Los restos del naufragio y el pan

El otro día, nos reíamos mis amigas y yo viendo una foto. Salía en ella una mamá en la oficina, de punta en blanco, sin ojeras, con el pelo planchado, súpermolona y bastante cañón. La mujer, sin soltar el boli, se estaba extrayendo leche de un pecho como si nada, con un sacaleches supersónico de esos que casi sacan más que los propios bebés. Nos reíamos, digo, porque era la viva imagen del éxito: mujer trabajadora, con tiempo para cuidarse, madre sacrificada y además, pivón; así más o menos la describió una de las amigas. Yo eso no lo conozco. De hecho últimamente solo conozco el otro lado: las noches largas, las tardes de rabietas, las tomas infinitas, el moño perpetuo.
Dejando a un lado el tema del aspecto físico, que sí hay mamás que se apañan divinamente para ir súper guapas y hasta peinadas, lo que no me acabo yo de tragar es ese aura de “qué vida tan fácil tengo” que transmitía la foto. En mi humilde opinión y escasa experiencia, diré que en la maternidad, cuando parece que lo tienes todo controlado… ¡pum! aparece una etapa nueva que te descoloca los esquemas otra vez. Dejando a un lado los desvelos que trae la lactancia, si come o no, si habla o no, si sabe los colores o no… eso pasa, y casi siempre está todo bien, simplemente era cuestión de tiempo y de dejarles espacio para desarrollarse a su ritmo. Pero llega encontrones lo otro, la otra parte: qué duro no saber qué le pasa por la cabeza al enano de tres años y medio, qué frustrante no poder encontrar la palabra exacta que le ayude a frenar esa explosión que lo arrasa todo con un torrente de energía desbordante y que cuando acaba te hacer decir: “ahora, por pura lógica, se tiene que dormir”.
M. cuando las emociones no le juegan una mala tarde.
Pero no se duerme, no. Tras muchas lágrimas (por ambas partes, no sé si la mamá del sacaleches llorará también), una vez que aceptas que esas rabietas son su manera de expresar el desconcierto que siente y cuando estás preparada para afrontar otros veinte minutitos más de huracán… de pronto, sin saber cómo ni por qué, se calma. Deja de gritar desesperado y nos mira desde el centro del salón con los ojos llorosos y la cara roja del esfuerzo y coge y dice: “te necesito, mamá, y necesito merendar”. Claro, flipas, tú que estabas lista para la gran batalla. 
En fin, no desaprovecho la oportunidad (no sea que se vaya igual que vino) y nos damos un súperabrazo curatodo que hasta hacía tres minutos parecía tan lejano.  Con la mente casi en blanco, con media sonrisa de alegría y en medio de ese estado zen que se alcanza muchas veces cuando se abraza a un hijo fuerte y con los ojos cerrados, de pronto y totalmente fuera de lugar, noto olor a pan. Qué flipe, digo, ¿de dónde sale ese olorcito?
La respuesta se nos abalanza encima, llegando a ordenar los restos del naufragio que somos M. y yo:  Laniña, feliz, despeinada y con un trozo de pan babebadísimo en la mano, nos quiere tocar. Nos mancha con su mano fría que no suelta ese cuscurro de pan ni aunque la pagasen por ello, y va dejando rastros allá por donde pasa porque ella quiere tocar a su hermano, cogerle el flequillo, agarrar mis gafas… ella, mientras hace todo eso, también quiere seguir chupando el pan.
Lo que no sabe, ni siquiera lo puede intuir, es que aunque sea la culpable de muchos de los desvelos de M., acaba de llegar a rescatarnos de la tempestad con un arma poderosa: la risa, y junto a ella la ternura que nos da verla tan feliz explorando nuestro mundo en construcción sin soltar su trocito de pan.
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