La teoría de la evolución

Estar preparando a marchas forzadas una oposición para profesora de historia supone una serie de cosas, destacando entre todas ellas una que marca todos los demás: la creación de un batiburrillo mental entre presente y pasado difícil de digerir. Digo esto porque ya van dos noches en las que me despierto de madrugada acojonada perdida pensando que el chamán con el que sueño está a mi lado invocando  a los mamuts, plantificado en mi mismísima mesilla de noche, entre el bote de nenuco y las gafas.
Hecho no evolutivo: pintarrajear en lugares prohibidos

Dejando a un lado estos sustos provocados por acostarme cada noche medio segundo después de haber cerrado el manual y sin tiempo para hacer el tránsito adecuado para recomponerme en mi realidad y no en la de mis antepasados, esta experiencia está suponiendo una fuente inagotable de nuevos saberes asociados. Por ejemplo: creo que hay algunos elementos humanos que no han evolucionado nada, pero lo que se dice nada, desde que el primer Homo Sapiens se irguió de entre sus antecesores y dio lugar a esta nuestra especie. Que está muy bien eso de que domesticaran a los animales y a las plantas, eso de dejar de ir un lado para el otro y asentarse en lugares concretos donde vivir en paz, con sus tierras y sus valles cultivados, con sus équidos pastando tranquilos a las puertas del poblado. Todos esos elementos fascinantes y misteriosos, junto a otros más culturales, fueron en su día los responsables directos de que hoy seamos como somos, tengamos la pelvis como la tenemos o de que las muelas del juicio nos jodan de lo lindo en ocasiones. 

Pero, ay, creo que he descubierto que hay cosas en las que nos hemos quedado anclados en el tiempo, en esos salvajes y misteriosos atardeceres prehistóricos. Por poner un ejemplo para empezar, así de pronto se me ocurre hablar de las madres prehistóricas. Podríamos afirmar sin desviarnos mucho de la pasada realidad que algunos momentos maternofiliales al pie de la choza neolítica tendrían, pero fijo, aspectos que podemos encontrar, sin despeinarnos lo más mínimo, en las familias de hoy. 
A simple vista saltan hechos como el parto, la lactancia… que evidentemente llevamos milenios haciendo como nuestras antecesoras: es fácil pensar en esas madrugadas glaciares en las que al asomarnos a las casas de ramas y piedras veríamos a las madres arrebujadas bajo las pieles junto a sus hijos, dándoles calor y dándoles alimento. Preciosa estampa, idílica donde las haya y además de esas imágenes mágicas a las que echar mano para evadirse cuando aparece tu hermano y te dice así como si nada: ¿y hasta cuándo va a estar el niño chupando de la teta? Más que nada porque el día menos pensao, te raspa con el bigote. 
Pues bien, además de este tipo de conexiones evidentes y orientadas al tema biológico, aparecen otra serie de pensamientos más tendentes al comportamiento de los enanos. Son esa serie de comportamientos para los que da igual ir en taparrabos que con pijama de Mickey, estar a la puerta de un poblado o a la puerta de una tienda en un inmenso centro comercial o tener una madre que estudia o una madre que pinta animales y secuencias misteriosos en las paredes.
Uno de estos comportamientos aparece ilustrado más arriba: efectivamente, la evolución para eso no ha andado lista, de modo tal que un niño de menos de tres años, sea lo que sea lo que tenga la madre entre manos, lo querrá tener él. Esto es así hoy y seguro, pero seguro, que era igual hace miles de años. Para triunfar en su propósito, el niño no dudó/dudará en trepar por las piernas de la madre o por el sofá, para coger la cara de la progenitora con las dos manos rechonchas y calientes y girarla hasta el límite físico que evita romperse la nuca para colocarla en la posición mágica: aquella en la que los ojos preciosos del hijo quedan a tres centímetros de los ojos ojerosos de la madre y que dicen: déjame pintarrajear, mami. La madre, evidentemente, no le dejará. Pero la madre es humana y en un momento dado se moverá del lugar de estudio o meditación y el niño, listo como sólo puede serlo el último descendiente de una gran estirpe milenaria, encontrará  el trozo de carbón y dibujará en la pared de su madre chamana de la tribu o encontrará el pinturín escondido y dejará su huella en el manual de historia de su madre -a duras penas- opositora. 
M. celebrando alborozado un momento
yosolito culminado con éxito
El otro ejemplo del que estoy segura también encontraríamos muestra en el pasado más prehistórico es el de la posición culo hacia atrás, también conocida como posición yosolito. Esta posición no es otra que la que el niño empieza a ejercer en una proporción que aumenta al mismo tiempo que su independencia, y que empieza a poner en práctica desde el mismo día en el que aprende a estar solito de pie. La posición suele reunir una serie de requisitos básicos: un niño agarrado a algo inestable, una madre que ve avecinarse la hostia y ese mismo niño empecinado en que él solito, puede. La sucesión de hechos lleva siglos siendo más o menos como sigue: el niño agarrado a una viga de madera inestable en el interior de un granero colectivo en un poblado neolítico el corazón de Europa o a la puerta de cristal de un establecimiento hiperfamoso en un centro comercial en pleno siglo XXI, decidirá que quiere dar un paso hacia un lugar todavía menos estable; la madre, preocupada por la integridad tanto del hijo como del entorno, acercará la mano cauta y entonando cantos de sirena para atraer al hijo hacia sí y evitar los hechos que probablemente ocurrirán. El hijo, nada más divisar la mano materna, pondrá en marcha la posición: piernas entreabiertas, brazo libre hacia atrás con el puño cerrado y culo en pompa jugando casi a romper el equilibrio, agachando tanto el tronco que ves la frente y el flequillo del niño limpiar el suelo de mármol pulido. Si habla dirá: yo solito y si no habla, gruñirá muy cabreado -el caso de M.- antes de dar su paso triunfal. 
Afortunadamente, lo más normal es que -contra todo lo horrible que la madre pronostica- no pase nada y que el enano lo tengan todo bastante controlado, culminando la hazaña con una sonrisa de esas que hacen época. Ahora, que si el granero se viene abajo o la pequeña nariz acaba estampada contra el cristal del Primark, los lagrimones en busca de mamá y los achuchones curatodo, creo yo, son igual de sentidos que hace diez mil años. 
Para el tema del amor por los pequeños y la necesidad de mamá en momentos difíciles, parece que la evolución supo llegar a su límite máximo enseguida 🙂
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13 comentarios en “La teoría de la evolución

  1. Blan dijo:

    Jajajaja, me encantaaaa! Ya me imagino al bebé del Neolítico, corriendo a toda velocidad hacia la hoguera en taparrabos mientras la madre se lanza en plancha a evitar el contacto. Como yo cuando Eva se acerca al horno… 😛

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  2. Beatriz dijo:

    Paula, qué divertido y qué bonito… Jo, yo también creo que los humanos del siglo XXI nos parecemos mucho a los de los otros siglos. Aunque vayamos de superguays y nos creamos muy modernos y avanzados… Y en cuestiones de maternidad, pues mucho más! Esa cosa de proteger a la cría es como del Neolítico, vamos! Jejejej, un besiño guapis!

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