Con hijos: el despertar del progenitor (en un buen día)

En la penumbra de la habitación, una madre saca como puede el brazo de debajo del niño-oso que duerme agazapado, encogido, totalmente pegado a ella, y coge el móvil de la mesilla. Las 7:24. La madre, incrédula, suelta el móvil muy despacio para no hacer ruido y analiza la situación: el padre ya se ha ido a trabajar, parece; la niña duerme de espaldas a ella en una postura verdaderamente heroica, y el niño ya se sabe, duerme prácticamente encima de la madre. Él es el primer escollo a sortear. Antes de ponerse al lío, esa madre deja caer la cabeza unos segundos sobre la almohada, pensando quizá en aquellos años en los que el viernes era la promesa de dos días sin tener que madrugar, promesa que se desvaneció desde que el mayor de los hijos llegó al hogar y fijó la hora de inicio de la jornada un poco antes de las ocho de la mañana, sin excepción. Puede que también piense en que la parte buena de esa nueva costumbre es que ahora la casa queda recogida desde bien temprano, y luego se tiene mucho más tiempo para desordenarla y volver a llenarla de mierda. Todo son ventajas.

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Todos los días sale el sol, chipirón. Foto de María Fernández

El caso es que cuando la madre consigue reponerse de la añoranza por las horas de sueño perdidas en el camino de la maternidad, comienza la maniobra: sacudirse al hijo mayor y llegar hasta los pies de la cama sin que se despierte ninguno de los dos. Este es un momento tenso, ya que si encima la madre es miope seguramente vaya aún sin gafas y todo sea mucho más confuso, cabiendo incluso la posibilidad de confundir pierna con pliegue de sábana y aplastar la extremidad de uno de los descendientes, creándose así la catástrofe desde primera hora de la mañana.

Pongamos que se consigue. Pongamos que esa madre se ve de pie, a los pies de la cama, contemplando la inmensidad, porque en ese momento la inmensidad más grande es contemplar a los dos hijos dormidos a pierna suelta mientras ella consigue comenzar el día en soledad, en silencio y con las tetas en su sitio y no tomando el aire. Esa madre, triunfal, es consciente de que tiene entonces cinco minutos, quince a lo sumo, para darse una ducha, vestirse, peinarse, dejar los ropajes de los vástagos preparados en la línea de salida  casi para que salten de la cama y aterricen dentro de los pantalones, y ventilar la casa un poco. Si todo esto se consigue antes de que alguien grite: “mamáaaaaaaaaaa dónde estáaaaaas” o alguno llore sin consuelo al no encontrar a la madre cerquita al despertar, será un buen presagio. De verdad, eso quiere decir que allí en el Olimpo el bueno de Morfeo se lo ha currado, ha estado hablando en asamblea con los demás dioses y han decidido que hoy, por lo menos hoy, va a ser un día que va a comenzar tranquilito. Un puntazo, vamos. De verdad, que es que un día que comienza tranquilo tiene todas las papeletas de seguir sobre ruedas si no hasta el final, sí durante muchas horas. Fijarse en que en uno de esos días puede ser que Morfeo nos otorgue la gracia de un bonus track y tengamos opción de café pre-hijos en soledad. Ojo a este dato.

De esta manera, en un buen día, a las 7:50 tenemos el primer tramo conseguido y a esa hora estará la madre lista, sonriente y con olorcito a gel en sus marcas, justo en esos mismos pies de la cama que abandonó hace escasos quince minutos. Allí estará con la mejor de sus sonrisas, con el subidón que otorga a todo cuerpo viviente el olor del café y con los brazos abiertos todo lo que dan de sí para recibir a esos dos cachorros durmientes que todavía no saben que sí, que hoy también es día lectivo y que el maratón está a punto de comenzar.

El relato de cómo transcurre una mañana en la que se despiertan con la madre a las 7:24, ya si eso mejor para otro día 😉

 

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2 comentarios en “Con hijos: el despertar del progenitor (en un buen día)

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