¡Sí se puede!

Esta mañana, miniresaca de por medio, tomaba yo café en la cocina con mis dos horitas de sueño y con M. más fresco que una lechuga, mordisqueando la galleta, porque se portó como un campeón en la boda y a las 9 y media ya estaba sobao al fresquito de la noche dándome permiso para tajarme -moderadamente- y para irme a bailar I will survive como si no hubiera mañana.
Eran las ocho de la mañana, y la sola perspectiva de pensar en todas las horas que quedaban para poder volver a dormir me daba ganas de pegarle un lingotazo al vino blanco de cocinar, por aquello de que no decaiga. Hoy el padre curraba así que estábamos solos M. y yo. En esas estaba, mirando al puto gato de la vecina que dormitaba en mi jardinera mirándome con recochineo a los ojos, cuando me he dicho: chica, hay dos opciones.
Una es la de meterte bajo la almohada o tirarte en el sofá o tirarte en el jardín, oyendo al enano pedir atención y dándole la justa mientras vegetas, con la consiguiente mala uva que se le pondrá, los quejidos que te machacarán, los pucheros que te irritarán y que al final te van a hacer acabar con un cabreo del quince y pagando tu miniresaca con el bicho.
La otra: lo dicho, que no decaiga. No me he dado al alcohol -aunque poco ha faltado-, pero he posado mi taza vacía con determinación en la encimera y me he dicho que no se diga, a tope con el día, ni cansancio ni dolor de piernas ni zumbido en los oídos ni pelo lleno de nudos podrán contigo. El enano quiere marcha y marcha le vas a dar, así que con la música más animada que hemos encontrado del gusto de los dos –Un día Noe a la selva fue, y tal…-, he hecho la casa, he recogido los restos del naufragio que nos trajimos de la boda, hemos jugado, hemos arreglado el jardín. Ha habido ratos que me sentía pletórica, imagino que fruto de la adenalina que supone intentar mantener el reto de que el chiquillo no se mosquee cantando el repertorio entero mientras pones en orden la casa. Pero han llegado las dos de la tarde y me he venido abajo. Aprovechando un momento tranquilo del bicho he llamado a mi madre y, lo que hace el conocerse, no ha hecho falta decir nada:venta pa´ca polluela que tengo una ensaladilla fresquita que resucita a un muerto. 
Y así ha sido como, tras el receso para comer y un rato salvador en el que mi madre ha dormido al enano mientras yo resucitaba, la tarde nos ha dado para mil cosas: bañarnos, jugar con tierra, hacer pulseras, arrancar petunias. Las pilas de la mamá se iban poco a poco agotando peeeero hemos conseguido llegar vivos al baño a cenar y a dormir. Hemos completado un día que esta mañana se las prometía poco menos que imposible.
Y aquí estoy, el bicho ya duerme y yo escribo y pienso en que él es la gasolina y la razón para que todo sea llevadero, para que su risa sea prioritaria, para que no haya cansancio que se imponga a sus necesidades, para que yo esté aquí con los ojos medios cerrados y atinando a duras penas a dar a la tecla correcta, intentando explicar al padre que sí, que Pulp Fiction es la releche y tenemos el maratón de Tarantino abandonao, pero que no creo que aguante mucho más de tres minutos despierta.
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