Risa

M. se ríe. Mucho.

Por la mañana como un clavo a las 8 y media se despierta, hace pedorretas, me despierta. Nos desperezamos, me levanto, le hago un huequito entre las almohadas para que no se caiga pa los laos, le dejo el bote de nenuco, el elefante, el espejo, las toatillas, la radio puesta y me voy a duchar. Puerta abierta frente a él, tres tentativas de muerte por caída en ducha por mi parte -es lo que tiene ducharme haciendo el cucu trás con la cortina cada veinte segundos para que me vea y no se ralle-. Salgo por fin de la ducha, me visto a toda leche entre el baño y la cama haciendo el subnormal para distraerle un minutillo…y empiezo a percibir un olor extraño. Joder, ¿se ha roto la cisterna? Qué coño…¡se ha cagado entero! Me acerco y evalúo el desastre: pijama y body, hasta la bandera. Sábana bajera…idem. Cojonudo, niño al agua porque está de mierda hasta las rodillas, sábanas a la lavadora cuanto antes porque esa mierda es radiactiva y no sale ni con el jabón de la yaya -jabón milagroso que hace mi abuela con restos de jamón y aceite usado- . Y mientras le narro la situación y le quito manchándome lo menos que puedo la superplasta…me mira y se parte. Y yo babeo.
Vamos a comer. Nos sentamos los dos en la mesa y a él en la trona. Parece que está tranqui, empezamos a comer…berrido al canto. No quiere estar en la trona. Debate en la cocina…el padre que se quede ahí mientras comemos que tiene que aprender, yo que vale, que bueno, que es verdad pero que tiene tal berrinche, qué pena, que cuando comprenda le diremos…de pronto: anda, qué callao está. Nos giramos lentamente acojonaos de antemano y está el cabrón con los carrillos llenos de arroz, feliz, con las manos llenas de granos y partido de la risa. Nos mira y se parte. Y….again, padres babeando.
Hoy por la tarde, en casa de la abuela, con ella y con el tío arreglando el jardín para el cumpleaños de la yaya el sábado. Se despierta de la siesta sin pantaloncillos, con sus muslacos al aire, el pelo pegado a la cara todo sudao, precioso y rechoncho recién despertado. Le oigo gritar, le cojo de la cama donde dormía, y salimos al jardín, los dos descalzos. Le siento en un pañuelo sobre el cesped, se da la vuelta, rueda, coge ramitas, se moja los pies, estornuda -por el polen, supongo, como mi madre, mi hermano y yo, que parecíamos lelos echando mocos hasta por las orejas-. En un momento dado le miro: parece un salvajito, un hippie, un niño de los bosques, con el pelo al viento, lleno de arena, con ramitas en sus manos pequeñas, su piel perfecta y blanca sintiendo el viento, el cesped. Le miro y le digo: ¡qué pareces un duende del agua! Me mira, tira las ramitas, junta sus manitas y me regala una carcajada tan limpia, tan bonita, acompañada de sus ojitos cerrados, de la naricilla arrugada, de su cabecita echada hacia atrás de pura felicidad.
Se ríe y yo siento en ese momento que todo encaja en este mundo.
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