El parque en las mañanas

Todas las mañanas, llega un momento en el que M. aparece corriendo por el pasillo, en calcetines y con el pelo al viento, gritando: ¡A calle, a calle! ¡Apaillas, apaillas! Que nos vayamos a la calle y que le ponga las zapatillas, dice. Suele anunciar que ha llegado el momento de irse porque considera que ya ha hecho en casa todo lo que tenía que hacer: destrozar, digo reorganizar, la cocina y el salón mientras yo curro.

El  niño del tobogán

Como decía, esas palabras de un M. que viene como una centella hacia mí son el pistoletazo de salida hacia una de esas fases en la vida de casi todas las madres que consiste en una carrera hacia lo conocido, de la que sabes que te va a costar la misma vida salir: la visita al parque. ¿Cuántos posts habrá escritos sobre la flora y fauna en los parques? Cientos, miles, posiblemente cientos de miles. Bueno, pues éste no es uno de ellos. ¿Por qué? Pues porque los parques por las mañanas no tienen nada que ver, pero nada, con los parques por la tardes. Así de simple. Nuestro parque por la mañana es un remanso de paz y luz, donde los únicos beneficiarios de tan espiritual regalo somos unas abuelas que mecen los carritos de los nietos al sol, algún perro solitario, unos acróbatas en prácticas, M. y yo.

De modo que lo que otras veces es una travesía del horror para sortear grupos de madres cotillas, niños pesaos que roban juguetes, abuelos mirones, corrillos insufribles de los que el único modo de escapar es siendo muy borde… por las mañanas es un auténtico gustazo. De verdad. Se oyen pájaros, huele a pan, M. no desaparece entre hordas de niños más grandes que él, me da el sol en la cara mientras se tira del tobogán con otro niño cuyo padre saluda cortés y se dedica a cuidar a su bebita entre sol y sombra, y siento que no hay nada más placentero que precisamente eso, estar sentada al pie del tobogán para recibir al niño que aparece de pronto entre mis brazos como caído del cielo sobre todo mi buen rollo solar.

Todo súper bucólico.

El problema está en que debe ser que M. no acaba de apreciar toda esta belleza urbana que yo respiro a narices llenas como una parte de las más maravillosas de nuestra rutina, porque tiene la costumbre de ponerse a rajar con la primera persona que se interponga en su camino, o en su defecto en su tobogán. M., no es que lo diga yo que soy su madre, habla el tío como si fuera Pío Baroja. ¡Qué claridad, qué pronunciación, qué riqueza de vocabulario! Por eso mismo no comprendo por qué los niños o abuelas con los que M. habla en el parque, de pronto, me miran con un sorprendente gesto de interrogación y me preguntan con media sonrisa ¿qué dice la nena? Tras especificar que es un niño, empiezo a ejercer mi segunda profesión: traductora infantil. Y toda mi paz se disuelve en una conversación a tres bandas, que de verdad, no sé pa´que me presto.

El niño habla de sus cosas: que si hemos poncrado el pan, que si un perro ha hecho pis, que si el togán mola, que si hemos tirado la basura…en fin, que el día menos pensado  empieza a contar intimidades a voz en grito. El caso es que claro, se lo tengo que traducir a las abuelas y ellas empiezan con lo suyo: y qué mayor eres, y qué ojos tienes, y cuántos añitos tienes, y…y M. se aturulla y ya no sabe si contar lo suyo o contestar a lo ajeno y yo, ahí estoy, en medio de todo el marrón agachada en cuclillas con unos calambres de flipar sin saber ya para dónde tirar: si por el niño o por las abuelas. A veces me digo: lo más fácil va a ser inventarme algo como si lo dijera el niño (imaginarse, por ejemplo: que dice que ya tiene ganas de irse a casa, y que hasta luego) y salir de aquí por patas. Otras veces pienso: venga, va, que está el muchacho aprendiendo a relacionarse y este tipo de interacción tiene que ser buenísima para sus conexiones neuronales. Y a todo esto sigo allí con la sonrisa, las rodillas machacadas y esa sensación algodonosa que se tiene cuando se tiene un hijo y hace lo que sea y tú lo ves: puro amor del bueno. Total, que vivo en un sinvivir, porque esas conversaciones a veces se alargan mortalmente en un bucle infinito del que mis rodillas y mi mano que peina el flequillo del niño para que las abuelas no me repitan que se lo corte, ya no saben salir.

Pero luego, ya de vuelta y con el enano dormido, pienso en que qué leches, que nos quedan pocas mañanas de sol, sin abrigo, sin gorro, sin bufanda, sin trastos molestos, solos él y yo disfrutando del parque y de la vida cotidiana que, en este pueblo por las mañanas, se mueve lenta y apacible… con abuelas incluidas 🙂

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11 comentarios en “El parque en las mañanas

  1. Maribel Peña dijo:

    Pué ya verás cuando M. pronuncie sin necesidad de traducción! Es un infierno!!! Mi hija mayor cuenta nuestra vida y el mediano añade lo que se le olvida!!! Y se hizo amiga de un montón de abuelas y las saluda por la calle como de toda la vida!!
    Bs 🙂

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  2. xikimami dijo:

    De verdad existe ese lugar del que hablas??? SI?! jajajajaj
    Cuando yo llego del trabajo y salgo al parque, apenas queda sol, y todas las madres me miran e intentan darme conversación, mientras sus hijos disimuladamente le roban las palas y el cubo a la mía.

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  3. Blan dijo:

    Jaja, me encanta tu parque mañanero… yo lo he disfrutado alguna mañana de verano y la verdad es que mola mucho. Nosotros también huimos de los parques masificados, hemos descubierto otra Hora Feliz (para nosotras) de los parques, y es entre las 19:45 y las 21h. Justo cuando papi sale del curro, quedamos en el parque y jugamos los 3 solos, luego nos tomamos un par de cañitas y un “sumo con papita” en el bar de enfrente, y pa casa. Es tardísimo para la gente normal, pero siempre fuimos de horarios “torcidos”, y para nosotras es la gloria… 😉

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