Genio y figura

La casa de los abuelos puede que sea el lugar en el que más yo me siento, en el que más sigo siendo la misma.

Desde que llegó M., la abuela ha cambiado. Para bien, digo. Donde antes había una mujer alegre, despreocupada, un poco pachucha de salud y de ánimos, ahora hay una mujer hiperalegre, superdespreocupada y prácticamente curada de sus problemas de salud. Todo esto hace que en su casa pasen cosas bastante extraordinarias que no habían pasado  nunca hasta que llego el nieto: la cocina se queda sin recoger porque M. quiere jugar; la lavadora pita y pita y pita desesperada anunciando su fin mientras mi madre y M. se parten de risa en el jardín; el teléfono suena como loco mientras los dos duermen la siesta acurrucados en la supercama de la abuela.
A todo esto, yo voy por detrás con el chip madre puesto: que si voy a poner el lavaplatos y a fregar la placa que mira que hora es, que si quita que ya tiendo yo la lavadora que luego no va a haber quien planche nada, que si ¡ya lo cojo yo que están dormidos, ssshhhh!
Ya me lo ha dicho mi madre alguna que otra vez: las abuelas estamos para disfrutar y ayudar y los padres para criar y educar. ¡Ya hija ya, pero es que te lo has tomado al pie de la letra! Juguetes tirados por el jardín, barreños con agua en el suelo de la cocina para jugar cuando el calor de fuera es insoportable, corralitos con todos los cojines en el suelo del salón, la cestita de las pinzas de tender volcada entera en la mesa del jardín, el móvil olvidado en el borde de la piscina. Vamos, lo que viene siendo una abuela y una casa perfectas para un niño, M. no puede tener mejor abu que mi madre.
Pero a ver, que me voy del asunto…como decía, allí es donde puede decirse que más a menudo me encuentro siendo yo misma. Yo siempre he dormido con mi hermana, hasta que me independicé hace año y medio, y nuestra habitación sigue tal cual. Me encanta subir cuando mi madre o mi hermano cuidan al niño y soy muy yo cuando me siento en mi cama de siempre, a oler el olor de siempre, a mirar a la izquierda y ver la cama de mi hermana, con su pijama asomando por debajo de la almohada.
Soy muy yo cuando me siento en el sofá en el sitio en el que me solía sentar a ver las series que veíamos en familia los cinco, Cuéntame, Friends, tantas otras que me llevan a las diez de la noche de tantos días entre semana gritando ¡empiezaaaaaa!  y acomodándonos todos en los dos sofás como mejor podíamos para no perder detalle.
Me gusta abrir la nevera y encontrar la jarra de salmorejo hecho por mi madre como cada verano, las latas de la cerveza que bebe mi padre, el zumo de naranja que le gusta a mi hermana, los yogures que devora mi hermano. Soy muy yo cuando me siento en las sillas de la cocina y cojo una taza de las de toda la vida para merendar, mirando el mismo reloj en el que siempre he mirado la hora para no perder el autobús, para ir a la hora correcta a recoger a mi hermana a música, para recoger al padre y llegar a la sesión de las diez.
Y sobretodo… soy muy yo cuando M. se duerme o se le lleva alguien a pasear -alguien que puede ser o mis padres o mis hermanos, se entiende-, y yo me siento en el suelo de cualquier parte de la casa como solía hacer, saco el libro que tenga entre manos en ese momento y me dispongo a disfrutar de la lectura y del tacto del suelo de madera en los pies.
Mi madre tiene una curiosa y macabra frase para decir que sigo siendo la misma. Cuando me encuentra en el suelo leyendo o gastando una broma por teléfono, o empantanada entre apuntes que ocupan la mesa entera, – o taaantas otras cosas que no han cambiado en mí con la maternidad-… me mira, mira a M. y asintiendo con las gafas en la punta de la nariz dice:
tu madre, hijo, genio y figura hasta la sepultura.

