Qué no se me olvide

Qué no se me olvide que ayer estábamos tú y yo solos en la cocina, esperando al papá. Qué tú estabas en la trona con el pelo todavía mojado del baño, y yo de pie esperando a que hirviera el agua para calentar los cereales. Como tenía hambre, saqué el melón y partí un trocito para ti y un trocito para mí.
Qué no se me olvide que entonces, empezó a sonar Ben E King en la vieja minicadena de la cocina y que yo te empecé a cantar when the night has come and the land is dark y te pedí stand by me, stand by me. Qué no se me olvide que no me hacías caso, que sólo mordías el melón y te resbalaban las gotas por las manos, por las muñecas, por los mofletes. Lo mordías muy fuerte porque estaba frío y creo que te aliviaba el dolor de los dientes. Qué no se me olvide que aunque estábamos tan cerca, también parecíamos dos amigos con muchos años de diferencia entre sí, conviviendo en armonía cada uno pensando en sus cosas.
Qué no se me olvide que yo quería que no se me olvidara y que la canción me hacía un poco de nudo en la garganta, que no se me olvide que me acerqué a sacarte la foto antes de que se rompiera la magia porque te estaba viendo empezar a perder pie porque te impacientabas al no poder morder el melón todo lo que tú querías.
Qué no se me olvide que entonces te lo empecé a cantar de cerca, olías a melón y el agua se evaporaba, y yo sólo te decía I won´t be afraid just as long as you stand, stand by me;qué no se me olvide que entonces parecía que me entendías, porque me mirabas y te reías sin soltar el melón, aunque yo te veía la risa en los ojos y en la nariz.
Qué no se me olvide que empezó a llover y te cogí y abrimos la ventana y el olor a la tierra mojada del lío que tenemos montado en el jardín cambiando las jardineras entraba a la cocina y nos llenaba a los dos de alegría, lo sé porque te reías mientras los últimos acordes de la canción y la voz azul de Ben te pedían que contaras con él.
Qué no se me olvide que al final, como cada noche, me hiciste un quiebro profesional y acabé estampándote la papilla en el flequillo, justo cuando el papá abría la puerta y se quejaba de la lluvia y entraba directo a por ti y os ibais al salón mientras yo cerraba la ventana e intentaba que no se me olvidara ese momento de magia que nos acababa de regalar el viernes por la tarde mientras comíamos melón en la cocina.

El comunista

M. me ha salido rojillo.

Él no lo debe de saber todavía, pero serlo, lo es. Es la única explicación que le encuentro a que, cuando se duerme, levante su puño hasta la altura de la oreja y le deje ahí, apoyado, hasta que se despierta. Casualidad, tic, manía…todo esto me podríais alegar. Y estaríais en lo cierto, si no hubiera más pruebas que lo indicasen con tanta claridad como lo indican.
Pero las hay: mi niño es un niño así como despegao, desprendido diría yo, de los bienes materiales o alimentarios.  Él tiene una galleta en la mano, pongamos por caso. Tú te acercas a lo que sea, o mismamente pasas por allí y ya pues aprovechas a darle un besito en esa nariz redondita irresistible que tiene. En cuanto él te divisa, mira la galleta. Te mira a ti. Vuelve a mirar la galleta que sostiene con toda la mano, con miguitas húmedas pegoteadas en sus deditos, y finalmente, con movimientos lentos y los ojos muy abiertos, te la acerca a la boca. Quien dice la boca, dice las gafas o la nariz o el pómulo derecho: todavía no pilota muy bien el tema de para qué sirve cada orificio o superficie corporal.
Una vez que te la ha acercado, él no concibe que no le des un bocao y le agradezcas el regalo con grandes aspavientos y vítores de alegría. ¿Veis? Comunista.
Otro ejemplo, por ejemplo. El tema de la propiedad privada: este concepto todavía se le escapa. Y además, lo mismo le da que sea tu reloj como que sea tu pelo: él se tira a por ello. Y creo yo que en su pequeño cerebro -llenito de neuronas a pleno rendimiento, asimilando a toda pastilla saberes, colores, olores, sentimientos, texturas, lugares-, él lo teoriza del siguiente modo: si yo comparto, ¿por qué tú no? Y tanto es así que lo exterioriza de modo muy básico: tiro lo que sea que tengo en la mano y ya no me interesa, tómalo si lo quieres, ¡pero dame eso que yo quiero por favor!
Y así estamos. Yo creo que es una etapa, lo pasamos bien cuando la desarrolla en casa y un poco peor cuando la desarrolla en el súper, tirando del pelo con todas sus fuerzas a la rubia estirada que compra tomates cherry y sacarina delante de nosotros.
El caso es que ya de noche, cuando el fin del día se acerca y le miro dormido en el sofá, con su puñito en alto, le imagino soñando en blanco y negro imágenes de Mao, de Stalin, viajando en su cabecita por la historia mundial, recogiendo material que le venga bien para poder seguir investigando a su bola, cogiéndolo todo, dándolo todo, llevando hasta el último extremo eso que su mamá tanto le repite desde bien chiquitín:
 Hijo, compartir es vivir.
Y buscando esas justificaciones históricas se lo debe de pasar tremendamente bien, porque a veces, algunas noches, se le escapa una sonrisa entre los sueños, entre los labios, para hacerme babear un poco más, para hacerme quererle un poco más.