Los discursos

Llega un momento en la vida de toda madre o de todo padre, en el que básicamente lo que haces a lo largo de todo el día es dar discursos. Más o menos encendidos según el tema que te ocupe, pero discursos al fin y al cabo. Los niños, listos ellos, no tardan nada en darse cuenta de por dónde van los tiros y clasifican enseguida los tipos de charlas que les dan los padres. Las charlas que más les interesan suelen ser las que explican cosas: “¿Me espicas, mamá, me espicas qué es eso, me espicas? Ahí sí que les tienes encandilados un montón de minutos escuchando tu explicación con atención: qué son los tambores de Semana Santa, qué es un tractor, por qué te echas cremas por la panza, por qué te piden el DNI con la tarjeta cuando pagas en el súper. En esos temas, oye, ponen todo el interés del mundo.
M. en pleno “ah, entiendo” un día
 en los que decidió que iba a ser más rápido
subir al carro. Es alucinante la capacidad pulmonar
de las madres o los padres, capaces de empujar
carro con niño y compra mientras dan un discurso
eterno sobre las bondades de cruzar de la mano
sin quedarse sin aire 🙂
Pero según crecen la cosa se complica y, junto a las eternas y molonas explicaciones de cómo funciona el mundo y por qué las cosas suelen ser como son, aparecen los discursos. Los hay de todo tipo y color, y el enano los detecta al vuelo con su infalible radar anti discursos maternos. Os dejo un par de ejemplos:
Ir de la mano para cruzar la carretera -este es un clásico materno-. “A ver, M., si quieres ir solito, tienes que esperar a llegar a la acera”. 
-“Nnnno, yo soito
-“Que sí, tú solito pero cuando lleguemos a la acera, ¿vale?”
-“No, quieo soito ahoda-mismo” (lo de ahora-mismo es que le sale como en dos sílabas muy marcadas y pronunciadas muy rápidamente que es para partirse de risa)
Y es en este momento en el que, arrodillada junto a él, comienza El Discurso de la Acera: “Vamos a ver, hijo, que todavía eres muy pequeño para cruzar tú solo, que te puedes tropezar, que puede venir un coche alto y no verte, que eres muy bajito todavía, que te puedes equivocar y seguir por la carretera y que tengamos un susto. Por eso, mamá te deja solito en las aceras grandes y por la parte de dentro. ¿A que entiendes que es por tu seguridad para que no pase nada? Puedes darme la mano para cruzar, o puedes subirte al carro, lo que tú elijas”
-“Quieo solito”
Y esto es ya el día de la marmota, hasta que o bien decide subirse al carro para llegar cuanto antes al parque..o hay que seguir de discurso durante quince eternos minutos hasta que el tipo, con una cara de aburrimiento total y súper desconectado de lo que le estás contando, ataja: “Ah, ya entiendo, por la acera soito y para cruzar la mano” 
-¡Eso es! !Vamos! Y yo me levanto como buenamente puedo con un subidón de autoestima materna que lo flipas, y todo marcha sobre ruedas hasta que en el siguiente cruce, cuando mi mano se acerca amorosa y algodonadamente a la suya, se escucha en medio de la calle un grito agudo bastante desesperado: “!Yo soito!”
Lo cual, para mi frustración, demuestra que se aburrió de mi maravilloso discurso y lo de “ah, entiendo” había sido un camelo para dejarnos ya de tanta cháchara y continuar caminando.
Otro discurso muy recurrente: M. quiere hacer una sopa en su cocinita conmigo como pinche, y yo estoy terminando un asunto de trabajo. La cosa empieza más o menos así: “hijo, yo entiendo que te apetece hacer una sopita, y a mi me encanta ayudarte a cocinar. Lo que pasa es que ahora mismo estoy con algo importante y necesito estar sentada con el ordenador otros cuantos minutos más. Yo te aviso, ve lavando las verduras” (por ejemplo). Hasta aquí, todo normal. El problema viene cuando M. no está por la labor de entenderme o el pobrecillo tiene tantas ganas de que le ayude a cortar un puerro que se ciega y no es capaz de escuchar… entonces a mí, lo reconozco, lo que me sale es El Discurso de la Paciencia. La escena continúa: como M. insiste, yo me siento en la obligación de sacar toda la artillería: guardo el documento en el que esté trabajando (nótese que tardaría menos en acercarme a cortar el puñetero puerro de mentira y volver a mis quehaceres), y me pongo manos a la obra a la obra educativa del día: “Mira, hijo, en la vida uno no siempre consigue lo que quiere en cuestión de segundos. Muchas veces hay que esperar, hay que tener un poco de paciencia. ¿Tú te acuerdas de cuando hay que ir a bañar y tú me dices “oto minutito, espeamos oto minutito”? Y yo, que yo sepa, espero, ¿no? ¿Eh hijo, espero o no espero?” 
-“Espeas, entiendo”
– “Bueno, pues tú igual cuando mamá está haciendo una cosa de trabajo. Esperas unos minutos, y yo te aviso cuando acabe ¿vale?” 
Y entonces, con esa lógica que se gasta capaz de tumbar de un plumazo dialéctico al más pichi, suelta un “peo vamos, si ya han pasado los minutos” mientras me tira del dedo con una fuerza considerable en dirección a mi puesto de subchef.
Hay días en los que me meto de lleno en otro discurso un poco más detallado de cómo funciona el tema de la paciencia y la cosa se pone bastante tensa hasta que llega el famoso “ah, entiendo”… y otros en los que me dejo arrastrar a cortar la verdura pensando en que sí, efectivamente, estoy criando a un tío muy listo.


 Demasiao. 😉

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4 comentarios en “Los discursos

  1. Ser Educadora - BRT dijo:

    Los discursos largos y elaborados cuando están cuadriculados rn algo es gastar saliva, el pan de cada dia multiplicado por 22 en mi caso jijii. Hay que ver lo rápido que crecen los niños en casa ajena, sin aun recuerdo las anécdotas del súper que escribiste en SSLM y M era un renacuajo de medio palmo y ahora, además de 'razonar' vas a tener otra criatura!
    Si es que los niños son niños, pero no tontos!
    Un abrazo

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