El muro del jardín

¡Estamos de vuelta!

Qué maravillosa sensación abrir la puerta de casa y encontrarla fresquita y paciente, como esperando nuestro regreso. Como ya he dicho alguna vez, un hogar es algo vivo y en esta semana lejos de él, ha vuelto a quedar claro: la enredadera de la parte de atrás ha trepado casi un palmo hacia arriba; las plantas de la parte de delante han sobrevivo como han podido con mi sistema de riego casero, aunque están mustias, tristes… pero ya estoy poniéndole remedio; el sofá parece descansado; los juguetes de M. están relajados en su cesta, esperando tranquilos la llegada del terremoto; y el cambio mayor, el cambio que nos dejó tan patidifusos como para que las maletas, las toallas, los dodotis del camino y las galletas mojadas de babas del enano que traíamos en la mano cayeran al suelo con estrépito ante la puerta del jardín: la vecina ha puesto una valla entre nuestras casas que nos ha relegado al más absoluto de los ostracismos, constatamos ayer con la boca abierta bajo el sol achicharrador de las tres de la tarde en Madrid.
Se trata de una valla gris, opaca, seria y con clara intención de marcar un límite, un hasta aquí, un éste es mi espacio y ese de ahí, el tuyo. Que conste que, aunque la vecina sí estaba rara últimamente, nada hacía sospechar que lo que tramaba era lo que vieron nuestros ojos atónitos al aparcar el coche después del montón de horas surcando las carreteras del páramo castellano sobre él. Últimamente apenas saludaba – es la vecina de la derecha, no el vecino hippie que cultiva hortalizas en el jardín-, si yo estaba con M. en nuestro jardín se metía para dentro, si el gato dormitaba sobre mi jardinera salía corriendo a buscarlo. En fin, creo que no le gustan los niños ni los ruidos que indican vida y alegría. Y contra esto, claro, los setos que nos separaban no era suficientes para alejar nuestra vida de la suya.
El caso es que entre montones de ropa sucia, maletas con olor a la casa esa que parecía la sala común de Slytherin, toallas que todavía hoy siguen soltando arena mientras esperan su turno en la lavadora, de vez en cuando mirábamos por la ventana hacia el jardín sin dar crédito al cambio que había operado en él sin nuestra intervención. Estamos deseando bautizar la valla, dudamos entre dos opciones, de momento gana por goleada la opción muro de Berlín. Aunque a veces cuando me asomo y veo esa cosa horrorosa entre las dos casas pienso en que igual la mujer nos ha hecho un favor, hombre, y nos quiere preparar para un ataque nuclear, no sé.
En fin. Lo que está claro es que ella lo que quiere es no vernos y que no la vemos nosotros. Pero lo que ella no debe de saber y nosotros tampoco vamos a decir, es que ha dejado la valla a la altura justa para que podamos asistir diariamente (con suerte unas dos veces al día) a un espectáculo desternillante: la cómica visión de la calva de su novio como flotando en el jardín sobre la valla triste, deambulando de un lado para otro comprobando las nimiedades que le hacen feliz.
Vernos a los tres apretujaos mirando por la ventana de la cocina mientras cenamos con los carrillos llenos esperando el espectáculo capilar, no tiene precio. Y las risas que nos echamos a su costa, tampoco.
Ahora eso sí, por mi lado la voy a pintar de algún color alegre, de un color bonito. Allí se quede ella en la parte oeste con su novio calvo y su vida gris.
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