La tía

La tía de 16 años. Esa tía que el mismo día que nació M. tenía entradas para el Madrid-Manchester United. Esa tía con la música puesta todo el día, a todas horas, la tía que adora el melocotón, el pepino y mi tortilla.
La tía M. y M. se entienden. Mucho y muy bien. Yo pienso que es porque él percibe en ella el mismo brillo especial que sale de sus ojos, que la ha hecho crecer en cuatro colegios diferentes y a la vez convencionales siendo ella misma, especial, adaptando su modo de ser y de ver el mundo a a la vida cotidiana de los adolescentes de hoy, sin dejar por ello de ser ella ni un sólo día.
Fue la primera que supo que íbamos a tener un bebé, y me guardó el secreto durante casi tres meses como una campeona. El verano de antes de nacer M. (el verano pasado, vaya), se lo pasó casi entero en el pueblo, nos vimos muy poco. El whatsapp echaba humo. Miles de fotos de mi barrigón, de mis pechotes gigantes, de la calentura gigante que me salió en los últimos días, del carrito montado en el salón…volaron de Madrid a un pueblito de Ávila. Todos los días del mes de agosto pensábamos que ya era el día, todos los días nos acostábamos con la coña a ver si mañana nos vemos. Los fines de semana que yo iba para allá a ver a la familia y descansar de la oficina y empaparme de naturaleza, nos hacíamos fotos diciendo : “¡fijo que esta es la última con barrigote!”. Y hubo muchas de esas porque los días pasaban y M. no nacía. Se empezó a poner nerviosa cuando se fue acercando la fecha de las fiestas patronales y yo amenazaba con parir cada cinco minutos. ¡No quería perderse las fiestas! Al final le dio tiempo a empezar el curso y todo antes de que M. decidiera salir al mundo.
De todos los que entraron a la habitación a conocer a M. a las doce y pico de la noche, sólo recuerdo la ropa que llevaba puesta ella.
La tía M. divaga sobre su futuro maternal mirándonos a M. y a mí, calculando cuantos años tendrá cuando ella haga tal o cual cosa, los años a los que ella quiere quedarse embarazada, o el número de hijos que le gustaría tener.
M. y M. están unidos. Ella le cuidó mientras hicimos la mudanza. Ella le cantó por primera vez la canción que más le calma. Ella se emocionó cuando su pandilla del pueblo puso pasta para hacerle un regalito a M. Ella que casi cada día me escribe un whats : “foto baby” y yo sé que lo que quiere es una foto de ese preciso momento, tal cual estemos: dando tetilla, poniendo dodotis, tirados en la manta, sentados en la trona, jugando en el jardín.
La tía que ha aprendido a ser tía en un tiempo record, que arruga el morrillo si los días que vamos a comer a casa de mis padres vuelve del instituto y M. está dormido, que baja corriendo la escalera en cuanto se despierta: “¡yo le cojo, yo le cojo, yo le cojoooo!”, que no se cansa de decír: jo, Pa, qué bonito es.
Auguro muchos y preciosos momentos tía-sobrino. Forman un gran equipo

Risa

M. se ríe. Mucho.

Por la mañana como un clavo a las 8 y media se despierta, hace pedorretas, me despierta. Nos desperezamos, me levanto, le hago un huequito entre las almohadas para que no se caiga pa los laos, le dejo el bote de nenuco, el elefante, el espejo, las toatillas, la radio puesta y me voy a duchar. Puerta abierta frente a él, tres tentativas de muerte por caída en ducha por mi parte -es lo que tiene ducharme haciendo el cucu trás con la cortina cada veinte segundos para que me vea y no se ralle-. Salgo por fin de la ducha, me visto a toda leche entre el baño y la cama haciendo el subnormal para distraerle un minutillo…y empiezo a percibir un olor extraño. Joder, ¿se ha roto la cisterna? Qué coño…¡se ha cagado entero! Me acerco y evalúo el desastre: pijama y body, hasta la bandera. Sábana bajera…idem. Cojonudo, niño al agua porque está de mierda hasta las rodillas, sábanas a la lavadora cuanto antes porque esa mierda es radiactiva y no sale ni con el jabón de la yaya -jabón milagroso que hace mi abuela con restos de jamón y aceite usado- . Y mientras le narro la situación y le quito manchándome lo menos que puedo la superplasta…me mira y se parte. Y yo babeo.
Vamos a comer. Nos sentamos los dos en la mesa y a él en la trona. Parece que está tranqui, empezamos a comer…berrido al canto. No quiere estar en la trona. Debate en la cocina…el padre que se quede ahí mientras comemos que tiene que aprender, yo que vale, que bueno, que es verdad pero que tiene tal berrinche, qué pena, que cuando comprenda le diremos…de pronto: anda, qué callao está. Nos giramos lentamente acojonaos de antemano y está el cabrón con los carrillos llenos de arroz, feliz, con las manos llenas de granos y partido de la risa. Nos mira y se parte. Y….again, padres babeando.
Hoy por la tarde, en casa de la abuela, con ella y con el tío arreglando el jardín para el cumpleaños de la yaya el sábado. Se despierta de la siesta sin pantaloncillos, con sus muslacos al aire, el pelo pegado a la cara todo sudao, precioso y rechoncho recién despertado. Le oigo gritar, le cojo de la cama donde dormía, y salimos al jardín, los dos descalzos. Le siento en un pañuelo sobre el cesped, se da la vuelta, rueda, coge ramitas, se moja los pies, estornuda -por el polen, supongo, como mi madre, mi hermano y yo, que parecíamos lelos echando mocos hasta por las orejas-. En un momento dado le miro: parece un salvajito, un hippie, un niño de los bosques, con el pelo al viento, lleno de arena, con ramitas en sus manos pequeñas, su piel perfecta y blanca sintiendo el viento, el cesped. Le miro y le digo: ¡qué pareces un duende del agua! Me mira, tira las ramitas, junta sus manitas y me regala una carcajada tan limpia, tan bonita, acompañada de sus ojitos cerrados, de la naricilla arrugada, de su cabecita echada hacia atrás de pura felicidad.
Se ríe y yo siento en ese momento que todo encaja en este mundo.