Hormigui, hormiguita

Yo tengo mucho empeño en que M. sea un chico sanote, atrevido, curioso. Desde que nació, me pareció que una buena forma de empezar a fomentar esta curiosidad y este hambre de saber que me parecen buenos para él, era conocer y respetar a los animales.
Así que cuando el pichón tenía unos pocos meses y todavía vivíamos en Madrid capital, yo aprovechaba la escasa fauna que teníamos a nuestro alcance: que si las palomas en Ópera, los mirlos en Madrid Río, los periquitos de la vecina, los muchos perros que andaban con sus dueños arriba y abajo el Paseo de Extremadura al atardecer. Cuando veíamos a uno de estos ejemplares por la calle, yo le señalaba y decía: ¡mira M., un perro! o ! vamos a perseguir al pájaro y a darle un poco de galleta! o ¡qué bien cantan los periquitos de Pilar!
Calculo que el enano no se enteraba de , pero oye, yo no cejaba en mi empeño de decir cuanto nombre de animal urbano veía, seguido, claro, por su correspondiente sonido: perroguau, gato miau, periquito trrrr, paloma grrrr.
Sin embargo, el traslado a este nuestro feucho y no por ello falto de encanto pueblo del extrarradio, ha supuesto para nosotros un nuevo mundo en cuanto al reino animal se refiere: se nos han unido avispas, abejas, lagartijas, ardillas, cortapichas y hormigas con una naturalidad que a mí me parece digna de mención: raro es el día que alguno de estos bichitos no se decide a hacer una incursión en casa. A veces pienso que vienen a nosotros con tanta confianza porque les da buena onda el rollito zen que me traigo con M.: Hijo, el árbol es como el pulmón del jardín, vamos a acariciarle la corteza. Muy bien, así, árbol bonito, hojas suaves, el árbol es la casa de muchos animalitos, nooooo, no le arranques la corteza, a ver un besito al tronco… y así. 
Entre todos ellos, hay uno que sin duda es el rey en nuestro hogar: la hormiga -hormigui para nosotros-. Ah, esas hormigas negras y brillantes que se mueven laboriosas trasladando miguitas de la merienda que quedaron en el jardín hacia su hormiguero en la otra punta de la calle. Algunas se despistan y siempre rondan los pies de M. o sus juguetes, y él intenta agarrarlas haciendo la pinza con sus dedos pulgar e índice, una pinza perfecta pero muy lenta que nunca las consigue atrapar. Yo no le digo nada porque prefiero que se críe así a que me tenga miedo a los insectitos, por lo menos a estos tan inofensivos. Total, que intenta coger las hormigas mientras yo sigo con mi cantinela franciscana – es la hermana hormiga, M., no la aplastamos, sólo la acariciamos para que no se asuste– es algo ya habitual y divertido para él, las ve, da palmadas y comienza a hacer la pinza.
Y ayer pasó lo que yo no me esperaba que fuera nunca a pasar: me acojoné ante las putas hormigas y las mandé a tomar por culo sin paños calientes.
El suceso fue el siguiente: la vecina tiene una gata más mala que el veneno que se dedica a cazar pajaritos en el jardín de atrás y a dejarlos diseminados por la urbanización como si fuera la marca de su pequeña mafia: en lugar de cabezas de caballo, ella deja pájaros sin cabeza para acojonar al personal. Pues bien, esta vez su objetivo fuimos nosotros, y nos dejó de regalo en medio del jardín a un pobre pájaro descabezado, pasto – pobrecito mío- de las buenas de las hormigas. Cuando abrí la puerta en pijama, totalmente despeinada y con M. enganchado a mi cadera como un monito con olor a recién despertado, y vi el panorama, creí que me daba algo del grima: las putas hormigas le tenían cubierto totalmente y habían formado una hilera el triple de ancha de lo normal para trasladarle poco a poco hasta su asquerosa guarida. Claro, M. las divisó, las asoció a nuestras plácidas tardes jugueteando con una o dos totalmente inofensivas y empezó a dar palmitas y a tirarse sin miedo ninguno desde mis brazos al suelo, para irse a jugar.
En fin, el espíritu de San Francisco de Asís salió de mí, y sin pensarlo dos veces ni soltar a M. – amos ni de coña le hubiera dejado en el suelo- agarré la manguera rauda y veloz, giré el grifo con el pie hasta el tope y en cuando el poderoso chorro comenzó a manar, apunté hacia el pobre pájaro y hacia todas sus beneficiarias y los mandé de un golpe de agua al fondo del jardín. Se desató el caos entre las hormigas y tuve que aplicarme muy mucho en no dejar ni una, dale que te pego a la manguera con un manejo magistral hasta que salieron todas (y el pájaro) por debajo de la puerta hasta la calle.
Desde entonces tengo a M. descoloao, pobre hombre, creo que ha cortocircuitado y no entiende como las hormiguis han podido pasar de ser hermanas, bonitas y buenas, a jasdeputa, asquerosas, alimañas, gorronas, plaga y no sé cuantas cosas más que salieron de la boca de su pacífica mamá mientras las exterminaba de buena mañana y las enviaba fuera de nuestros dominios.
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