Sueños en la pescadería

Hoy he tenido una revelación esperando a que el pescadero me limpiara el cuarto de boquerones.
La cosa es que, no sé otras madres, pero yo antes de serlo llevaba el tema de la alimentación sana bastante…raspadillo. Con la independencia de las faldas maternas llegó el desmadre alimenticio, porque enfrentarse por vez primera a esos guisos y delicias que en la casa de las madres aparecen como por arte de magia en la mesa, acojona un poco. Pero bueno, el tema culinario empezó a mejorar durante el embarazo del niño, por aquello del miedo a las matronas armadas con básculas durante las revisiones, por todo lo que iba aprendiendo de cómo influye la alimentación en el enano que vendrá (de esto que eres primeriza y te lees los mismos boletines, informes y páginas web diez veces al día), y porque oye, que es verdad que cuando comía más sano, me sentía mejor. 
Luego, tengo que reconocerlo, llego la lactancia y con ella la buena voluntad se fue a tomar por culo. 
M., sus materiales y su película de cabecera.
Es verdad, lo asumo, fue una época en la que podía más el hambre voraz durante las 24 horas del día que la paciencia necesaria para cocinar. Tampoco es que me abandonara a tope, la cosa era más bien que mientras estaba dale que te pego a los fogones creando unas verduras a la plancha, o unas lentejas, o un pescadito al horno…me estaba comiendo una palmera de chocolate tamaño abanico, así porque sí. Bueno porque sí no, qué coño, porque tenía al niño de tres o cuatro meses chupando de la teta a un ritmo frenético durante todo el día y eso, quieras que no, da hambre. 
El caso es que hoy, como decía, he ido a la compra. Otra vez. Digo esto porque en mi cabeza el orden y la organización brillan por su ausencia, y lo mismo un día anuncio a bombo y platillo que “mañana hago LA compra” y luego resulta que tengo que volver al día siguiente porque me olvidé la mitad de la mercancía. Pero bueno, la cosa es que he mirado al carro distraídamente y al ver la compra que llevaba, con toda su parafernalia de carne, verduras, frutas…en fin, lo que viendo siendo lo sano de la nevera, no he podido evitar pensar en todas y cada una de las madres del mundo. No incluyo a los padres no por nada, si no porque tengo la sensación de que en casi cualquier casa, y mucho más en las generaciones anteriores a la nuestra, la cosa nutricia y de crianza alimenticia de la prole ha sido cosa de las madres.
Me he acordado de M. mientras come cada día en su trona, y me han venido a la mente todos los caldos que nos hizo mi madre; todas las pechugas empanadas, todos los platos de lentejas, todas las pescadillas que se mordían la cola, todas las coliflores con bechamel, las sopas de pescado, las tortillas de patata, las hamburguesas, las croquetas, la pasta, las cremas de verduras, las paellas, los bizcochos de yogur. Todo eso y muchas otras comidas en bucle, comida y cena durante más de veinte años a tres hijos. Sin repetir o repitiendo lo justo, pensando en lo que habíamos comido esa semana, en lo que comeríamos la próxima. Yendo al mercado a por ello, eligiendo, pensando, comparando, congelando, combinando, atendiendo en la medida de lo posible a los gustos de cada uno sin dejar de cocinar sano y variado. 
Agotador. Y a todo eso súmale la paciencia de acompañar a los hijos en el camino del buen comer cuando son pequeños: se empieza por el tema de que aprecien la variedad, que coman la fruta, que prueben de todo, que aprendan texturas… y según suman años se unen todo lo demás: no te limpies con la manga, no te metas tanto que se te hace bola, no eructes en la mesa, no pinches al hermano con el tenedor, no robes el pan, no te duermas sobre el plato…en fin, ese tipo de cosas que esperas que con el tiempo hagan mella y ya, por puro aburrimiento, les salgan automáticas en un futuro cada vez que se sienten en una mesa a comer. Ardua tarea a la que nos encomendamos los progenitores, pero oye, que se acepta con alegría y un sentimiento de poder en plan “a dios pongo por testigo que este niño sabrá comer (bien y sin parecer el hijo de Shrek)” que mola lo que más. 
Luego, el día que le plantas delante un plato en el que has invertido media tarde y tuerce el morro, pues el sentimiento ese de súper madre alimentadora de polluelos, cambia un poco. Suele tener dos vertientes: una tipo “qué ganitas de ir a por un embudo y empapuzarte a coliflor, chico” y otra tipo “pues mira, hijo, aquí tienes la leche y las galletas: hártate; ya hablaremos en un futuro”.
Me ha sacado de mi ensoñación maternal el pescadero, ya digo, diciéndome aquello que tantas madres escuchan a diario en tantos mercados del mundo de “¿qué más te pongo?” mientras M. intentaba robar unas gambas. 
Ya veis, es que nos ha salido cocinero 🙂
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2 comentarios en “Sueños en la pescadería

  1. Opiniones incorrectas dijo:

    Jajaja me tenías que ver a mí con la fruta y la verdura siempre en el menú xD Mi hijo aún no come, pero su padre sí y hay que instaurar las buenas costumbres 😛 Eso sí, a mí la lactancia no me dio hambre, eso era en el embarazo, que me comía lo que pillaba, pero después de dar a luz volví a tener un apetito normalejo.

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