Nueva vida

En realidad, la nueva vida empieza en el mismo momento en el que te das cuenta de que estás embarazada. Resulta que no me había sentado mal la cena, ni que tuviera anginas o algo que me hacía tragar con dificultad. Alucinante, el momento del predictor y de ir a internet en busca de fotos de fetos de dos semanas. ¿Embarazada yo? Y ya está, la nueva vida llegó.
Sin más, de pronto, eres dos. Dos para ducharte, dos para cruzar la calle, dos cuando te hablan y tú sabes que estás embarazada. Dos cuando llegas al curro y guardas el mayor de los secretos, cuando rechazas el café de todas las mañanas con los compañeros, dos cuando sacas tus cereales a media mañana, dos cuando te acuerdas de pronto y se te acelera el corazón, dos para todo.
Y la nueva vida es… pues depende. En mi caso fue sobre ruedas hasta que me despidieron del curro. Ni vómitos, ni náuseas, ni arcadas, ni ascos ni llantos sin control. Pero verte con el bombo de nueve meses encerrada en un despacho con un desconocido en tu propia empresa que te da las gracias por tus servicios y una sutil patada en el curro… es un aterrizaje forzoso en la cruda realidad, la realidad más allá de tu redonda y preciosa tripa que ya te regala patadas amorosas y sesiones de hipo fetal.
Empiezas la nueva vida en el paro, linda.
Pero lo aparcas. Aparcas el disgusto porque llegan las contracciones. Porque llegan los sustos, las falsas alarmas, las preguntas infinitas… ¿y si estoy de parto? Y un buen día te despiertas y dices, asumes, que ahora sí que sí viene el niño, ¡estos dolores no los había sentido en mi puta vida!
Y tras las nueve horas de parto que has pasado con más pena que gloria aunque el padre de la criatura diga lo contrario y te vea divina hasta en ese momento de derrumbe total que supone empujar, empujar y empujar, y llorar y temblar…. un ginecólogo con olor a monchitos te coloca sobre la barriga más blanda que hayas visto jamás un cuerpo tembloroso, caliente y perfecto al cual empiezas a tocar en todas partes, alucinando de tener contigo a esa personita por fin.
Ya estás aquí, M.
Has llegado para alegrarme el corazón, para enseñarme a disfrutar de cada pequeño detalle de tu cuerpecito, para hacerme pasar horas y horas sentada en el sofá contigo en la teta sin que desee estar en cualquier otro lugar que no sea ahí contigo…. y también que se pueden poner tres lavadoras diarias, que te puedes cagar unas cuatro veces en sólo una tarde, que las estrías NO se irán, que una ducha puede durar veinte segundos, que cuando yo me relaje para escribir o cocinar, tú me extrañarás y llorarás y te cogeré y volveremos a empezar el círculo de teta y brazos que nos ha acompañado durante -casi- los cinco primeros meses.
Soy Paula, tengo 26 años y un hijo, M.,  de casi siete meses.
Soy feliz, desordenada, ruidosa, curiosa, impaciente… y madre.
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