá, digo.
En las familias normales que yo conozco, llega un momento en el que, dentro de esa gran aventura que supone la convivencia, surgen -en unas familias antes, en otras familias después- una serie de preguntas que esconden sin disimulo un fondo intimidatorio:¿alguien ha visto mi cartera? ¿sabes tú dónde están mis llaves? ¿habéis tocado el billete de veinte que estaba aquí? Son esas familias que tienen en su casa un cajón, una cestita, un recuerdo de alguna boda o un rinconcito en el que van a parar todas esas cosas que nadie echa en falta hasta que las cambias de sitio.
Dado que en mi casa, la desordenada y pasota soy yo, las miradas inquisidoras preguntando por los objetos siempre se dirigen del padre hacia mí. ¡Y lo cierto es que las cosas desaparecían! En ocasiones aparecían en lo más profundo de mi bolso y en otras ocasiones -muchas- se daban por perdidas. Yo pensaba que mi casa era de esas otras casas en las que no hay cajoncito de objetos perdidos, pero estaba equivocada. Sí lo hay. Lo ha encontrado M.
Mi pequeño Sherlock, ese ser rechoncho y sonriente que huele a galleta y mustela a partes iguales, ha sido el que me ha echado un capote, haciendo que mi fama de desastrosa se vea ligeramente atenuada.
Estaba yo deshaciendo maletas para comenzar nuestra semana de relax solitario, mientras el padre compraba algo para comer y el hijo me miraba desde el sofá, cuando he oído el sonido exacto que hacían las llaves que perdí hace dos meses. He mirado hacia M., y el colega jugaba con ellas, las cabronas tintineando alegremente en su mano. Me he acercado alucinada, y con asombro he asistido a la demostración más precoz del truco de la chistera: M. estaba sacando de un recoveco semioculto del sillón llaves, gomas del pelo,  la ballena de goma que un día desapareció, un vaso -¡un vaso!-, y mi funda del móvil.
Mientras le sujetaba con una mano y con la otra whatsappeaba la noticia al padre, he visto a M. sacar el tesoro que a él más le ha gustado, el tesoro que le ha dibujado la sonrisota y con el que ha empezado a salivar: una galleta fosilizada. He intentado evitar que se la coma, pero, como no podía ser de otro modo, he llegado tarde. 
Como dicen en el pueblo: lo que no mata, engorda.