Las Horas

Desde que nació M., nuestra vida se rige por Las Horas, a saber: la hora de dormir, la hora de bañarle, la hora en la que se pone pesao, la hora de las cacuelas. De esto me di cuenta desde bien pronto, cuando hablaba con alguien por teléfono o estaba por ahí con el niño, me salían/salen frases así: pues aquí con el enano, que es casi su hora de cenar; aquí ando, con en niño insoportable en plena hora del horror; ¡la madre que te pario, que tascagao entero!; vamos a dormir, pequeño, que es tu hora y estás ya un poco insoportable.
Hombre, no es algo fijo pero más o menos, estas son las Horas estrella de la vida con M. 
La Hora de despertarse. Un día normal comienza entre las ocho y cuarto y las nueve menos veinte. De pronto noto unos golpecitos o un terremoto, depende del humor con el que se despierte M. Abro un ojo y le miro: ¿Ya es hora de despertarse? Y se parte. El día comienza. Me ducho en un pliqui, me visto a toda prisa y nos bajamos a desayunar. Bueno, hay días que tenemos un paso previo que se da entre que me visto y nos bajamos: M. pone en marcha su momento AllBran y empezamos el día lavando ese culito alegre.
La Hora de la minisiesta: esta es buena. Sobre las diez y veinte M. empieza a rascarse las orejas, a restregarse los ojos, a darse cabezazos contra lo que tenga en la mano. Le entra un sueño irresistible, así que le cojo, le acuco un poquitín y se queda dormido como un angelote. Es la única minisiesta del día en la que reina la paz para los dos. Él se duerme sin esfuerzo y yo por poco no me pongo a bailar de tener ese minirato para recoger un poco y organizarme el día. Y sí, es mini porque no pasa de los cuarenta minutos, y eso con suerte.
La Hora de comer: esta es y no es. Es porque hay veces que se come el puré como si no hubiera mañana y no es porque otros días se lo ofrezco durante dos horas y se empeña en que en esa boquita linda no entra nada que no sea la tetilla. En fin. En ello estamos, con mucha paciencia, humor y confianza en que él come cuando necesita comer.
La Hora del Horror: esta va en mayúscula porque se lo merece. Es su hora grande, la hora de M. Comienza sobre las seis y media y dura hasta el baño, que muchas veces es La Hora del Horror II. Si ha conseguido dormirse después de comer – o no-, es más light. Pero si no ha dormido…sobre las seis y pico empieza un run run como de tractor, un run run que a veces es risa y a veces es puchero y a veces mosca cojonera. Le pongo al pecho, le doy la fruta, la doy una galleta, le doy un juguete y todo va, por orden riguroso, cayendo limpia y estrepitosamente al suelo, cada una de las cosas con más mala leche que la anterior. Desde este momento y hasta la hora del baño, la tarde transcurre entre momentos buenos – si consigo que se duerma, dando un paseo,  en el jardín, dando pasitos, en casa de los abuelos, cantando, intentando hacer cosas mientras se entretiene con la arena- y momentos desesperantes -yo le intento dormir y se retuerce como si le hubiera poseído el muñeco diabólico, le canto todo el repertorio y parte del otro y me mira igual que miraría a un marciano, se me acalambran los brazos de sujetarle en las caderas-.
La Hora del baño: esta es guay. El enano disfruta en pelotas como nadie, luego no hay quien le vista, eso sí, pero oye, verle chapotear es un lujo, como un pez en el agua. Después de bañarle, lleno de crema y con el pijama de verano es digno de ver. Sus pies al aire, el pelo mojado, las manos calentitas. Pero…hay días que M. no se caga por la mañana, así a las claras. Y decide que el mejor momento para hacerlo es…dentro de la bañera. Está el colega tan pancho jugando con los patos y con el libro de plástico y de pronto se queda parado. Yo que ya me lo conozco me echo las manos a la cabeza en plan cámara lenta, porque no hay nada hacer: no llegaré a tiempo de sacarle y además ya me ha pasado dos veces que si hago muchos aspavientos se asusta y llora con mucha pena. Así que eso, se queda parado, y de pronto ves todo el regalo flotando en el agua. Maniobra de emergencia: niño enjabonado en vilo, madre respirando lo menos posible porque la cosa ya tiene miga, y fuera cuanto antes. Da risa pero es una putada, ¡qué asco!
Y la hora de la cena/ de dormir: suele comerse los cereales, pero hay días que no hay forma, que sale tan cansado del agua que se duerme mamando. Se queda dormido, le suelto en el sofá,le arrimo la mesa, le pongo cojines por si rueda y respiro hondo. Cenaremos tranquilos y me dará tiempo a trastear un poco antes de que le entre hambre o de que le entren ganas de estar conmigo. Entonces el final del día se acerca en el sofá, M. adormilado mientras no suelta la teta y yo quedándome dormida poco a poco con el bicho al lado.
Y mañana será otro grandioso día con más Horas y momentos espectaculares para recordar.

