El truco

A día de hoy, estar mucho rato seguido con estos dos hijos míos es garantía casi segura de acabar bipolar, despeinada, esquizofrénica y agotada. Se pelean, se reconcilian, se gritan, se abrazan, se roban los juguetes, se los tiran, se los devuelven, se los prestan, se los arrancan de las manos, me buscan, se buscan, se esconden, se gritan, se gritan, se gritaaaaaaaaaaaaaaan.

Me llevan al límite, siendo sincera.IMG_1227

Si se lo digo, se hacen los locos. Les digo, por ejemplo: Chicosmadre mía, estoy a punto de estallar. Me miran (si es que me oyen,  cosa que no pasa siempre), y me salen por donde quieren. Igual me responden: !teta!, o atacan con una pregunta trampa como por ejemplo: ¿y mi terodáctilo?

Son listos, porque te desarman. A veces me rallo y pienso que es muy fuerte cómo se buscan la vida para huir del sermón, no sé. Pero luego razonó (luego, o en el mismo momento en el que estoy viviendo la situación surrealista, que también soy muy dada a la abstracción) que es muy bueno que con treinta y un años recién cumplidos, tenga la capacidad de echar un sermoncillo educativo mientras detecto y efectivamente corroboro que mi hermana me está grabando un boomerang furtivo, y mientras hacer como que no me doy cuenta de que los educandos están pasando olímpicamente de mí.

Encontrar el truco me ha costado, pero ya lo sé:  cuánto importa no tomarse a una misma demasiado en serio.

Y si no, que se lo pregunten a estos dos 🙂

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