Capítulo 6: Queda un minuto menos.

Voy a avisar de una cosa: el día que tengáis un hijo, futuros padres y madres del mundo, vais a saber lo que es bueno. También vais a saber otro montón de cosas, entre ellas que aguantar una rabieta de casi media hora en un bar en plena calle Preciados puede ser un buen momento para pensar en cómo era la vida antes del parto y reíos, internamente eso sí porque exteriormente tendréis otras cosas más urgentes que hacer, mientras intentáis encontrar vuestro antiguo yo pre maternidad.
A veces M. parece un niño de paz.
Pongamos por caso que una lleva ocho meses hablando de su hijo en un blog, un hijo que protagoniza casi a diario historias que, a nada que una tenga ganas de reírse, se convierten en trastadas de las que molan. Sigamos poniendo por caso que ese mismo niño travieso llega a un bar donde su madre va a ver a unas amigas y de pronto parece que se ha tragado un biberón de valium. La madre alucina, la madre avisa de que esto no es lo normal, la madre, en definitiva, sabe que aquello es una cosa tan extraña e inusual que no podrá durar mucho. 
Y no duró, claro. 
De modo que este capítulo está dedicado a La Rabieta, esa primera vez que deja a la madre tan patidifusa como acojonados quedan todos los espectadores del diabólico espectáculo. 
Así pues, la primera idea clave de este tema es la aceptación de que, tarde o temprano, esa rabieta llegará. El día que menos los esperes, el día que más llueva, el día que más gente haya, el día en el que te has llevado al niño descalzo y no puedes sacarlo a andar a que se desfogue. 
Una vez asumido esto, madres y padres del mundo, lo demás viene rodao. Antes del parto, podríamos incluso afirmar que hasta en el último minuto antes de que la descendencia abandone el útero materno, los padres ven a un niño con rabieta y lo primero que piensan es: a mí eso no me pasa ni de coña, un par de gritos bien daos y vamos, más derecho que una vela. 
Y la madre que en ese momento soporta la rabieta, te mira y piensa, así de buen rollo y en son de paz, con ese buen amor que a una le sobreviene cuando se convierte en madre: qué ganas de que tengas un hijo y te monte el pollo en medio del vagón del metro, bonica, a ver por dónde sales tú. Idea que, básicamente, se me cruzó ayer por la mente del orden de unas veinte veces mientras la gente que paseaba navideña por Callao me miraba con cara de pena/compasión/intransigencia/telomereces/eso los míos no lo han hecho nunca.
El caso es que parece bastante demostrado que lo mejor cuando empiezan a llegar las rabietas porque el enano no puede hacer lo que quiere y se cabrea, es capear el temporal como una buenamente pueda, sin dejar solo al chiquillo pero sin ceder ante lo que quiere. 
La teoría está de puta madre. Clara, concisa, sencilla. 
Pero luego llega la práctica. Y la práctica consiste, más o menos, en que tu hijo de ojos lindos comienza a berrear y a congestionarse con un ritmo que crece exponencialmente y que llega a su máxima expresión a los cuatro minutos de haber empezado, manteniéndose en ese nivel del orden de otros veinte minutos, sin tregua casi para respirar. Al minuto tres la madre ya ha pensado un par de veces tierra trágame, pero yo a éste muchacho no le doy más cocacola por mis cojones, éa, que sea lo que la rabieta quiera. El niño Chucky se retuerce, patalea, araña y, por cuestiones que nadie más que él alcanza a comprender, se empeña en arrancar las gafas a la madre para mandarlas a la calle junto al hombre que reparte papeles con las ofertas del restaurante turco de al lado. 
Habitualmente M. prefiere emplear sus dedos
 en menesteres menos agresivos
Llegados a este punto comienza el verdadero trabajo: la madre sujeta al niño con el brazo izquierdo mientras con el derecho agarra con amor las escurridizas manos del gremlin para intentar que no lleguen a las gafas. En algunos momentos de flaqueza materna, el niño las alcanzará y entonces saldrá otro brazo de no se sabe dónde y esa madre pulpo tendrá que seguir sujetando al niño, quitándole las gafas de las manos sin ver  más que lo justo -es lo que tiene la miopía- y a la vez sujetando esas otras manos invisibles que los niños desarrollan durante las rabietas y que lo mismo agarran un pendiente que pegan un manotazo al aire a ver a quien alcanzan y que a mí, personalmente, me hacen replantearme esa idea tan extendida que dice que los niños no son autónomos. Yo digo, aquí y ahora, que ayer en esa media hora M. hubiera sido capaz de desmantelar el bar él solito y extender su energía destructora por todo el centro de la ciudad, asustando a las palomas despistadas y a los turistas de nariz roja que alucinan con las luces de Madrid.
