Tijeras para dos

Convivo con dos melenudos.

Al padre le llega -bueno, le llegaba- el pelo debajo de los hombros y al hijo, con casi diez meses, no le había cortado todavía ni un pelo de su preciosa cabecita dorada. Es el niño cresta, el niño despeinado, el niño al que todo quisqui confunde con una niña. Entro al super: ¡uy pero qué guapa, qué ojazos! Y yo: guapo, es un niño. Paso por la plaza camino de cualquier lugar y me para una abuelilla de las de zapatillas de andar por casa: ¡menuda hija preciosa que tienes! Y yo: ¡hijo, hijo precioso es lo que tengo! Se acerca un primo de mi madre que yo que sé, bueno, mucha mucha relación habitual no tenemos pero…dice: ¡A ver que vea yo a esta belleza, madre qué ojazos tiene la jodía! Y yo: el jodío, tío, el jodío. En fin, yo me parto con esto, pero da otro post y este no es el tema de hoy.
Por dónde iba… ah sí, y como por parte de mis dos hombrecillos nunca hay prisa para pasar por chapa y pintura capilar, esta mañana bien temprano, cuando se ha despertado M. por enésima vez sudando como un pollo y con todo el pelo pegao a la cara como si le hubiera lamido una vaca sedienta, me he puesto firme: de hoy no pasa el cortar esas puntas y esas patillas, ea.
Total, que cuando ha vuelto el padre del curro nos hemos puesto manos a la obra. Primero el padre, que ya le tengo cogido más o menos el aire. Todo profesional, eh: el taburete frente al espejo, las tijeras al lado del peine, una montañita de revistas para apoyar los pies. Yo corto a mi aire, eso sí: le divido la melena en capitas empezando desde abajo, lo peino bien y calculo: ¿cuatro dedos dices? te pongo cinco y andando, que así te dura más tiempo saneado. Y a darle a la tijera. Oye, una obra de arte me ha quedado, algún que otro mechón pelín más corto que otro, pero nada nada, como siempre lo lleva en coleta quién lo diría. Pues nada, le acerco el espejo por detrás para completar la faena y está encantado: que si qué ligero me siento, que si qué gusto pasarme los dedos y no notar enredos, que si esto me lo tienes que hacer una vez cada dos meses (esto lo dice siempre y luego pasa un año hasta la siguiente vez que se lo corto).
Y el hijo: esto ha sido más complicado, porque el colega es un rabo de lagartija y no para quieto. La táctica al final ha sido la siguiente: niño sentado en el suelo con un par de juguetes y el padre sentado delante de él para distraerle y cantarle el repertorio. Yo como podía, detrás de él ¡zas! trasquilo por aquí, ¡zas! trasquilo por acá. Lo peor sin duda han sido las patillas, con sus pequeñas y perfectas orejillas tan cerca. Tan tan cerca que…me he acojonado y lo he dejado a medias. El resultado: un nene peladito y fresquito por detrás y con unas patillas a medias, con partes largas, partes cortas, partes inexistentes. Su flequillo sigue tal cual porque me ha dado pena. Vamos, que la misión ha quedado digamos en stand by, he tenido más voluntad que capacidad. La próxima vez irá mejor, !seguro!
Pero el rato divino que hemos pasado haciendo algo que hasta ahora solo había sido cosa de dos, no se me olvida. Y la foto de los dos recién pelados, con el pelmojado, felices, acalorados, deseando que acabe ya de una vez el uno para fumarse un cigarro y el otro para zamparse la merienda, tampoco. 

¡Sí se puede!

Esta mañana, miniresaca de por medio, tomaba yo café en la cocina con mis dos horitas de sueño y con M. más fresco que una lechuga, mordisqueando la galleta, porque se portó como un campeón en la boda y a las 9 y media ya estaba sobao al fresquito de la noche dándome permiso para tajarme -moderadamente- y para irme a bailar I will survive como si no hubiera mañana.
Eran las ocho de la mañana, y la sola perspectiva de pensar en todas las horas que quedaban para poder volver a dormir me daba ganas de pegarle un lingotazo al vino blanco de cocinar, por aquello de que no decaiga. Hoy el padre curraba así que estábamos solos M. y yo. En esas estaba, mirando al puto gato de la vecina que dormitaba en mi jardinera mirándome con recochineo a los ojos, cuando me he dicho: chica, hay dos opciones.
Una es la de meterte bajo la almohada o tirarte en el sofá o tirarte en el jardín, oyendo al enano pedir atención y dándole la justa mientras vegetas, con la consiguiente mala uva que se le pondrá, los quejidos que te machacarán, los pucheros que te irritarán y que al final te van a hacer acabar con un cabreo del quince y pagando tu miniresaca con el bicho.
La otra: lo dicho, que no decaiga. No me he dado al alcohol -aunque poco ha faltado-, pero he posado mi taza vacía con determinación en la encimera y me he dicho que no se diga, a tope con el día, ni cansancio ni dolor de piernas ni zumbido en los oídos ni pelo lleno de nudos podrán contigo. El enano quiere marcha y marcha le vas a dar, así que con la música más animada que hemos encontrado del gusto de los dos –Un día Noe a la selva fue, y tal…-, he hecho la casa, he recogido los restos del naufragio que nos trajimos de la boda, hemos jugado, hemos arreglado el jardín. Ha habido ratos que me sentía pletórica, imagino que fruto de la adenalina que supone intentar mantener el reto de que el chiquillo no se mosquee cantando el repertorio entero mientras pones en orden la casa. Pero han llegado las dos de la tarde y me he venido abajo. Aprovechando un momento tranquilo del bicho he llamado a mi madre y, lo que hace el conocerse, no ha hecho falta decir nada:venta pa´ca polluela que tengo una ensaladilla fresquita que resucita a un muerto. 
Y así ha sido como, tras el receso para comer y un rato salvador en el que mi madre ha dormido al enano mientras yo resucitaba, la tarde nos ha dado para mil cosas: bañarnos, jugar con tierra, hacer pulseras, arrancar petunias. Las pilas de la mamá se iban poco a poco agotando peeeero hemos conseguido llegar vivos al baño a cenar y a dormir. Hemos completado un día que esta mañana se las prometía poco menos que imposible.
Y aquí estoy, el bicho ya duerme y yo escribo y pienso en que él es la gasolina y la razón para que todo sea llevadero, para que su risa sea prioritaria, para que no haya cansancio que se imponga a sus necesidades, para que yo esté aquí con los ojos medios cerrados y atinando a duras penas a dar a la tecla correcta, intentando explicar al padre que sí, que Pulp Fiction es la releche y tenemos el maratón de Tarantino abandonao, pero que no creo que aguante mucho más de tres minutos despierta.