Desempolvando

Esto de no haber dejado de estudiar, mola.

Mola tener siempre un manual en el bolso, en el coche, mola la mesa del salón llena de lápices y rotuladores, mola estudiar un tema a trozos entre guisos, pañales, compras, paseos y juegos con M. Mola porque me encanta lo que estudio, porque es una parcela mía, anterior a la maternidad, que se mantiene a lo largo del tiempo de forma más o menos constante, aunque ahora cojo menos asignaturas tanto por la pasta -¡son caras!- como por el tiempo que tengo para dedicarle desde que M. llena la mayor parte de los minutos de mi día.
Pero el proyecto que comienzo ahora es diferente. Es diferente porque aunque me gusta igual que la carrera de Historia, es algo mucho más reglado, algo en lo que desde luego entra poca innovación o entra poco profundizar en un tema que me apasione: el nuevo proyecto en el que me he metido ha sido el de prepararme las oposiciones para ser profe de Secundaria.
Esta iniciativa supone algunos nuevos cambios que poner en marcha: el primero de ellos, se acabó eso de estudiar en el sofá, a ratos, con el libro entre el biberón del agua y las toallitas y los marcadores mezclados con las piezas de las construcciones de M. Más que nada porque en los exámenes de la UNED hay un cierto margen en el cual puedes -dentro de lo poco que una asignatura como Historia permite- enfocar lo que se te pide desde un punto de vista, desde un criterio, desde una perspectiva. Pero en la oposición no. En la oposición hay miles de personas que lo quieren hacer mejor que tú para sacar más nota y quedarse con la plaza. Por lo tanto necesito prepararme el temario en plan robot, necesito aprenderme todo lo necesario para hacer un examen brillante. Porque la verdad, igual me equivoco y la cruda realidad me pega una patada en el culo, pero no concibo perder este año de estudio haciendo un examen de mierda y perdiendo la oportunidad de trabajar en lo que quiero por falta de estudio.
El segundo de los cambios, y el que más me duele, tiene que ver con M.: mi amor pequeño va a tener que ir unas horas a la guardería desde septiembre. Tres, cuatro horas. No necesito más, con esas horas en la biblioteca municipal o en casa de lunes a viernes más los fines de semana con el padre en casa, creo que me sirve. Tengo justo un año para prepararme los exámenes, porque aunque todavía no ha salido la convocatoria, son habitualmente en verano. Es decir, que en junio de 2014 estaré muy probablemente haciendo el examen que me dará acceso si me sale bien a una plaza de profesora o a entrar a formar parte de la lista de interinos.
Estoy muy motivada, tengo el temario en casa, tengo ganas de ponerme con ello, tengo ganas de que llegue septiembre para empezar con la rutina de estudio. Por lo pronto, llevo dos días entregada a una tarea que está siendo renovadora tanto física como mentalmente: una de las habitaciones que todavía estaba llena de trastos de la mudanza ha pasado a ser mi cuarto de estudios. Todavía faltan cosas, todavía está muy precario, pero es ya mi cuarto de estudios.
No tiene gran cosa, pero para mí está perfecto: una mesa de madera sobre la que he estudiado toda la vida hasta que llegó M. y mis momentos de estudio empezaron a vivirse en el sofá o en el suelo; la silla cómoda que me hizo mi madre con un cojín tejido por una tía abuela mía, de esos de toda la vida de círculos concéntricos de rayas de mil colores; la lámpara de cristal verde y pie dorado que me regalaron los reyes en primero de ESO; el tapiz de colores que compré en el Rastro y que adorna la pared de la derecha; y un corcho grande que tengo delante de la mesa de madera, colgado en la pared, sobre el que de momento sólo tengo un calendario de este año y tres fotos de M. feliz, sonriendo, mirando a la cámara con sus ojos cristalinos y su piel blanca brillando para mí.
Sobre la mesa, los seis tochos que conforman el temario de la oposición, todos mis apuntes del máster y de la carrera, cinco cuadernos cuadriculados a estrenar donde empezar a hacer mis apuntes y esquemas y un estuche de tela que tengo desde iba a primaria con los bics de colores, los rotuladores para los títulos, y un portaminas para apuntar cosas en los libros.
La habitación está limpia, está recogida, huele todavía a cerrado pero poco a poco se va preparando para lo que le espera desde el primer día de septiembre: el padre volverá al trabajo, M. empezará unas horas con todo el dolor de mi corazón en la guarde, y mamá se irá a la biblioteca o se vendrá a casa, según vea lo que mejor me va o dónde aprovecho más el tiempo.
Estoy emocionada, estoy decidida, me siento fuerte y capaz.
Es una puerta que quiero abrir para poder empezar a compaginar esta genialidad de ser mamá con esa otra que supone emocionar a los chavales con la Historia y hacer que les pique el gusanillo del saber más, de conocer más, de llegar a más.
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