Oda al moisés

El moisés es el elemento de puericultura que más he utilizado desde que llegó M. Recuerdo aquel caluroso día de agosto del año 2012, cuando con mi barriga de casi 9 meses monté el artilugio: patas por aquí, canastilla de mimbre por allá y funda hecha con mucho amor por mi mamá para su primer nieto. Allí se quedó montado, muy mono él, a la espera del primer sueño que M. fuera a echarse en él.

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El pobrecillo en horas bajas

Ese sueño, para desgracia del moisés, nunca llegó. Yo lo tenía todo preparadísimo, pero M. nunca estuvo muy por la labor de dormir en él. De todos modos, me dio como penilla quitarlo tan pronto, con lo que había trabajado mi madre para que quedara una funda que es que es un primor. Total, que se ve que un día empecé a apoyar en él la ropita limpia de mi niño, nada, cuatro o cinco prendas de algodón que no ocupaban nada. Parece que ese lugar me pareció cómodo para ir colocando la ropa del niño que traía limpia del tendedero, y como es por todo el mundo conocido que las horas de las madres duran menos que las horas del resto de la humanidad, fui viendo cómo había días que no me daba tiempo a doblar la lavadora… y bueno, se empezó a acumular una cantidad de ropa, digamos, perceptible.
No sé en qué momento aquello se me fue de las manos, pero lo cierto es que en pocos meses el moisés se convirtió en un armario ropero… hasta hoy. Lavadora que se recoge en esta casa, lavadora que se pone en el moisés. Reconozco que hubo un momento, más o menos cuando faltaban dos meses para que naciera Laniña, en el que me senté mirando fijamente a nuestro moisés y pensé en vaciarlo para tenerlo listo el día en que llegara con ella del hospital. Me puse a ello, quité toda la ropa y destiné con diligencia cada prenda a su cajón correspondiente. Lo que pasa es que al mirar al fondo de la canastilla, me encontré con un tesoro digno de las mejores historia de naufragios: gomas del pelo, cochecitos, calcetines sin pareja, varios desodorantes (yo siempre compraba desodorantes y decía: joder, si es que me desaparecen; ese día encontré la explicación), pinzas de la ropa, botes de crema, llaves de repuesto, bolitas de algodón. Ver todo aquello junto a la inmensidad que ya llevaba yo de serie me hizo pensar muy seriamente en adoptar el minimalismo como estilo decorativo y de vida en general, pero claro, fue aparecer M. por allí cargado de sus materiales, como él llama a todos los tratos que encuentra por el mundo, y desvanecerse mi idea en el mundo de las utopías. El caso es que lo coloqué todo, lo juro. Dejé el moisés listo para el sueño de otra hija nueva… pero éste tampoco llegó, y hoy es el día en el que el moisés vuelve a ser un armario, con su fondo y su todo.
Lo que pasa es que parece que el pobre está a punto de comenzar una nueva vida, una andadura que con un poco de suerte le llevará a un hogar donde se utilice para lo que nació: sustentar el sueño de un bebé. Sí, lo hemos pasado. En un rato comienzo de nuevo a colocar su contenido y lo empaqueto para mi prima, que pronto tendrá su primer bebé. Solamente quería dejar por escrito un homenaje a nuestro moisés, que tanto servicio nos ha hecho en estos años aunque, seguramente, él no lo sepa y no lo pueda entender. Supongo que se va frustrado, el pobre, harto de sostener montañas de ropa y de aguantar estoicamente un montón de búsquedas familiares. Es que hay una conversación muy mítica en esta casa:
-¿Alguien ha visto nosequeeeeee?- pregunta algún miembro de la familia.
-¿Has mirado en el moiséeeeeeees?- responde otro miembro sin levantar la vista de lo que esté haciendo. Tenemos la convicción de que si es pequeño, se usa poco y no está donde debería, fijo que reposa oculto en el fondo del moisés.
Supongo que mañana, cuando le diga adiós desde la puerta mientras parte a su nuevo hogar, ya estaré pensando en un sustituto para el rincón que deja tan vacío: o mucho cambia la cosa de hoy a mañana, o dudo que de pronto mis días vayan a dar para poder colocar la lavadora diaria en el mismo momento en el que se termina de secar 🙂
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