El niño de los 80

Hay días, vamos, casi todos los días, M. parece un niño de hace casi treinta años.Veintisiete, para ser exactos.

La razón: mi madre guardó todos y cada uno de los juguetes y cachivaches de cuando nos crió a nosotros, a mis hermanos y a mí. Así que M. se baña en la bañera que fue nuestra, se sienta en la tronca que regalaron a mi padre sus compañeros de trabajo cuando yo nací, juega con unos puzzles de madera que recrean la vida en la granja y en el zoo, mete donuts de colores en un cono de fisherprice del año de la polca, juega a meter casitas pequeñas en casita más grandes con las mismas piezas con las que aprendí yo. Hasta la alfombra de colores que le extiendo en el salón o en el jardín es la misma que nos ponía mi madre a nosotros para que nos entretuviéramos solos y la dejáramos seguir siendo la misma…jaja.
Y la cosa no acaba ahí: ha salido una caja con ropa nuestra que está perfecta para que M. la use: no está nueva, pero guarda ese aspecto de ropa limpia, usada y viva que un enano tan bicho y tan activo como M. necesita para seguir disfrutando de sus nuevas habilidades: sacar toda la arena de una maceta, restregársela por las pantorillas y las mejillas, coger incluso un poquito de tierra  con sus dedos rechonchos y probar sin demasiada duda ni ceremonia ese nuevo sabor.
El tema de la trona tiene tela: son 27 años los que tiene, y la hemos usado en total seis niños. La tela estaba lo que viene siendo un poco…dejémoslo en usada. Así que la abuela de M., mi mamá McGuiver, se puso una tarde tijera y destornillador en mano y la dejó en el chasis. Tiramos la tela vieja y fuimos una mañana a la tienda de telas más peculiar que yo haya visto: Antoñita Jiménez. Aquí en Madrid, en el mundo de la costura, tiene mucha fama. Es antigua, está en una calle a las afueras de un barrio no céntrico de Madrid, tiene los techos de uralita, tiene aire de almacén, y allí lo mismo encuentras a dos monjas buscando retales en las cestas que a una señora pitiminí buscando cretona para confeccionar unas cortinas para su casa de verano. Hay de todo: telas para tapizar, telas para disfraces, telas de baño, telas de todo. Unas mesas grandes con metros dibujados a sus lados les sirven a dos empleados totalmente sincronizados para cortar las telas de manera precisa y eficaz: antes de que te de tiempo a arrepentirte o a pedir un metro más, ya habrán hecho un pequeño corte cada uno por un lado de la tela y habrán tirado con las manos fuertemente hacia direcciones opuestas hasta llegar al centro de la pieza y hacer en tiempo record un cuadrado minúsculo con tu retal, anotando el precio en un papel y mirándote con impaciencia para que o les señales cuanto antes la siguiente pieza que quieres, o para que te des el piro. La tienda tuvo su momento estelar, precisamente, en los años 80, porque vendían saldos de Estados Unidos -fuera de temporada allí- a precios muy bajos. Vamos, que la gracia de la trona hubiera valido la pena simplemente por la mañana curiosísima que pasamos allí M., mi madre y yo hará un par de meses.
El resultado de toda esta búsqueda de la tela perfecta – y unas cuantas tardes de la abuela dale que te pego a la máquina de coser- es una trona totalmente vintage, vamos, que miras a M. sentado en ella jugando con uno de esos muñecos de goma – Heidi, Pluto, Espinete, Pedro, Mickey…¡tenemos miles!- y piensas en épocas pasadas, cuando la game boy era un ladrillo gris enorme, Sonic era el rey de la nintendo (y ambas cosas un lujo que no todos teníamos), la canasta era la protagonista de las tardes de verano y las fotos reveladas tenían esa pátina entre mate y brillo que a mí siempre me ha parecido que las llenaba de vida.
A parte de que me encanta que mi niño se críe con cosas con tanta vida, que me traen tantos recuerdos, surge la reflexión de qué y cuánto necesitan en realidad los enanos, cuando es por todas sabido la cantidad de juguetes que van a la basura en muchas ocasiones. Claro que para evitar esto hay un montón de iniciativas para recoger juguetes en buen estado para donarlo a niños que no se los pueden permitir.
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