Los niños están con su madre

En la casa de al lado vive una familia de tres: un padre, una hija mayor y un hijo pequeño, de 7 y 5 años cada uno. En ocasiones, vive también la novia nueva del padre, que está separado de la madre de los niños.

No sé por qué razón, los niños, digamos que Marcela y Nicolás, viven más tiempo con el padre que con la madre. Es una pasada verles juntos: se revuelvan los tres en el jardín, en la piscina, en la calle que tenemos delante de casa. Han plantado juntos el huerto que tienen en su pequeño jardín, recogen por las mañanas los tomates, los pepinos, los calabacines. El padre tiene una forma muy curiosa de criarles, bajo mi punto de vista bastante acertada aunque le encuentro algunas lagunillas. Por ejemplo, a la niña la puedes ver un día vestida con dos faldas y un pantalón, o se viste durante una semana entera con la ropa del hermano, o de pronto un día se pone una falta de poncho…les da muchísima libertad para ser ellos mismos y a mí eso me parece maravilloso. Luego les deja hacer cosas como ponerse a la una de la madrugada a tocar la flauta de madera del cole durante una hora y media, o subir y bajar las escaleras como si fueran elefantes sin decirles ni mú… pero bueno, son niños felices, sanos, alegres…de verdad que era una pasada verles salir a los tres de casa durante el curso, con sus mochilas de cuero camino del cole. El padre es un poco hippie, ya digo que cultiva un huerto, siempre sonríe muchísimo, se presta rápido a echar una mano en cuanto pasa algo en la urba.
El caso es que esta introducción es para decir que los niños ahora no están aquí. Esta mañana he salido al jardín con M. como cada día y estaba él recolectando los tomates y tal, y le he preguntado por ellos. Me ha respondido con una gran sonrisa: están con su madre. Y le he dicho que les echaría de menos.  Con su gran sonrisa, me ha contestado: están superbien con ella, yo les echo de menos mucho, pero allí tienen también amigos y están encantados con sus primos, vienen felices de allí y les sienta fenomenal cambiar de aires.
Ni sé dónde es allí ni cuántos primos tienen ni nada, pero me ha parecido fascinante lo bien que lo hace, lo bien que lo hacen los dos. Tengo en mi entorno otros niños de padres separados que tienen que oír cosas como: qué pena que te tengas que ir a ver a las guarras de tus tías, tu madre te envía al campamento para deshacerse de ti y pasar más tiempo con tus hermanos – hijos de su pareja actual- y un largo etcétera. Por ello, ver la tranquilidad con la que este hombre habla de sus hijos al cargo de su ex mujer, lo consciente que es de la falta que les hace a ellos el contacto con la otra parte de la familia, la falta de drama que supongo les transmite cuando se tienen que ir a su otra cosa…me ha parecido digno de mención.
Llevo todo el día pensando en que nadie nos puede asegurar que todo vaya a salir bien, cada persona somos un mundo, somos un montón de vivencias que nunca sabes dónde o hacia quién te van a llevar. Podemos tener la certeza de que somos felices, de que la vida que llevamos es la vida que queremos…pero a la hora de la verdad nadie sabemos qué o quién nos va a pasar mañana. Sin embargo un hijo es algo tan  alucinante, tan puro, tan inocente, que saber dejarles al margen de lo que sentimentalmente nos pase a nosotros es algo fundamental, su equilibrio futuro depende de las raíces y las bases que les demos de pequeños. Es mucho lo que hay en juego, ¿no? Su futuro sentimental, emocional.
Con ellos sí que hay que saber hacerlo bien, en todas las circunstancias.
Por cierto, Marcela y Nicolás vuelven a principios de agosto :D

Desempolvando

Esto de no haber dejado de estudiar, mola.