Hormigui, hormiguita

Yo tengo mucho empeño en que M. sea un chico sanote, atrevido, curioso. Desde que nació, me pareció que una buena forma de empezar a fomentar esta curiosidad y este hambre de saber que me parecen buenos para él, era conocer y respetar a los animales.
Así que cuando el pichón tenía unos pocos meses y todavía vivíamos en Madrid capital, yo aprovechaba la escasa fauna que teníamos a nuestro alcance: que si las palomas en Ópera, los mirlos en Madrid Río, los periquitos de la vecina, los muchos perros que andaban con sus dueños arriba y abajo el Paseo de Extremadura al atardecer. Cuando veíamos a uno de estos ejemplares por la calle, yo le señalaba y decía: ¡mira M., un perro! o ! vamos a perseguir al pájaro y a darle un poco de galleta! o ¡qué bien cantan los periquitos de Pilar!
Calculo que el enano no se enteraba de , pero oye, yo no cejaba en mi empeño de decir cuanto nombre de animal urbano veía, seguido, claro, por su correspondiente sonido: perroguau, gato miau, periquito trrrr, paloma grrrr.
Sin embargo, el traslado a este nuestro feucho y no por ello falto de encanto pueblo del extrarradio, ha supuesto para nosotros un nuevo mundo en cuanto al reino animal se refiere: se nos han unido avispas, abejas, lagartijas, ardillas, cortapichas y hormigas con una naturalidad que a mí me parece digna de mención: raro es el día que alguno de estos bichitos no se decide a hacer una incursión en casa. A veces pienso que vienen a nosotros con tanta confianza porque les da buena onda el rollito zen que me traigo con M.: Hijo, el árbol es como el pulmón del jardín, vamos a acariciarle la corteza. Muy bien, así, árbol bonito, hojas suaves, el árbol es la casa de muchos animalitos, nooooo, no le arranques la corteza, a ver un besito al tronco… y así. 
Entre todos ellos, hay uno que sin duda es el rey en nuestro hogar: la hormiga -hormigui para nosotros-. Ah, esas hormigas negras y brillantes que se mueven laboriosas trasladando miguitas de la merienda que quedaron en el jardín hacia su hormiguero en la otra punta de la calle. Algunas se despistan y siempre rondan los pies de M. o sus juguetes, y él intenta agarrarlas haciendo la pinza con sus dedos pulgar e índice, una pinza perfecta pero muy lenta que nunca las consigue atrapar. Yo no le digo nada porque prefiero que se críe así a que me tenga miedo a los insectitos, por lo menos a estos tan inofensivos. Total, que intenta coger las hormigas mientras yo sigo con mi cantinela franciscana – es la hermana hormiga, M., no la aplastamos, sólo la acariciamos para que no se asuste– es algo ya habitual y divertido para él, las ve, da palmadas y comienza a hacer la pinza.
Y ayer pasó lo que yo no me esperaba que fuera nunca a pasar: me acojoné ante las putas hormigas y las mandé a tomar por culo sin paños calientes.
El suceso fue el siguiente: la vecina tiene una gata más mala que el veneno que se dedica a cazar pajaritos en el jardín de atrás y a dejarlos diseminados por la urbanización como si fuera la marca de su pequeña mafia: en lugar de cabezas de caballo, ella deja pájaros sin cabeza para acojonar al personal. Pues bien, esta vez su objetivo fuimos nosotros, y nos dejó de regalo en medio del jardín a un pobre pájaro descabezado, pasto – pobrecito mío- de las buenas de las hormigas. Cuando abrí la puerta en pijama, totalmente despeinada y con M. enganchado a mi cadera como un monito con olor a recién despertado, y vi el panorama, creí que me daba algo del grima: las putas hormigas le tenían cubierto totalmente y habían formado una hilera el triple de ancha de lo normal para trasladarle poco a poco hasta su asquerosa guarida. Claro, M. las divisó, las asoció a nuestras plácidas tardes jugueteando con una o dos totalmente inofensivas y empezó a dar palmitas y a tirarse sin miedo ninguno desde mis brazos al suelo, para irse a jugar.
En fin, el espíritu de San Francisco de Asís salió de mí, y sin pensarlo dos veces ni soltar a M. – amos ni de coña le hubiera dejado en el suelo- agarré la manguera rauda y veloz, giré el grifo con el pie hasta el tope y en cuando el poderoso chorro comenzó a manar, apunté hacia el pobre pájaro y hacia todas sus beneficiarias y los mandé de un golpe de agua al fondo del jardín. Se desató el caos entre las hormigas y tuve que aplicarme muy mucho en no dejar ni una, dale que te pego a la manguera con un manejo magistral hasta que salieron todas (y el pájaro) por debajo de la puerta hasta la calle.
Desde entonces tengo a M. descoloao, pobre hombre, creo que ha cortocircuitado y no entiende como las hormiguis han podido pasar de ser hermanas, bonitas y buenas, a jasdeputa, asquerosas, alimañas, gorronas, plaga y no sé cuantas cosas más que salieron de la boca de su pacífica mamá mientras las exterminaba de buena mañana y las enviaba fuera de nuestros dominios.