A todo esto, la cara de la madre es de la más absoluta tranquilidad, nadie diría que sólo piensa como un mantra: ya queda un minuto menos, ya queda un minuto menos, ya queda un minuto menos. Pero sí, la madre lo piensa mientras, simultáneamente, manda a tomar por culo mentalmente a los que la miran mal cuando pasan delante del bar. 
Al final los minutos van pasando, el niño no se calma pero la madre no flaquea: canciones al oído, besos cuando se puede, palabras de amorcito con tono de paz, no me quites la gafas, no me quites las gafas, ven que te limpio los mocos, mírame y verás que no pasa nada, que si te calmas todo va a estar igual, no me quites las gafas, coño.
Al rato, como todo el mundo pronostica aunque parece increíble en pleno espectáculo, llega la paz. Y tan de pronto como se fue, oye. De pronto el niño no puede más y sólo quiere mimos. Y esa madre toma asiento con todo el glamour que ha podido rescatar tras esa media hora de ejercicio físico y mental y, mientras se saca la teta, levanta la vista hacia las chicas. 
El susto al comprobar que no ve nada puede hacerle pensar por unos segundos que al final el niño se las arregló para sacarle un ojo que ahora rueda calle abajo, pero no. La única secuela de la rabieta son los cristales de las gafas llenas de dedos de M., unos dedos que a lo largo de ese rato del demonio han conseguido llegar a las gafas más veces de las deseadas y han convertido a los cristales en superficies cuasi opacas. Y el caso es que el niño está tan tranquilo en la teta tras el despliegue de medios durante la media hora terrorífica que la madre dice: que le den a las gafas, yo no me muevo para limpiarlas. 
Y entre eso y el pelo a lo descarga eléctrica ella supone que las compañeras no se ríen por educación, pero que risa, lo que se dice risa, debe de dar. El caso es que no puede por menos de reírse ella misma mientras se recuerda recorriendo el cuadradito del bar con el demonio en brazos, asomándose a la puerta a ver si el aire fresco calmaba a la fiera y quitándole como si nada las gafas al niño para volver a ponerlas en su lugar y enfocar la cruda realidad que se empeñaba en afirmar que sí, que la rabieta todavía existía. 
He aquí un inciso para gafudos: todo el mundo sabe que sin gafas no se oye. Yo confieso que había ratos en los que M. conseguía su objetivo en los que quitarme las gafas era como ponerme tapones en los oídos que hacían que por arte de magia, bajaran las revoluciones de los gritos. Ganas no me faltaron de dejármelas sin poner: ojos que no ven, corazón que no siente; qué coño.
Lo cierto es que visto con la perspectiva de las horas, no sé quién lo pasó peor: si M. cuando no era capaz de controlarse y me miraba suplicando ayuda para calmarse, o yo acompañándole en el trayecto. Bueno, mis brazos sujeta niños endiablados tampoco se quedan atrás: el izquierdo, en concreto, no fue capaz ni de dar el intermitente sin antes presionar medio cuadro de mandos del tembleque que llevaban cuando nos alejábamos, contentos, exhaustos y con dos grandes nuevas experiencias, por las calles mojadas y de colores de Madrid.
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13 comentarios en “Capítulo 6: Queda un minuto menos.

  1. Beatriz dijo:

    Ays, Pauliña, cómo te entiendo! Y eso que Jaime las rabietas las tiene de puertas adentro, que en la calle es muy comedido, y eso quieras que no también tranquiliza… Pero vamos, que mil de estas. Ahora mismo es casi la una de la mañana, tengo una lavadora puesta después de una vomitona y al gordo durmiendo como un angelote a mi lado. Yo creo que las madres tenemos un sexto o séptimo sentido para templar nervios, contar hasta diez y poder con todo lo que se nos ponga por delante. Jajaja, estoy segura de que controlaste esa rabieta como una campeona! Oye, y qué tendrán los polvorones? Jaime lleva todas las navidades jugando con ellos de aquí para allá! Un besiño guapis, cómo me gusta leerte!

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  2. Mo dijo:

    Ahora sí que puedoooo! Bieeen!
    Pues nena, tu crónica de la rabieta es épica. La de veces que habré pensado antes de ser madre que a mí no me pasaría eso…¿No quieres caldo? ¡Tres tazas! 😉
    Buen Año!
    Muas!

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