Mola tener siempre un manual en el bolso, en el coche, mola la mesa del salón llena de lápices y rotuladores, mola estudiar un tema a trozos entre guisos, pañales, compras, paseos y juegos con M. Mola porque me encanta lo que estudio, porque es una parcela mía, anterior a la maternidad, que se mantiene a lo largo del tiempo de forma más o menos constante, aunque ahora cojo menos asignaturas tanto por la pasta -¡son caras!- como por el tiempo que tengo para dedicarle desde que M. llena la mayor parte de los minutos de mi día.
Pero el proyecto que comienzo ahora es diferente. Es diferente porque aunque me gusta igual que la carrera de Historia, es algo mucho más reglado, algo en lo que desde luego entra poca innovación o entra poco profundizar en un tema que me apasione: el nuevo proyecto en el que me he metido ha sido el de prepararme las oposiciones para ser profe de Secundaria.
Esta iniciativa supone algunos nuevos cambios que poner en marcha: el primero de ellos, se acabó eso de estudiar en el sofá, a ratos, con el libro entre el biberón del agua y las toallitas y los marcadores mezclados con las piezas de las construcciones de M. Más que nada porque en los exámenes de la UNED hay un cierto margen en el cual puedes -dentro de lo poco que una asignatura como Historia permite- enfocar lo que se te pide desde un punto de vista, desde un criterio, desde una perspectiva. Pero en la oposición no. En la oposición hay miles de personas que lo quieren hacer mejor que tú para sacar más nota y quedarse con la plaza. Por lo tanto necesito prepararme el temario en plan robot, necesito aprenderme todo lo necesario para hacer un examen brillante. Porque la verdad, igual me equivoco y la cruda realidad me pega una patada en el culo, pero no concibo perder este año de estudio haciendo un examen de mierda y perdiendo la oportunidad de trabajar en lo que quiero por falta de estudio.
El segundo de los cambios, y el que más me duele, tiene que ver con M.: mi amor pequeño va a tener que ir unas horas a la guardería desde septiembre. Tres, cuatro horas. No necesito más, con esas horas en la biblioteca municipal o en casa de lunes a viernes más los fines de semana con el padre en casa, creo que me sirve. Tengo justo un año para prepararme los exámenes, porque aunque todavía no ha salido la convocatoria, son habitualmente en verano. Es decir, que en junio de 2014 estaré muy probablemente haciendo el examen que me dará acceso si me sale bien a una plaza de profesora o a entrar a formar parte de la lista de interinos.
Estoy muy motivada, tengo el temario en casa, tengo ganas de ponerme con ello, tengo ganas de que llegue septiembre para empezar con la rutina de estudio. Por lo pronto, llevo dos días entregada a una tarea que está siendo renovadora tanto física como mentalmente: una de las habitaciones que todavía estaba llena de trastos de la mudanza ha pasado a ser mi cuarto de estudios. Todavía faltan cosas, todavía está muy precario, pero es ya mi cuarto de estudios.
No tiene gran cosa, pero para mí está perfecto: una mesa de madera sobre la que he estudiado toda la vida hasta que llegó M. y mis momentos de estudio empezaron a vivirse en el sofá o en el suelo; la silla cómoda que me hizo mi madre con un cojín tejido por una tía abuela mía, de esos de toda la vida de círculos concéntricos de rayas de mil colores; la lámpara de cristal verde y pie dorado que me regalaron los reyes en primero de ESO; el tapiz de colores que compré en el Rastro y que adorna la pared de la derecha; y un corcho grande que tengo delante de la mesa de madera, colgado en la pared, sobre el que de momento sólo tengo un calendario de este año y tres fotos de M. feliz, sonriendo, mirando a la cámara con sus ojos cristalinos y su piel blanca brillando para mí.
Sobre la mesa, los seis tochos que conforman el temario de la oposición, todos mis apuntes del máster y de la carrera, cinco cuadernos cuadriculados a estrenar donde empezar a hacer mis apuntes y esquemas y un estuche de tela que tengo desde iba a primaria con los bics de colores, los rotuladores para los títulos, y un portaminas para apuntar cosas en los libros.
La habitación está limpia, está recogida, huele todavía a cerrado pero poco a poco se va preparando para lo que le espera desde el primer día de septiembre: el padre volverá al trabajo, M. empezará unas horas con todo el dolor de mi corazón en la guarde, y mamá se irá a la biblioteca o se vendrá a casa, según vea lo que mejor me va o dónde aprovecho más el tiempo.
Estoy emocionada, estoy decidida, me siento fuerte y capaz.
Es una puerta que quiero abrir para poder empezar a compaginar esta genialidad de ser mamá con esa otra que supone emocionar a los chavales con la Historia y hacer que les pique el gusanillo del saber más, de conocer más, de llegar a más.