Recuerdos en la piscina

Hoy me he dado el primer baño del verano. Con mi bikini descabalado – la parte de arriba es de uno y la abajo de otro-, con mi tripa cruzada de pequeñas estrías que por primera vez desde que di a luz ha visto el sol sin complejos, con mi tobillera flotando suavemente mientras movía los pies antes de meterme en la piscina.
Mientras oía a M. jugar con mi madre por el jardín, recordaba momentos en la piscina:
El primer recuerdo que tengo es en invierno, sería marzo, hacía frío. El agua de la piscina de mis abuelos, en el pueblo, estaba verde y misteriosa. Todos los primos corríamos alrededor de la piscina con los triciclos, con las bicis, los mayores riendo. No sé cómo, mi primo A. se asomó tanto tanto a la piscina que cayó. Desapareció en ese agua asquerosa, recuerdo lo raro que me resultó no ver nada de él, acostumbrada a los cuerpos deformados que se ven cuando alguien bucea. En medio segundo mi padre no se lo pensó y se tiró tras él. Salieron los dos empapados, con restos de hojas en la cabeza y los pantalones, helados. La siguiente imagen que guardo de ese día es en casa, con la chimenea adornada de billetes de mil y dos mil pesetas, secándose, mientras mi padre recuperaba la temperatura en la ducha.
Otro recuerdo relacionado con la piscina tiene también que ver con mi padre. En verano salía antes de trabajar, algo raro y festivo para nosotros. Solíamos estar en la piscina con mi madre, en la esquina más grande con las toallas extendidas espantando avispas y sintiéndonos importantes oyendo al conversación de las madres. De pronto oíamos un silbido y nos girábamos hacia nuestro jardín, por donde asomaba la cabeza de mi padre con su traje y su corbata. Se metía de nuevo hacia dentro y a los pocos minutos salía con un bañador rojo de esos un poco cortos de hombre, y venía a la piscina. Nos daba besos que olían a ducados y se metía sin pensárselo dos veces bajo la ducha de la piscina. Yo le miraba y veía una cabeza morena y un cuerpo blanco, fuerte, rematado por las manos bastante morenas también, como si todavía llevara puesta la camisa.Después se situaba justo al borde, con los dedos de los pies como agarrándose a la piedra, levantaba las manos muy alto y se tiraba de cabeza con un salto perfecto. Salía en medio de la piscina con el pelo aplastado a la cabeza, que sacudía fuerte en cuanto notaba que estaba fuera, y se daba media vuelta en el agua para mirar a donde estábamos nosotros, sonriendo y diciendo alguna payasada, resoplando las gotas que le caían sobre los labios. No sé por qué, en mi recuerdo nunca hay nadie más en el agua y nos tirábamos mi hermano y yo y nos cogía, nos hundía, nos subíamos a sus hombros, nos salpicaba con un mecanismo misterioso de sus manos que hacía que saliera un chorro de agua a presión que siempre apuntaba a los ojos.
Otra piscina, esta vez la de casa de mis padres, la misma en la que me he bañado hoy: en julio del año pasado yo estaba embarazada de siete meses, e intentaba nadar un rato todos los días. Solía ir después de la oficina a casa de mis padres, que estaban en el pueblo y después de regar las flores me sentaba sola al sol con mi barriga. Cuando ya no podía más de calor me iba metiendo poco a poco en el agua, recuerdo el alivio que suponía meter en el agua fresca los pies hinchados, que tenía que llevar cubiertos con zapatillas porque el aire acondicionado de la oficina era insoportable. Poco a poco me metía del todo y me costaba un poco comenzar a nadar, pesaba más, iba lenta. Pero una vez superado el frío y la pereza del principio, me dejaba llevar y flotaba con mi barriga sobresaliendo, brillando al sol, y sonreía pensando en mi bebé, le acariciaba desde fuera. Luego volvía a secarme al sol, el padre venía a buscarme y nos marchábamos a casa.
Y el recuerdo de hoy: como decía estaba sentada en el borde mojándome los pies, escuchando al enano y su abuela partirse de risa. Han aparecido por allí, he cogido a M., lo he sentado al borde entre mis piernas para que se moje los pies. Le he olido el pelo, le he cogido las manitas, ha apoyado sus pies en mis pies dentro del agua, se ha dado la vuelta como lo hace últimamente -a toda leche y como su fuera una lagartija- para sonreírme con los ojos medio cerrados y la nariz arrugada, le he dado tres besos que sabían a cloro y a galleta, le he puesto el pelo de punta con mi mano mojada, le he achuchado hasta que se ha quejado, por pesada.
Ha vuelto mi madre y se han vuelto a ir a jugar, les he visto alejarse un poco alegre y un poco ñoña y he dejado de recordar para pegar un salto y hundirme sin pensarlo en el agua fresca del final de la tarde.