Coca cola

¿Qué tiene esta bebida que trae a todos los niños por la calle de la dulzura?
Yo he visto a mis primos pequeños y a mi propio hermano prácticamente vender su alma al diablo porque su madre o la mía les dejaran comer con coca cola. Entiendo que tiene algún tipo de aditivo hipnótico que hace que cada vez quieras o necesites más, vale. Lo entiendo y lo acepto… !en niños un poco creciditos!
¿Cómo puede ser -me pregunto una y otra vez- cómo puede ser que M. se dé la vuelta a toda pastilla, da igual de qué postura esté, cada vez que oye que alguien abre una lata de este tentador refresco? Es oír el psss y girarse como un girasol. No sólo eso, ahora que cada vez está más ágil, se tira en plancha hacia la lata. En serio que le he visto tirarse del sofá de cabeza para llegar hasta la que acababa de abrir mi madre en la otra punta del salón. Cogerle en el último segundo por la camiseta y que él no deje de pedir y señalar la lata, todo uno.
En fin, hasta ahora no pasaba de puro flipe y, como digo, algún que otro sustillo. Pero hoy ha llegado el momento, ese momento en el que por primera vez y justo antes de pensarqué callao está, he sabido a ciencia cierta en mi horrorizado interior que estaba con las manos en la lata y dale que te pego a degustar el brebaje prohibido.
La situación ha sido la siguiente: mi madre nos está arreglando una mesa para poder llevarse la que tenemos suya de prestado en el salón. La está dejando preciosa, llevamos unos cuantos días liados, pero está mereciendo la pena. Por la mañana, mi madre, M. y yo nos ponemos con ella, mi madre a currar y nosotros dos, muy a lo spanish way, a mirar. Mi madre es una de esas personas que ya hace mucho tiempo, también vendió su alma a cambio de la coca cola. Que no le falte. Y no le falta, ya que yo no curro y sólo miro y doy por culillo, qué menos que tenerle su capricho fresquito y a punto para cuando lo pida por esa boquita restauradora.
Pues le he traído la última de las tres que se ha tomado a lo largo de la mañana – ¿es o no es enfermizo?- , y aprovechando un momento en el que M. estaba tranquilo destruyendo algo en su mantita, me he alejado unos metros para hacer eso que a nuestras jefas tanto les gusta que hagamos: seguir siendo la misma, tomando el sol a la bartola, libro y cervecita en mano.
Cuando he reparado en que llevaba cuatro páginas sin interrupción y en que lo único que se oía era el rucu rucu de la lija de mi madre, he sabido de antemano lo que estaba pasando. Y he acertado. M. se dedicaba con los ojos como platos a chupar la lata como si no hubiera mañana, la agarraba fuerte con sus manitas rechonchas, tan tan fuerte que tenía los dedos blancos y como agarrotados. Oye, que no la soltaba el cabrón. Y qué brío con la lengua. Nada, he tardado dos segundo en llegar hasta él e iniciar la operación desterremos la lata, que se ha convertido en el segundo gran berrinche desde que M. está con nosotros.
Puta coca cola. En serio, no es normal ese poder que ejercer sobre los niños, un poder que ensombrece todo lo demás…
Y mientras meditaba sobre esto y limpiaba a M. los restos del pegajoso delito, he pensado en voz alta: quita que no me eche yo unas gotitas de cocacola en las perolas en esas noches que no se quiere dormir…ya verás tú si se engancha y a continuación se duerme…
Me ha despertado de la ensoñación una colleja de mi madre. :)

Frío de verano

Me encanta el frío en medio del verano. Bien es verdad que me ha pillado por sorpresa y que al churumbel se le queden los pies fríos porque no he echado ni un miserable par de calcetines le resta encanto, pero bueno.
Hay algunas cosas que me gustan de estos días, y la primera es el olor. Ese  olor a mojado que tiene diferentes matices según lo que esté húmedo: el césped, el asfalto o la madera. Un olor que yo creo que a todo el mundo le da buen rollo, a todo el mundo le dibuja la sonrisa, todo el mundo comenta lo bien que huele cuando va a llover o cuando ya ha llovido.
Luego está el tema del moreno. Una está morena, pero ese colorcito de salud veraniego resalta mucho más en la ducha, por ejemplo, cuando te miras a los pies y dices !hala, pues sí que estoy morena! Y también resalta mucho más con el cielo encapotado, con el color gris plomo que llena las calles y hace que las cosas brillen menos, y que por lo tanto el morenito luzca más.
Otra cosa que mola de estos días frescos de verano es ponerse un vaquero con sandalias, un pantalón corto con sudadera, tener que volver a casa de una carrera porque te estás pelando y coges algo, lo que sea y de quién sea, para quitarte ese frío que no cuadra. Ir a la piscina y meter los pies mientras se te queda el culo frío de la piedra del borde, jugar a las cartas en el suelo mientras los mayores vaticinan si va a volver a caer o no.
Y el nuevo descubrimiento de este verano: poner a M. una chaqueta mía con las mangas dobladas en mil vueltas  y salir con él a que pise el césped mojado, que se le salga la sonrisa y el suspiro de ay qué frío. Tocarle los piececillos y pensar que igual eres un poco malamadre y temeraria, que te los metas en tus bolsillos para calentárselos y que el enano no haga nada por sacarlos. Estar un rato así, en medio del frío, del olor, oyendo como nos llama la abuela para que nos metamos para dentro y no hacerle caso, hacer como que no oímos porque estamos felices manteniendo el frío a raya para que no joda demasiado y podamos disfrutar de él.
Meternos corriendo a casa cuando las primera gotas enormes y densas anuncian que ya está aquí la tormenta.