El agujero negro

El de mi sofá, digo.
En las familias normales que yo conozco, llega un momento en el que, dentro de esa gran aventura que supone la convivencia, surgen -en unas familias antes, en otras familias después- una serie de preguntas que esconden sin disimulo un fondo intimidatorio:¿alguien ha visto mi cartera? ¿sabes tú dónde están mis llaves? ¿habéis tocado el billete de veinte que estaba aquí? Son esas familias que tienen en su casa un cajón, una cestita, un recuerdo de alguna boda o un rinconcito en el que van a parar todas esas cosas que nadie echa en falta hasta que las cambias de sitio.
Dado que en mi casa, la desordenada y pasota soy yo, las miradas inquisidoras preguntando por los objetos siempre se dirigen del padre hacia mí. ¡Y lo cierto es que las cosas desaparecían! En ocasiones aparecían en lo más profundo de mi bolso y en otras ocasiones -muchas- se daban por perdidas. Yo pensaba que mi casa era de esas otras casas en las que no hay cajoncito de objetos perdidos, pero estaba equivocada. Sí lo hay. Lo ha encontrado M.
Mi pequeño Sherlock, ese ser rechoncho y sonriente que huele a galleta y mustela a partes iguales, ha sido el que me ha echado un capote, haciendo que mi fama de desastrosa se vea ligeramente atenuada.
Estaba yo deshaciendo maletas para comenzar nuestra semana de relax solitario, mientras el padre compraba algo para comer y el hijo me miraba desde el sofá, cuando he oído el sonido exacto que hacían las llaves que perdí hace dos meses. He mirado hacia M., y el colega jugaba con ellas, las cabronas tintineando alegremente en su mano. Me he acercado alucinada, y con asombro he asistido a la demostración más precoz del truco de la chistera: M. estaba sacando de un recoveco semioculto del sillón llaves, gomas del pelo,  la ballena de goma que un día desapareció, un vaso -¡un vaso!-, y mi funda del móvil.
Mientras le sujetaba con una mano y con la otra whatsappeaba la noticia al padre, he visto a M. sacar el tesoro que a él más le ha gustado, el tesoro que le ha dibujado la sonrisota y con el que ha empezado a salivar: una galleta fosilizada. He intentado evitar que se la coma, pero, como no podía ser de otro modo, he llegado tarde. 
Como dicen en el pueblo: lo que no mata, engorda. 
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